jueves, abril 30, 2009

A(H1/N1): pobreza y globalización

La zona metropolitana de la cuenca de México se parece a la ciudad monacal que fue en el siglo XVII. No hay casi nada qué hacer más que trabajar, rezar y pasear por los jardines. La causa de hoy es A(H1/N1), mutado y remutado, trasladado de humanos a cerdos, con alguna intervención de pollos, y vuelto a humanos para crear muerte y miedo. ¿Por qué muere gente de gripa? Esta es la pregunta pertinente, a diferencia de ¿por qué muere de influenza porcina, ahora renombrada como humana?

Ha sido evidente en estos días que en México hay decesos y que casi no los hay en Estados Unidos (un solo caso hasta ahora en la frontera). No sabemos cuántos han muerto de influenza porcina pero sabemos cuántos han muerto de influenza cualquiera. Por más nueva que sea la A(H1/N1), no deja de ser una gripa. Muertos de cualquier manera, tenemos demasiados muertos y eso no lo explican las autoridades de salud.

Antes de saber que había un nuevo virus, la prensa mexicana interrogó al secretario de Salud sobre los decesos. La respuesta fue simple: es la prolongación de la gripa invernal, pero no se nos dijo por qué tantos muertos de influenza. Sin embargo, al día siguiente llegaron los primeros resultados de las pruebas enviadas a Atlanta y Winnipeg, ante lo cual el gobierno federal cerró las escuelas y decretó el uso del hoy tan cotidiano cubreboca. Aquí tenemos un gran problema: los enfermos de gripa son manejados mal, con fármacos sintomáticos y sin poder averiguar su padecimiento específico. Mueren casi un millón de ellos al año. ¿En dónde? Principalmente en el antes llamado Tercer Mundo. Causa de la muerte: “complicaciones respiratorias”. Pero existen los medicamentos que retrasan la acción de los virus en el organismo, dando tiempo así a la superación del ciclo viral. El problema es que tales medicinas son muy caras, están monopolizadas por unas cuantas trasnacionales que realizan fabulosos negocios con el apoyo entusiasta de casi todos los gobiernos.

No disponemos de los medicamentos mientras que casi todos los enfermos de gripa se auto medican con remedios sintomáticos que sirven de muy poco pero que también son un magnífico negocio de las trasnacionales y se anuncian, claro, en la TV. El gobierno mexicano se ha negado a crear una farmacéutica que produzca las medicinas necesarias a precios accesibles para el sector salud y para cualquier persona. La alerta epidemiológica sería el mejor momento para nacionalizar las patentes trasnacionales de lo que necesitamos y no tenemos.

Además, México ha carecido de un laboratorio para analizar sistemáticamente las muestras de personas y animales con enfermedades infecciosas nuevas. Se puede saber de momento que se trata de una gripa del tipo A, pero no se puede saber nada más. Es así que, ante los decesos sospechosos, el gobierno tardó mucho en tener noticias de que había un nuevo virus en circulación. Apenas ayer llegó al país el equipo tan necesario y, naturalmente, acudió a inaugurarlo Felipe Calderón.

En realidad, nuestros muertos de gripa son productos de la mala política de salud y el monopolismo farmacéutico trasnacional que deja cadáveres regados por casi todo el mundo (véase la terrible situación de millones de enfermos de sida). Mas hay otro problema: la forma de la producción pecuaria, también globalizada, la cual crea incubadoras de virus mutados.

miércoles, abril 22, 2009

Amnistía

La amnistía es el procedimiento de olvido judicial por mandato de ley. Se trata, en efecto, de una decisión de carácter político para resolver un problema de la misma naturaleza. ¿Alguien puede suponer que el movimiento de Atenco no sea justamente de carácter político?

Sin embargo, algunos de los principales dirigentes del Frente de Defensa de la Tierra están en una prisión de alta seguridad, condenados a decenas de años, como si se tratara de delincuentes. Es necesario recordar que el movimiento de Atenco fue victorioso en la medida en que impidió la expropiación de tierras ejidales para la construcción de un nuevo aeropuerto. En aquel entonces, el gobierno del Estado de México negoció con los atenquenses que resistían y puso en libertad a los detenidos, a cambio de la entrega de algunos funcionarios. Fue un pacto político dentro de un conflicto político. Sin embargo, los presos de Atenco se encuentran en la cárcel por delitos que, se dice, fueron cometidos en ese entonces, lo que sólo revela la actitud de traición de las autoridades que habían llegado a unos acuerdos que, después, violaron.

