Que feo está esto
El incidente de la Catedral nos muestra lo feo que se han venido poniendo las cosas. Nadie tenía que entrar al templo a protestar y mucho menos en tono ruidoso. Nadie tampoco debió haber tocado de manera agresiva e irruptora las centenarias campanas de la iglesia. Nadie, en síntesis, debió haber hecho lo que finalmente se sintió orillado a hacer. Pero se hizo todo. Unos, quizá por ocurrencia; otros, de la manera más irreflexiva. Da igual: reacciones primitivas provocadas por estados de ánimo.
Lo peor, sin embargo, ha sido el manejo de los hechos. El Arzobispado ha exigido “castigo ejemplar” a los culpables del allanamiento, con lo cual rompe con la doctrina de la Iglesia católica en cuanto al perdón cristiano. Los abogados de la Curia han señalado a Rosario Ibarra como la instigadora de la “profanación”. El PRD ha dicho, sin saberlo de cierto, que ninguno de sus miembros participó en la incursión indebida. La prensa no reportó en sus titulares –con excepciones—el acto de la Convención Nacional Democrática sino el incidente de la Catedral. El arzobispo cerró el templo “hasta nuevo aviso”.
Qué desastre. Así están las cosas en el país: verdaderamente desastrosas.
Cuando se producen protestas en un templo, los primeros que deben preocuparse son los sacerdotes. Cuando unos participantes en un mitin político se meten en una iglesia, sin ser perseguidos por la fuerza pública, los organizadores del acto deben asumir su responsabilidad aunque no hayan promovido la irrupción. Cuando el campanero de la iglesia toma parte hostil del acontecimiento político, el encargado del templo debe reprenderlo. Nada de esto ocurrió. Parece que casi todos actuaron al contrario.
Menos la prensa, la cual se regodea del incidente, mientras todos los participantes parecen echar la culpa a otros como si en verdad hubiera culpables. Ahora se llega a decir que la irrupción en la Catedral fue una agresión contra el catolicismo, un acto contra la libertad de cultos, una profanación pecaminosa, un acto vandálico: patrañas. No hay motivo religioso, sino político.
Un senador católico, pero no asistente a misa, me dijo que estaba indignado porque las cosas debían tener límites y con la Catedral nadie debe meterse. Cierto, debería haber límites informales para los campaneros, los asistentes a los mítines, los dirigentes políticos, los policías que estaban frente al atrio, los periodistas amarillistas, los curas histéricos y los abogados habladores. Pero no, ya casi no hay límites.
Algunos piensan que el asunto de la elección presidencial del 2006 está enterrado, pero se equivocan. Cuando una parte de la sociedad piensa que el Presidente es ilegítimo; que hizo trampa; y cuando otros piensan que lo más importante es que aquella parte deje pensar como piensa, las cosas no pueden estar bien. Sí, qué feo está esto.
Lo peor, sin embargo, ha sido el manejo de los hechos. El Arzobispado ha exigido “castigo ejemplar” a los culpables del allanamiento, con lo cual rompe con la doctrina de la Iglesia católica en cuanto al perdón cristiano. Los abogados de la Curia han señalado a Rosario Ibarra como la instigadora de la “profanación”. El PRD ha dicho, sin saberlo de cierto, que ninguno de sus miembros participó en la incursión indebida. La prensa no reportó en sus titulares –con excepciones—el acto de la Convención Nacional Democrática sino el incidente de la Catedral. El arzobispo cerró el templo “hasta nuevo aviso”.
Qué desastre. Así están las cosas en el país: verdaderamente desastrosas.
Cuando se producen protestas en un templo, los primeros que deben preocuparse son los sacerdotes. Cuando unos participantes en un mitin político se meten en una iglesia, sin ser perseguidos por la fuerza pública, los organizadores del acto deben asumir su responsabilidad aunque no hayan promovido la irrupción. Cuando el campanero de la iglesia toma parte hostil del acontecimiento político, el encargado del templo debe reprenderlo. Nada de esto ocurrió. Parece que casi todos actuaron al contrario.
Menos la prensa, la cual se regodea del incidente, mientras todos los participantes parecen echar la culpa a otros como si en verdad hubiera culpables. Ahora se llega a decir que la irrupción en la Catedral fue una agresión contra el catolicismo, un acto contra la libertad de cultos, una profanación pecaminosa, un acto vandálico: patrañas. No hay motivo religioso, sino político.
Un senador católico, pero no asistente a misa, me dijo que estaba indignado porque las cosas debían tener límites y con la Catedral nadie debe meterse. Cierto, debería haber límites informales para los campaneros, los asistentes a los mítines, los dirigentes políticos, los policías que estaban frente al atrio, los periodistas amarillistas, los curas histéricos y los abogados habladores. Pero no, ya casi no hay límites.
Algunos piensan que el asunto de la elección presidencial del 2006 está enterrado, pero se equivocan. Cuando una parte de la sociedad piensa que el Presidente es ilegítimo; que hizo trampa; y cuando otros piensan que lo más importante es que aquella parte deje pensar como piensa, las cosas no pueden estar bien. Sí, qué feo está esto.