PRÓLOGO
En 1968 se realizaron movimientos estudiantiles en 65 países. Como si hubieran hecho una cita, muchos miles de jóvenes intentaron transformaciones políticas a partir de los cambios sociales, técnicos y culturales que se producían en un mundo tan redondo como las cabezas de aquellos estudiantes.
40 años después aún se discuten las motivaciones y consecuencias de aquellos movimientos aunque nadie ha podido explicar cómo fue posible que al mismo tiempo surgiera por casi todas partes una nueva conciencia crítica en forma de movimiento político.
El 68 fue la crisis de las democracias y de las no democracias en casi todas sus variantes. Sistemas políticos pluripartidistas, parlamentarios o presidenciales, así como dictaduras y regímenes despóticos unipartidistas o bipartidistas, se las tuvieron que ver con unos jóvenes rebeldes que no estaban de acuerdo con nada del aquel presente. Ni las democracias ni las no democracias esperaban la rebelión juvenil y los gobiernos la combatieron con los medios a su alcance debido a que el levantamiento juvenil era un rechazo político y era también una convocatoria a construir una sociedad y un Estado diferentes.
Ningún movimiento fue igual a otro en cuanto a sus demandas concretas. Esto se debió a que las tareas democráticas eran distintas en cada país y a que los medios de represión al alcance de cada gobierno acusaban también diferencias.
Carecemos de un registro puntual de cada país pero a simple vista parece que la mayor represión se produjo en México. Campeonato de ignominia justo en el año y en la sede de los Juegos Olímpicos.
En algunos países, el siguiente año fue tan caliente o más que el 68, pero se trataba del mismo acontecimiento. En México, 1969 fue muy distinto al año anterior porque el movimiento había sido víctima de la matanza y el terror, del fuego contra enemigos, de la prisión de centenares de estudiantes y profesores, de la prohibición de derechos sostenida en las armas.
Aunque existían organizaciones estudiantiles internacionales, ninguna de ellas jugó el menor papel en tantos y tantos movimientos. La cita del 68 no fue hecha ni promovida por nadie. Pero eso sí, todos los poderes del mundo rechazaron de una forma o de otra a los movimientos que los estudiantes hicieron sin pedir permiso a nadie.
Qué difícil ha sido intentar una crónica del movimiento estudiantil de 1968. Cuántos hechos relevantes o sólo significativos podrán haber quedado fuera del texto. Pero es mejor el intento que el silencio.
Hasta ahora hemos leído memorias, cronologías, novelas, relatos, cuentos y muchos análisis, pero no he visto una crónica que escape a alguno de estos géneros. Quizá la causa estriba en que los diarios no reportaban mucho y la información de cada participante no podía ser tan amplia. Cada protagonista estaba dentro de un círculo por lo que tenemos memorias del Consejo Nacional de Huelga, memorias de escuela, memorias de brigada, memorias de manifestación, memorias de cárcel.
La apertura de los archivos de la Secretaría de Gobernación, realizada por una comisión especial de la Cámara de Diputados, permitió el acceso a muchos miles de documentos sobre el movimiento de 1968. Sin embargo, para algunos conocedores del tema y protagonistas de entonces tales papeles fueron en cierta forma decepcionantes: no estaban las confesiones, las órdenes. ¿Qué hay en el archivo? Reportes. Lo que leía Luis Echeverría y tal vez sus subordinados más cercanos. Reportes de lo que hacíamos, tanto en los actos públicos como en las asambleas y reuniones a las que tenían acceso los informadores, inconscientes cronistas para la posteridad de un movimiento cuyos propios jefes combatían sin tregua.
Somos nosotros quienes estamos en ese archivo, es la gente del pueblo que nos apoyaba, los volantes que repartíamos, los letreros que pintábamos, los discursos que pronunciábamos, las defensas que emprendíamos y las represalias que tomábamos. Actos de granaderos y soldados también están en los registros. No existen, sin embargo, los reportes del 2 de octubre, cuidadosamente eliminados del archivo.