También están encarcelados ésos y otros presos políticos por supuestos delitos cometidos durante el bloqueo de una carretera. Este tipo de conductas se sanciona en casi todo el mundo con algunas horas de arresto, pero en México se llama ataques a las vías de comunicación y se castiga con años de prisión.

A pesar de la cobardía de la Suprema Corte al no señalar con sus nombres a los responsables de la violación de derechos humanos en Atenco, al menos ese tribunal admitió que tal violación se produjo y que fue grave. No obstante, las autoridades políticas y los jueces ni siquiera se inmutaron. Las víctimas siguen siendo presentadas como victimarias: típico esquema del despotismo de todos los tiempos.

Los integrantes del movimiento popular de Atenco no son delincuentes. Esto es incontrovertible. Sus acciones han sido siempre de respuesta a actos oficiales considerados injustos y agresivos. No obstante, el aislamiento político de tal movimiento ha sido una oportunidad para que el autoritarismo priista y panista alcance niveles inauditos. Ni en 1968 se atrevió el gobierno a mandar a dictar sentencias tan absurdas aun cuando la lista de los delitos atribuidos a los dirigentes de entonces empezaba con el de homicidio.

Jueces de consigna, presionados por procuradores inescrupulosos, han construido en el caso de Atenco un nuevo monumento al uso faccioso de la justicia penal. Calderón ha insinuado que quiere la libertad de los presos políticos de Cuba y jamás ha dicho una sola palabra en relación con los presos políticos de México, los cuales ascienden a cerca de medio millar.

Como los presos de Atenco enfrentan procesos penales federales y locales, se requieren decretos legislativos simultáneos. Los representantes populares no deberían seguir viendo, impasibles, cómo se usa el poder para aplastar a disidentes. No es cierto que el viejo régimen político mexicano haya sido superado. Hoy, como en tantas otras ocasiones en nuestra historia, la amnistía debería ser una bandera de lucha para reivindicar la libertad política de los ciudadanos.

jueves, abril 16, 2009

Obama en México

Es evidente el cambio en la política internacional de la administración norteamericana. Barack Obama es un crítico de su antecesor y pretende establecer relaciones basadas en nuevos planteamientos. Sin embargo, las cosas no cambian con las simples actitudes, aún cuando éstas puedan ser el inicio de algo.

Los tres mayores problemas del vínculo entre México y Estados Unidos son la emigración, las drogas y la aplicación del TLC.

El problema de los migrantes genera una gran polémica en EU pues cualquier decisión podría redundar en flujos mayores, lo cual es justamente lo que los estadunidenses quieren evitar. Está claro que la causa es social y que Norteamérica no puede resolverla. El punto fuerte es, entonces, la manera de regular las corrientes migratorias, tanto la que busca establecerse en aquel país como la que entra y sale. Para los sindicatos de EU la inmigración es una presión sobre el precio de la fuerza de trabajo y, para el gobierno, una dificultad para hacer respetar las leyes. Es claro que el muro no detiene casi a nadie y que lo único que puede reducir el nivel de la emigración es el empleo en México. El gobierno mexicano, sin embargo, no asume una política tendiente a promover los millones de empleos que son necesarios y este gran problema se va a quedar como una brasa caliente en las manos de los políticos estadunidenses, quienes tomarán sus propias decisiones.

En cuanto a las drogas el gran problema es la necedad de EU en cuanto a la prohibición. Se piensa en Washington –en esto no hay cambios—que la legalización de la marihuana aumentaría la adición a la misma, lo cual es falso porque esa yerba no provoca adicción física como ocurre con el tabaco. Se dice también que el consumo de drogas aumenta la delincuencia, lo cual es también falso. El gobierno de EU pide que México detenga el tráfico de drogas hacia el norte, pero aquéllas, sin embargo, pasan por las aduanas norteamericanas tal como las armas atraviesan los puestos fronterizos mexicanos. Tenemos un problema de frontera y tenemos una crisis estatal con el tema de las drogas y las armas. México no puede controlar diez mil kilómetros de litorales y tampoco Estados Unidos y México pueden controlar sus tres mil kilómetros de frontera común. Ya fracasó la operación tendiente a impedir la industrialización de la coca y está fracasando aquella tendiente a evitar su tráfico. No hay acuerdo de fondo, sencillamente.

