Qué feo huele... el petróleo/IV
El proyecto de reformas de Felipe Calderón parte de la certeza de que en México se puede violar Constitución. No existe duda alguna que los redactores del proyecto están plenamente conscientes del carácter violatorio de éste. ¿Por qué?
Existe en México, hoy, una condición política sobre el tema petrolero: no reformar la Constitución, lo que no evita que ésta sea violada mediante subterfugios legislativos, como ocurre en materia de servicio público de electricidad.
El texto de la Constitución de Querétaro declaró al petróleo como dominio de la nación pero no prohibió la concesión de yacimientos. Fue en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas cuando en la Carta Magna se prohibieron las concesiones y los contratos. “La Nación llevará a cabo la explotación de esos productos…. (petróleo y carburos de hidrógeno), (y) no se otorgarán concesiones ni contratos”. Así también, la Constitución dice que las actividades estratégicas son exclusivas del Estado (art. 28) y justamente señala al petróleo y demás hidrocarburos, así como a la petroquímica básica, con el propósito de declarar que la producción de tales bienes no serán consideradas monopolios. Si esto no fuera claro, el artículo 25 dice que el “sector público tendrá a su cargo, de manera exclusiva, las áreas estratégicas que se señalan en el artículo 28, párrafo cuarto, de la Constitución, manteniendo siempre el Gobierno Federal la propiedad y el control sobre los organismos que en su caso se establezcan”, es decir, Pemex.
La Constitución prohíbe compartir las ganancias de Pemex pero el proyecto de Calderón propone los “bonos ciudadanos”, los cuales tendrían una rentabilidad determinada por “el desempeño” del organismo petrolero. El gobierno federal es propietario de Pemex, es decir, los ingresos de éste son del gobierno mismo y no pueden ser repartidos entre particulares. Si así fuera, se llegaría al ridículo de hacer depender la rentabilidad de los Cetes de la capacidad de recaudación del fisco. Da risa, ¿no?
Lo mismo se puede decir de la maquila de gasolina y de esa perversa forma de contratar (sin licitación, claro) compañías para explorar y explotar yacimientos con precios “determinables” a posteriori, es decir, según el potencial de los pozos productivos.
No es constitucional que el Estado mexicano comparta el aprovechamiento de su riqueza petrolera ni las actividades que la Constitución le asigna a ese organismo público que se llama Pemex o a cualquier otro que se pudiera crear para llevar a cabo las actividades económicas que son exclusivas por mandato de la Carta Magna.
Si el petróleo es un área exclusiva, lo es todo, es decir, la industria petrolera en su conjunto.
Se propone la maquila de las gasolinas debido a que no se puede declarar mercado abierto. Así, Calderón –partidario de la producción privada—quiere que el gobierno contrate refinadores trasnacionales. Hay que proponer que se contrate mejor a Pemex para producir gasolina, pues éste tiene 70 años de experiencia en esa actividad y la nación se quedaría con las ganancias.
El argumento de que no hay dinero para nuevas inversiones es aún más ridículo: Pemex tiene un superávit de operación de cerca de 160 mil millones de pesos al año, después de pagar todos los impuestos al fisco. ¿Qué más quieren?
Existe en México, hoy, una condición política sobre el tema petrolero: no reformar la Constitución, lo que no evita que ésta sea violada mediante subterfugios legislativos, como ocurre en materia de servicio público de electricidad.
El texto de la Constitución de Querétaro declaró al petróleo como dominio de la nación pero no prohibió la concesión de yacimientos. Fue en el periodo presidencial de Lázaro Cárdenas cuando en la Carta Magna se prohibieron las concesiones y los contratos. “La Nación llevará a cabo la explotación de esos productos…. (petróleo y carburos de hidrógeno), (y) no se otorgarán concesiones ni contratos”. Así también, la Constitución dice que las actividades estratégicas son exclusivas del Estado (art. 28) y justamente señala al petróleo y demás hidrocarburos, así como a la petroquímica básica, con el propósito de declarar que la producción de tales bienes no serán consideradas monopolios. Si esto no fuera claro, el artículo 25 dice que el “sector público tendrá a su cargo, de manera exclusiva, las áreas estratégicas que se señalan en el artículo 28, párrafo cuarto, de la Constitución, manteniendo siempre el Gobierno Federal la propiedad y el control sobre los organismos que en su caso se establezcan”, es decir, Pemex.
La Constitución prohíbe compartir las ganancias de Pemex pero el proyecto de Calderón propone los “bonos ciudadanos”, los cuales tendrían una rentabilidad determinada por “el desempeño” del organismo petrolero. El gobierno federal es propietario de Pemex, es decir, los ingresos de éste son del gobierno mismo y no pueden ser repartidos entre particulares. Si así fuera, se llegaría al ridículo de hacer depender la rentabilidad de los Cetes de la capacidad de recaudación del fisco. Da risa, ¿no?
Lo mismo se puede decir de la maquila de gasolina y de esa perversa forma de contratar (sin licitación, claro) compañías para explorar y explotar yacimientos con precios “determinables” a posteriori, es decir, según el potencial de los pozos productivos.
No es constitucional que el Estado mexicano comparta el aprovechamiento de su riqueza petrolera ni las actividades que la Constitución le asigna a ese organismo público que se llama Pemex o a cualquier otro que se pudiera crear para llevar a cabo las actividades económicas que son exclusivas por mandato de la Carta Magna.
Si el petróleo es un área exclusiva, lo es todo, es decir, la industria petrolera en su conjunto.
Se propone la maquila de las gasolinas debido a que no se puede declarar mercado abierto. Así, Calderón –partidario de la producción privada—quiere que el gobierno contrate refinadores trasnacionales. Hay que proponer que se contrate mejor a Pemex para producir gasolina, pues éste tiene 70 años de experiencia en esa actividad y la nación se quedaría con las ganancias.
El argumento de que no hay dinero para nuevas inversiones es aún más ridículo: Pemex tiene un superávit de operación de cerca de 160 mil millones de pesos al año, después de pagar todos los impuestos al fisco. ¿Qué más quieren?