Aquella comisión parlamentaria que abrió el archivo de la Secretaría de Gobernación no pudo lograr acceso al de la Defensa Nacional debido a que nunca se obtuvo la orden presidencial. Ernesto Zedillo negó la apertura del archivo del Ejército, rigurosamente custodiado.
En el archivo abierto, cuyas copias en papel y en medio electrónico se hallan disponibles en la biblioteca de la Cámara de Diputados, se encuentran informes de la Dirección de Investigaciones Políticas y Sociales y de la Dirección Federal de Seguridad, ambas dependientes de la Secretaría de Gobernación. Los reportes fueron redactados con la mayor precisión posible buscando que el jefe tuviera una información fidedigna. Sin embargo, a veces se equivocaban los informadores, confundían a una persona con otra o simplemente no entendían el significado de los hechos y los términos exactos en los que se expresaban los protagonistas. También se encuentran algunos otros informes de un organismo identificado como DAAC, el cual no corresponde al entonces Departamento de Asuntos Agrarios y Colonización, sino tal vez a alguna sección militar.
La presente crónica no se basa sólo en el archivo de Gobernación sino también en la cronología hemerográfica, los documentos publicados en diarios y revistas, así como en la memoria propia y en la de otros protagonistas. Pero la memoria es muy traicionera. A veces la gente recuerda sus recuerdos. A veces sólo recordamos emociones y pensamientos por lo que los hechos aparecen como telones de fondo o vagas referencias del drama. Confiar sólo en la memoria es demasiado arriesgado cuando se trata de hechos históricos.
Sin embargo, la memoria es una herramienta insustituible cuando se tiene un archivo en frente. Es la carta de navegación de los reportes, documentos, relatos y cuanto texto se ha escrito sobre el hecho histórico.
Si la memoria ha sido puesta al servicio de esta crónica, la misma no está exenta de emociones propias y de comentarios sobre actos colectivos que inevitablemente deben ser analizados en forma crítica. La crónica de un hecho histórico no puede hacerse de manera imparcial sino debe usar la crítica como una herramienta de análisis. Esto es inevitable. Así está hecha también la presente crónica.
Existe una idea dominante sobre el movimiento estudiantil de 1968. Se dice que los jóvenes fueron reprimidos siendo ellos ilusos e ingenuos. Se ha llegado a hablar de la utopía del 68. Se ha repetido sin cesar que el movimiento carecía de una orientación política propia, de objetivos precisos, de afanes de cambio político nacional. Algunos de estos planteamientos han sido sostenidos por enemigos y amigos, por partidarios de la antidemocracia como sistema y por demócratas, por gente de derecha y de izquierda. También se piensa que el movimiento sólo se presentó en la capital del país. Todo esto no concuerda con los hechos, como lo veremos a través de estas páginas.
Existe en otros la idea de que el movimiento fue reprimido por su propia intransigencia y por realizar actos de provocación, lo cual habría traído como consecuencia la ira o el pretexto del gobierno para recurrir al derramamiento de sangre y al fortalecimiento de la prisión política como método de gobierno. Esta idea también es falsa, tal como lo iremos viendo a través de la presente crónica. Esto no quiere decir que el movimiento no haya cometido errores políticos, algunos de los cuales fueron reconocidos por el CNH en su oportunidad, sino que ninguno de tales errores abrió camino a la represión en el tamaño en que ésta se produjo.
La matanza de la Plaza de las Tres Culturas ha sido discutida, unas veces, para sostener que había francotiradores del movimiento, otras, para hablar de una simple confusión entre cuerpos del Ejército o la policía, otras más, para tratar de demostrar una acción unilateral, encubierta, de una parte de las fuerzas federales. La idea de los mandos militares paralelos parece convencer a algunos incautos. En el mismo momento, con exactitud de cronómetro, todos los efectivos del gobierno ejecutaron sus instrucciones cuando se dio la orden, una sola orden a un solo ejército. Que el personal de tropa no supiera de la existencia y emplazamiento del Batallón Olimpia no debe extrañar a nadie, pero suponer que los comandantes de los militares uniformados también lo ignoraban es francamente perverso. 25 minutos de indescriptible fuego a discreción no pudo ser producto de la supuesta falta de información sobre la procedencia de cinco disparos de pistola sino de la ejecución de órdenes precisas.
