El viejo Pemex y el nuevo negocio
El gobierno de Felipe Calderón y su partido quieren dos cosas: refinerías privadas y explotación también privada en aguas profundas del Golfo de México. Dicen, sin embargo, que no venderán un solo tornillo de Pemex, pero no es éste el que les interesa, por el momento, sino los nuevos negocios petroleros.
En el PRI se estudia el planteamiento del PAN y, de seguro, si hay acuerdo entre los dos se tendrán que incluir temas colaterales, pues el viejo partido siempre negocia en paquetes confeccionados: nunca da sin recibir algo a cambio.
Durante muchos años, Pemex ha cubierto la mayor parte del déficit gubernamental. Su deuda es en realidad del gobierno. Es la industria petrolera más saqueada de la historia mundial, pero además es la más corrupta. Este es el saldo real.
La reforma de Pemex no le interesa al PAN y tampoco al PRI. Lo que les preocupa es cómo obtener el crudo que se encuentra en el Golfo de México para garantizar una plataforma de producción que sostenga los altos costos de operación del gobierno federal y de los gobiernos de los Estados. Sin embargo, la falta de dinero disponible para invertir de inmediato lleva al planteamiento de compartir las súper ganancias probables de los yacimientos de aguas profundas con dos o tres compañías extranjeras, con el pretexto de que los técnicos de Pemex no saben cómo hacer esa clase de pozos.
En cuanto a la refinación, lo que se busca es reproducir dentro del país el esquema de Deer Park, Texas, donde Shell se asoció con Pemex, seguro proveedor de crudo maya.
En esto consiste el plan privatizador de corto plazo, pero si se empieza con uno o dos aspectos, pronto se seguirá con todo, pues el gobierno no planea disminuir el saqueo de Pemex. Lo que México tiene no es un problema “energético” sino de finanzas públicas con dos nudos: la insuficiencia de ingresos y un desordenado y oneroso gasto operativo gubernamental. Se encuentra también en la lista, naturalmente, la corrupción en Pemex.
Pero si llegaran la British Petroleum y Petrobras a las aguas profundas, México no podría imponerles el mismo régimen fiscal al que está sometido Pemex. Lo mismo podría decirse de la refinación a cargo de nacionales o trasnacionales. Así, con el inicio de la privatización de la industria petrolera, tendríamos dos sistemas fiscales sobre la misma actividad, ya que los inversionistas no vendrían por amor al arte sino a conseguir la misma tasa de utilidad que obtienen en cualquier otro país.
Mas si no se modifica la Constitución no se podrían admitir inversiones privadas en la industria petrolera, no obstante lo cual el PAN plantea que con cambios en la ley sería suficiente, aunque, claro, la Carta Magna va a seguir sirviendo para lo de casi siempre.
El peor negocio del momento es compartir las súper ganancias en la industria más gananciosa del mundo que, por ahora, es la petrolera. ¡Pemex tiene 72 mil millones de dólares de utilidad bruta anual! El precio del hidrocarburo es artificial y, al mismo tiempo, un lastre para la economía mundial en su conjunto. Las ganancias no deberían usarse en sueldos de burócratas bien pagados sino en infraestructura productiva que es lo más escaso en México. La renta petrolera se ha dilapidado y, ahora, Felipe Calderón quiere compartirla con unas compañías trasnacionales que, de por sí, están estrangulando al mundo con tasas de retorno de sus inversiones que alcanzan hasta el 20 por ciento anual.
Ni las monarquías árabes (mucho menos las repúblicas) se encuentran en la tesitura de entregar sus riquezas naturales a las compañías extranjeras. ¿Aramco, Nioc, Petronas, Sonatrach, Gazprom, Pdvsa van a entregar yacimientos a los extranjeros? Éstas, junto con Pemex, son las nuevas siete hermanas grandes productoras de crudo y otros hidrocarburos. ¡Qué pequeñez de políticos mexicanos! ¡O qué voracidad corrupta! ¿Las dos cosas?
En el PRI se estudia el planteamiento del PAN y, de seguro, si hay acuerdo entre los dos se tendrán que incluir temas colaterales, pues el viejo partido siempre negocia en paquetes confeccionados: nunca da sin recibir algo a cambio.
Durante muchos años, Pemex ha cubierto la mayor parte del déficit gubernamental. Su deuda es en realidad del gobierno. Es la industria petrolera más saqueada de la historia mundial, pero además es la más corrupta. Este es el saldo real.
La reforma de Pemex no le interesa al PAN y tampoco al PRI. Lo que les preocupa es cómo obtener el crudo que se encuentra en el Golfo de México para garantizar una plataforma de producción que sostenga los altos costos de operación del gobierno federal y de los gobiernos de los Estados. Sin embargo, la falta de dinero disponible para invertir de inmediato lleva al planteamiento de compartir las súper ganancias probables de los yacimientos de aguas profundas con dos o tres compañías extranjeras, con el pretexto de que los técnicos de Pemex no saben cómo hacer esa clase de pozos.
En cuanto a la refinación, lo que se busca es reproducir dentro del país el esquema de Deer Park, Texas, donde Shell se asoció con Pemex, seguro proveedor de crudo maya.
En esto consiste el plan privatizador de corto plazo, pero si se empieza con uno o dos aspectos, pronto se seguirá con todo, pues el gobierno no planea disminuir el saqueo de Pemex. Lo que México tiene no es un problema “energético” sino de finanzas públicas con dos nudos: la insuficiencia de ingresos y un desordenado y oneroso gasto operativo gubernamental. Se encuentra también en la lista, naturalmente, la corrupción en Pemex.
Pero si llegaran la British Petroleum y Petrobras a las aguas profundas, México no podría imponerles el mismo régimen fiscal al que está sometido Pemex. Lo mismo podría decirse de la refinación a cargo de nacionales o trasnacionales. Así, con el inicio de la privatización de la industria petrolera, tendríamos dos sistemas fiscales sobre la misma actividad, ya que los inversionistas no vendrían por amor al arte sino a conseguir la misma tasa de utilidad que obtienen en cualquier otro país.
Mas si no se modifica la Constitución no se podrían admitir inversiones privadas en la industria petrolera, no obstante lo cual el PAN plantea que con cambios en la ley sería suficiente, aunque, claro, la Carta Magna va a seguir sirviendo para lo de casi siempre.
El peor negocio del momento es compartir las súper ganancias en la industria más gananciosa del mundo que, por ahora, es la petrolera. ¡Pemex tiene 72 mil millones de dólares de utilidad bruta anual! El precio del hidrocarburo es artificial y, al mismo tiempo, un lastre para la economía mundial en su conjunto. Las ganancias no deberían usarse en sueldos de burócratas bien pagados sino en infraestructura productiva que es lo más escaso en México. La renta petrolera se ha dilapidado y, ahora, Felipe Calderón quiere compartirla con unas compañías trasnacionales que, de por sí, están estrangulando al mundo con tasas de retorno de sus inversiones que alcanzan hasta el 20 por ciento anual.
Ni las monarquías árabes (mucho menos las repúblicas) se encuentran en la tesitura de entregar sus riquezas naturales a las compañías extranjeras. ¿Aramco, Nioc, Petronas, Sonatrach, Gazprom, Pdvsa van a entregar yacimientos a los extranjeros? Éstas, junto con Pemex, son las nuevas siete hermanas grandes productoras de crudo y otros hidrocarburos. ¡Qué pequeñez de políticos mexicanos! ¡O qué voracidad corrupta! ¿Las dos cosas?