Por último, el TLC propicia algunos daños en ambos países, pero no existe un mecanismo político permanente de revisión y ajuste, de carácter trilateral, que pudiera con soltura tomar en cuenta las respectivas economías y la compleja relación para resolver los problemas, como el del transporte transfronterizo o el de los granos, de tal manera que no fueran las decisiones unilaterales de EU las que normaran en los hechos un vínculo tan complejo y accidentado. Además, Estados Unidos nunca ha admitido responsabilidad en materia de compensación de diferencias. Tampoco aquí hay un inicio de acuerdo.

México no quiere un conflicto con Estados Unidos. Ese país, por su lado, dice defenderse del sur y en cierta forma es su prerrogativa, aunque no se puede admitir la violación de derechos o una mala vecindad. Obama, sin embargo, no tiene las soluciones, al menos por ahora.

sábado, abril 11, 2009

La crisis

Intervención del senador Pablo Gómez en el Seminario sobre el Impacto de la Crisis Económica y Financiera Mundial en las Economías Emergentes, dentro de la VIII Reunión de la Comisión Parlamentaria Mixta Unión Europea-México (Bruselas, 30 de marzo de 2009)


No fue posible predecir las crisis comerciales del siglo XIX y la primera parte del siglo XX. Éstas, sin embargo, aparecían con frecuencia. En nuestro tiempo, tampoco ha sido posible predecir las llamadas crisis financieras. Ambas tienen elementos comunes. En cierta forma podría decirse que las crisis financieras tienen en el fondo la misma génesis que sus antecesoras: la rentabilidad del capital.

Hacia mediados de 2008 parecía inevitable la aparición de una nueva crisis financiera en la medida en que se observaba una clara tendencia recesiva de las economías más grandes. El campo de las inversiones se estaba estrechando pero la sobre liquidez del sistema financiero se encontraba fuera de control a pesar de que la economía ya daba señales de una declinación en el ritmo de crecimiento: ningún gobierno se atrevió a introducir regulaciones que pudieran atenuar, al menos ligeramente, los riesgos en el otorgamiento de crédito. Quien más que nadie estaba obligado a atreverse era el gobierno de Estados Unidos.

El problema de fondo se encuentra como siempre en la estructura del capital, en la velocidad tan dispar de su ciclo de rotación y en el uso de los grandes excedentes. Dentro del sector de la economía en el que se alojan las ramas de mayor expansión no se alcanzan a invertir sus propios excedentes pues su mercado ya no llega a crecer tan rápido pero las ganancias son gigantescas. En efecto, se trata de las súper ganancias de las ramas más rentables, a las cuales se incorporó el petróleo como consecuencia de los aumentos de precios en el año 2008.

Grandes excedentes de capital generados por tales súper ganancias, las cuales rebasan en mucho la tasa media de beneficio, no tuvieron acomodo productivo en la economía y fueron destinados al consumo, dentro de lo que se incluye la compra-venta de viviendas ya existentes. Se gastaba a un ritmo mayor que el de la producción de bienes y servicios. Se suponía que el mercado habría de regularse a sí mismo antes de llegar a la bancarrota de muchas de las instituciones financieras más importantes y a la reducción brusca de la producción de varias ramas de la economía. El mercado jugó su papel al canalizar los grandes excedentes de capital-dinero hacia donde había demanda y lo hizo en la forma acostumbrada, es decir, mediante el crédito. No hay, por tanto, motivo alguno para argumentar engaño o irresponsabilidad, fuera de los grandes fraudes que se han ido descubriendo.

El problema estribaba en la cuantía de los excedentes y en el uso que a éstos tenía que dárseles. Podría decirse, una vez más, que en el progreso se encontraba la clave de la crisis.

No hay que perder de vista que el riesgo que asume el capital de crédito es mayor en la medida en que éste existe en mayor cuantía. Se trata, en efecto, de la necesidad de colocación del dinero casi dónde sea y cuando sea. Hoy, que existe menos capital de préstamo disponible, el riesgo asumido por la banca en sus operaciones es mucho menor y en tal medida el crédito escasea.