Otra idea muy difundida es que los participantes en el movimiento siempre actuaron de manera absolutamente pacífica. Eso no es cierto. Los estudiantes se defendieron con violencia en varias ocasiones y también llevaron a cabo actos de represalia contra hechos represivos. Lo que es del todo cierto es que el movimiento fue de carácter civil y pacífico, que no buscaba la insurrección ni creía que fuera posible una respuesta armada a los actos de represión violenta de parte del gobierno.
Sigue también suponiéndose que fracciones del gobierno actuaban por su cuenta. Esto no es más que pura especulación. Existen datos suficientes para tener la certidumbre de que toda acción de gobierno era aprobada por las más altas autoridades políticas del país, señaladamente por el presidente de la República. El movimiento y la represión en su contra no generaron la menor fisura en el aparato gubernamental ni en el partido oficial.
También se conoce de sobra la idea de que el Ejército actuó bajo órdenes pero sin estar de acuerdo con las mismas. No existe el menor indicio de que así haya sido. En cambio, conocemos muchos relatos, testimonios y documentos que señalan que los jefes militares fueron parte consciente de los actos represivos en los que participaron y que consideraban a los dirigentes estudiantiles como agitadores y enemigos de las instituciones, muchos de ellos vistos también como apátridas al servicio de potencias y causas extranjeras.
En cuanto a los políticos separados del poder que supuestamente apoyaron de alguna manera al movimiento, no existe tampoco el menor indicio que pudiera dar cauce a tal versión.
El punto quizá más polémico es el de la proclamada victoria del movimiento. Existen varias formas de analizar el mismo momento histórico. A veces se considera como una victoria el que un movimiento se convierta en precursor de otro movimiento triunfante. Desde esta óptica, las huelgas de Cananea y Río Blanco hubieran sido dos victorias. Se dice también que en realidad es victorioso un movimiento que no alcanza sus objetivos concretos pero los deja bien planteados.
El movimiento estudiantil de 1968 ha sido un precursor de los cambios democráticos que se han producido desde entonces y no existe forma de probar lo contrario. Pero eso no demuestra una victoria de aquella lucha. Por el contrario, demuestra que fue tan desgraciadamente derrotada que sólo quedó como un antecedente histórico de lo que al final pudo lograrse, al menos en parte.
Mas la cuestión histórica no se agota ahí. La derrota del movimiento estudiantil generó dos grandes respuestas. Por un lado, las luchas democráticas se vieron detenidas, el terror impuesto por la represión se hizo sentir en todo tipo de corrientes democráticas y en tendencias que trabajaban dentro de las organizaciones sociales. La represión del 10 de junio de 1971 buscaba mantener ese terror impuesto para desalentar la acción opositora y democrática. Por otro lado, se produjeron varios intentos guerrilleristas, planteados todos con la idea de que era imposible un verdadero cambio político mediante formas de lucha legales o, al menos, no armadas. Después de la represión del Jueves de Corpus, esas tendencias tomaron mayor fuerza.
El movimiento estudiantil de 1968 fue derrotado en sus propósitos políticos concretos. Es decir, no se logró más que la derogación del artículo 145 del Código Penal – el cual no había sido usado por el gobierno de Díaz Ordaz--, y por eso recobraron su libertad Demetrio Vallejo y Valentín Campa después de más de 10 años de encierro. Los presos políticos del movimiento estuvieron en prisión más de dos años y algunos más de tres. La lucha del 68 quería golpear a la prisión política como método de gobierno y su derrota trajo como consecuencia que el número de presos políticos se cuadruplicara.
El derecho de manifestación se restringió más que antes en la capital del país. El Zócalo no volvió a ser escenario de demostraciones opositoras o de fuerzas distintas a las oficialistas hasta 1982 con motivo del cierre de campaña presidencial de Arnoldo Martínez Verdugo. En aquella ocasión el gobierno había prohibido el uso de la plaza y tuvo que dar marcha atrás ante la promesa del Partido Socialista Unificado de México (PSUM) de llegar hasta allá por encima incluso de los granaderos. También existía entonces el interés --todavía no manifestado-- del candidato priista Miguel de la Madrid de cerrar su campaña en la vieja Plaza de la Constitución, lo cual por supuesto que podría haberse hecho aunque se prohibiera para la oposición.