La primera conclusión que arroja la crisis en curso es que las ramas más rentables no deben seguir con un crecimiento de su tasa de ganancia al ritmo que espontáneamente impone el funcionamiento natural de la economía. Los inmensos excedentes que arroja la valorización extraordinaria impulsada por los grandes inventos, así como los sobreprecios que por cualquier causa se presentan en la economía, tienen que ser controlados sin limitar por ello el ritmo de desarrollo de la tecnología.

Una mirada desde México

Durante los diez años en los que se gestó paulatinamente la crisis actual, las grandes corporaciones empresariales y de negocios mexicanas aumentaron su deuda en moneda extranjera, principalmente en dólares estadunidenses. Asimismo, el capital extranjero llegó en grandes cantidades al país, tanto en inversión directa como en su forma especulativa. Mientras, el gobierno contuvo su déficit y llegó, incluso, a disminuir su deuda externa. La paridad del peso mantuvo una contraproducente estabilidad de tal manera que la moneda nacional se sobrevaluó, con lo cual la economía mexicana estuvo financiando con pérdidas las compras en el extranjero. Una de las bases de la cobertura cambiaria fue también el aumento del precio del crudo mexicano en el mercado internacional, con lo cual una parte de la renta petrolera sirvió para mantener el dólar barato.

En este marco, la política del Banco de México consistió en obedecer los mandatos del mercado de divisas y algo más, aumentar la tasa de interés interna de referencia, de tal manera que el país recibía grandes cantidades de dólares para aprovechar el rédito alto, justo en el momento en que, para atenuar la tendencia recesiva en Estados Unidos, la Reserva Federal disminuía su tasa de interés.

Por otro lado, como se sabe, casi el 20 por ciento del PIB mexicano se realiza en Estados Unidos, es decir, se vende en ese país con el que México tiene un gigantesco volumen de comercio.

En el momento de la crisis propiamente dicha, las exportaciones mexicanas empiezan a descender, en especial las manufacturas. Al mismo tiempo, se presenta una demanda inusitada de dólares, presionada por las obligaciones de corto plazo de varias grandes empresas, la salida de capitales especulativos hacia mercados ahora ya más rentables y algunas malas apuestas en el mercado de derivados que habían llevado a cabo ciertas empresas con el desconocimiento de muchos de sus accionistas. Además, la demanda de dólares ha sido mayor que el conjunto de las obligaciones de corto plazo y los movimientos financieros especulativos de retorno ya que los poseedores de dinero acuden a la compra de divisas en prevención de un proceso devaluatorio mayor. Hasta ahora, el Banco de México ha hecho frente a la creciente demanda de dólares pero sin lograr la estabilización de una nueva paridad. Desde el último trimestre de 2008 hasta ahora, el peso se ha devaluado en casi un 40 por ciento, lo que representa una revolución en los costos de procedencia extranjera.

Se calcula que la disminución del PIB durante 2009 podría llegar a menos tres puntos porcentuales en la mejor de las situaciones posibles, lo que en una economía que ya estaba relativamente estancada representa un problema de grandes dimensiones.

El volumen de inversión pública para 2009 fue calculado desde octubre de 2008 y no ha sido modificado por el gobierno mexicano. Así, el déficit público como porcentaje del PIB sigue en 1.8. A pesar de las insistencias de varios académicos, empresarios y políticos, no se ha tomado ninguna decisión para incrementar la inversión pública productiva, lo que hace pensar en que la consecuencia de la crisis en cuanto a la disminución del producto no podrá ser amortiguada. Con esto, el desempleo sigue creciendo.

En México no parece haber un retraimiento del crédito más que en lo que se refiere a los financiamientos para cubrir obligaciones de pago de las empresas, las cuales tampoco pueden recurrir en este momento al crédito foráneo, como antes lo hicieron. Sin embargo, se está acumulando una presión de créditos en suspensión de pagos debido tanto a una menor capacidad de pago cuanto a las altas tasas de interés activas impuestas por una estructura oligopólica en el sector financiero fuertemente dominado por grupos extranjeros.

Un poderoso programa de inversiones productivas en infraestructura podría dar otro sesgo a la situación aunque el déficit público tuviera que alcanzar en los dos próximos años el 4 por ciento del PIB anual. Sería mejor que México utilizara sus propias formas de financiamiento para promover la economía real a verse en la incómoda situación de utilizar los créditos del FMI para estabilizar su moneda, sin dar un impulso a la producción y bajo las reglas que el Fondo sabe imponer a los países necesitados; o bien, a admitir los ofrecimientos estadunidenses de Swaps; todo lo cual no es necesario en este momento pero podría pronto ser un recurso finalmente impuesto por la fuerza de la crisis misma.

Algunas conclusiones

Parece que con la crisis actual se requieren modificaciones en la estructura del capital, las cuales no podrán ser brindadas espontáneamente por compradores y vendedores, es decir, el llamado mercado. El problema más importante es el uso de los excedentes, en especial los procedentes de las súper ganancias de los llamados sectores punta de la economía mundial. Y decir lo anterior es referirnos tanto a la generación de dichos excedentes como a su utilización productiva.

La crisis actual no dejará ninguna enseñanza si no se alcanzan nuevas normas que limiten las súper ganancias y sin que los intermediarios financieros tengan también límites precisos en la colocación del capital-dinero. En otras palabras, no bastarían nuevas regulaciones en los mercados financieros, como lo está demandando Barack Obama, sino también en las estructuras monopolizantes de los sectores de los nuevos inventos, los cuales por su naturaleza económica son los de mayor rentabilidad.

Una de las reformas pertinentes podría ser el establecimiento de tasas fiscales al ingreso basadas en la tasa de ganancia de las empresas y de los propietarios de acciones y bonos, a partir de un cierto nivel bruto de utilidades. Así, no sólo pagaría mayor tasa impositiva quien tenga mayor ingreso bruto sino, a partir de éste, el impuesto se podría imponer en forma progresiva sobre la tasa de utilidad de tal manera que las súper ganancias fueran moderadas y los diferenciales de tasas de ganancia en la economía se acercaran más a la tasa media. Al mismo tiempo, los Estados deben disponer de instituciones reguladoras que impongan límites, pero no sobre cualquier riesgo, sino especialmente sobre el riesgo del crédito al consumo y a la compra de valores en la esfera de la especulación bursátil. Asimismo, las empresas por acciones de tipo industrial, comercial y de servicios deberían tener límites legales para el uso de sus excedentes y la manipulación de sus tesorerías. Estas reformas y algunas otras más tenderían a establecer controles sobre la generación de excedentes mayúsculos que las economías no pueden canalizar ordenadamente hacia las actividades productivas.

Así, tanto la valorización extraordinaria como la especulación con los capitales procedentes de tal valorización deben ser controladas mediante normas que, con seguridad, afectarían el llamado libre mercado. De lo contrario, lo que deberíamos empezar a discutir es cómo y cuándo nos ha de llegar la próxima crisis financiera internacional.

miércoles, abril 08, 2009

¿Educación de calidad?

El relevo en la Secretaría de Educación Pública ha sido en realidad una destitución. Nadie quiere ser diputado en lugar de secretario de Estado. La titular anterior debió de haber permanecido sin dormir muchas noches durante sus años al frente de la SEP. Sin duda. Los problemas en ese ramo no sólo son de todos los días sino de todas las horas. Habría que apresurar una conclusión: el magisterio de educación básica no está en lucha a favor de una mejor escuela; sus problemas son otros, especialmente políticos, es decir, en contra o a favor de una estructura sindical corrompida, onerosa, ignorante, perniciosa e irreformable. Son los lodos de aquellos aguaceros del priismo nacional.

Ahora, la alianza entre el PAN y el sindicalismo charro del SNTE –como en tantos otros organismos—ha arrojado un pacto que se pretende a favor de la “calidad de la educación”. El charrismo del SNTE, el cual no entiende nada de educación pública incluyendo la pedagogía, ha aceptado los criterios de la derecha con tal de mantener sus privilegios. El primer punto de tal pacto es la competencia. Pero uno de los ámbitos donde la competencia es absolutamente contraproducente es la educación. Poner a competir alumnos y escuelas es lo peor que puede hacerse. Desde el viejo sistema de las calificaciones diferenciales (entre el cero y el diez existe un abismo infernal) hasta las actuales mediciones no hay más que patrañas dañosas que convierten la educación en una carrera de obstáculos y ridículos: no hay estudiantes malos; hay sistemas educativos pésimos.