Unos años después del movimiento del 68 había en México menos libertades y los procesos de fortalecimiento de corrientes democráticas habían tenido un contratiempo innegable. Las cosas empezaron a cambiar muy poco a poco a partir del 10 de junio de 1971 pues en esa ocasión el gobierno removió al regente de la ciudad y a los jefes policíacos, aunque la investigación de la matanza quedó en nada. Después vinieron los movimientos de democratización de varias universidades, con victorias parciales, el movimiento sindical universitario y la creación de una corriente obrera independiente, la cual fue también derrotada aunque sin masacres.
El movimiento estudiantil de 1968 no levantó la demanda de respeto al voto porque la política electoral era rechazada por los estudiantes. Sin embargo, como precursor, el 68 mexicano no está ausente del rompimiento democrático de 1988 que fue un movimiento popular electoral con alguna participación de universitarios y politécnicos de varios lugares del país.
Es cierto que la historia también está hecha de derrotas, con frecuencia casi sólo de éstas. Las derrotas suelen ser tragedias inolvidables de tal suerte que cuando llega alguna victoria se piensa que ésta no hubiera sido posible sin aquéllas. Pero no siempre es dable demostrarlo. Así ha ocurrido con el 68 mexicano.
En el despotismo del poder no cabe tomar resoluciones bajo presión popular y mucho menos cuando ésta proviene de actitudes de rebeldía, a menos que la concesión sea el precio de la sobrevivencia del poder mismo. Esto último fue lo que no logró el movimiento del 68. Aunque duela decirlo, a aquellos jóvenes les hizo falta país.
El poder despótico suele realizar ciertos cambios pero presentados como mercedes otorgadas gracias a la infinita magnanimidad y sabiduría de los poderosos. Cuando se produjo la reforma política de López Portillo en 1978-79, el poder temía un nuevo 68. Esto es cierto pero sólo se trataba de un temor de algunos hombres del poder. Sí, la impronta de aquel gran movimiento estudiantil seguía ahí pero eso no nos habla de que hubiera alcanzado la victoria sino de la validez de su causa.
Esta crónica ofrece un problema para el lector. No me fue posible acudir al método de las comillas para señalar los textos citados debido a que casi ninguno se encuentra transcrito tal cual. La mayoría de los reportes hallados en el archivo así como las notas de periódico tuvieron que ser redactadas aunque respetando su contenido. Bueno, eso creo. No siempre era posible asumir como algo propio el contenido de los textos ajenos debido también a que los informes que se encuentran en el archivo contienen errores y a que muchas veces tuve que relatar el contenido de tales informes y sólo incluir una pequeña parte casi textual. En cuanto a los desplegados, también me encontré con una situación semejante pues muchas veces me vi tentado a introducir breves comentarios míos a los textos publicados o a dar cuenta de éstos en un orden diferente al de los originales. Los volantes y consignas pintadas en paredes, mantas y carteles pueden no estar siempre completos pero las partes incluidas son fieles a los originales.
En síntesis, ni comillas ni textos citados con letra pequeña ni notas de pie de página. ¿Qué hacer? Me permití copiar a José Saramago en los diálogos de sus novelas y usar la mayúscula seguida de una coma y a veces en el aire para dar la palabra a un personaje. Mi problema fue mayor porque muchas veces tuve que usar la mayúscula impertinente cuando se trataba del mismo personaje, como si él estuviera hablando solo. Creo que los lectores sabrán cuándo habla o escribe el mismo sujeto, cuándo se trata de un diálogo y cuándo hablo yo. Bueno, eso espero. Si no lo logró, puede ser que el lector abandone el barco antes de llegar a puerto. No sería la primera vez.
9 de agosto de 2008
Editorial Miguel Porrúa, México, 2008.
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