Sobre la base de la competencia, Felipe Calderón quiere evaluar la educación básica mexicana, es decir, saber dónde tiene buen nivel, dónde regular, dónde bueno, etcétera. ¿Para qué? Esto no se responde. Carece de todo objetivo la evaluación educativa hecha por el mismo que imparte la educación. ¿Con quién y cómo nos comparamos? Ah, con la ayuda de los parámetros de la OCDE. ¡El último país en casi todos los renglones (México) quiere aplicar las evaluaciones de la OCDE (Estados Unidos y Europa)! Pero, además, éstas son del todo falsas, tanto porque surgen de la nefasta competencia educacional como porque contrastan países muy diferentes entre sí, los cuales tienen elementos culturales, niveles de escolaridad e índices nutricionales incomparables.

No creo que Lujambio sepa una palabra de lo que estoy escribiendo, pero como buen egresado de la educación privada, basada en la competencia, de seguro que le parece una magnífica idea que exista esa misma competencia entre escuelas. “Vamos a ver quién es el mejor”: insisto, ¿para qué? ¿Competir entre alumnos y entre escuelas nos dará mejor educación? La respuesta está en aquella vieja imagen del niño contra la pared y con orejas de burro. Es lo mismo que antes, es el mismo paradigma educativo basado en el premio y el castigo. Mas lo peor de todo ese engendro es tomar como criterio de verdad a la OCDE, la cual ahora va a poner las reglas de la educación pública nacional. ¡Qué horror!

El Estado no debe educar; debe ser educado. Esta idea la formuló Marx hace mucho más que un siglo pero sigue siendo del todo vigente.

jueves, abril 02, 2009

G20 ante el mundo

"Hacer todo lo que sea necesario” para recuperar las economías del planeta es el gran acuerdo de los veinte Estados que representan el 80 por ciento de la economía mundial. No es poca cosa que se hayan reunido tan poderosos personajes pero tampoco lo es que la crisis en curso haya golpeado a todos los países.

La conclusión no tiene peso económico más que por cuanto el fortalecimiento del FMI y el Banco Mundial --instituciones formadas para otra época y para otra situación--, lo cual tiene por objeto garantizar que los países con problemas de pago cuenten con dinero suficiente para pagar, es decir, que los pobres no dejen de cubrir sus obligaciones con los ricos mediante nuevos préstamos que algún día tendrán que pagar. México ya lo ha hecho, sin necesidad alguna, al anunciarse que hay en el FMI 45 mil millones de dólares para ser usados si acaso la situación lo hace inevitable, lo cual, por cierto, tranquilizó un poco al mercado cambiario, por ahora.

En cuanto a la cancelación de los paraísos fiscales –demanda de los gobiernos de Francia y Alemania—se espera una regulación, cualquier cosa que tal expresión indique, pero de seguro que van a seguir existiendo. Parece que Brown siguió el texto convenido de "la era del secreto bancario ha terminado", pero agregó de su cosecha una exageración: "esto es el principio del fin de los paraísos fiscales”. No es fácil que lo del secreto bancario se lo vayan a tomar muy en serio los financieros de la City londinense, los parlamentarios franceses y los banqueros suizos, para no poner énfasis en los financistas del gobierno mexicano. La verdad es que el capitalismo no puede ser reformado –nunca lo fue—sin movimientos sociales y políticos poderosos, capaces de obligar a los Estados a entrar en negociaciones serias.

En realidad, Obama no logró lo que se propuso: inversión pública en Europa a costa de un mayor déficit público. Pero tampoco México se sintió presionado por el mandatario estadunidense, pues Calderón no ha dicho nada sobre la exigencia de aumentar el gasto gubernamental en infraestructura productiva.

En realidad, es natural que no haya acuerdo sino sólo líneas de entendimiento sobre puntos concretos. La intervención del Estado en la economía no es poca cosa para las derechas de todos los países. Mientras el llamado mercado no puede eludir su responsabilidad en la crisis actual y los grandes excedentes de capital han sido sin duda los generadores principales de la recesión y la bancarrota de bancos, las derechas no quieren que el Estado perturbe el capitalismo, aunque plantean que éste funcione bien. Ah, los paraísos fiscales son el problema, dice Sarkozy, lo que no es cierto en general pero sí lo es en alguna medida.

En cuanto a regular los riesgos, la verdad es que eso sí tendrá que hacerse pero sería una decisión de doble filo, que crearía inspectores tanto sobre los grandes fondos como sobre préstamos a las pequeñas empresas.

Hemos tenido una cumbre llena de fotos y con magros resultados, pero eso ya lo sabía todo mundo, digo, el mundo.