miércoles, octubre 17, 2007

Salario estudiantil

Estudiar es un trabajo y, como tal, debe ser remunerado. Los sistemas de becas en nuestro país han sido hasta ahora escasos y estrechos. En el fondo, el Estado no ha querido reconocer el carácter laboral de la actividad estudiantil y presenta las becas como una especie de beneficencia oficial.

En la Ciudad de México se ha iniciado un programa de apoyos a los estudiantes de bachillerato con carácter universal, es decir, para todos, con excepción de quienes ya tienen otra beca, naturalmente. No se trata de un nuevo y pequeño sistema de becarios sino de algo que considera los emolumentos estudiantiles como un derecho social. Mas se trata sólo de un inicio.

Las becas para todos deben ser del equivalente a un salario mínimo y llevarse también a los estudiantes de educación superior. Además, el sistema debería establecerse en una ley, tal como se ha hecho con la pensión alimentaria a favor de todos los adultos mayores de la Ciudad de México.

Algunos van a señalar que estos apoyos a los estudiantes tienen un carácter electorero; otros dirán que es populismo (cualquier cosa que tal palabra signifique). Pero los críticos no estarán más que evidenciando una ideología reaccionaria que considera que la educación debe ser pagada por las familias y no por el Estado. El liberalismo que hace recaer en cada persona todo el costo de su educación no es más que reaccionario, es decir, quiere llevar las cosas a como eran en el siglo XVIII.
El Estado social debería ser un objetivo mexicano aún cuando este tren se nos pasó durante el siglo XX: he aquí uno de los puntos centrales de la confrontación política de los días que corren en México. Las derechas no quieren el Estado social; la mayoría de las izquierdas lo plantean como objetivo central de la lucha política.

La idea derechista de la igualdad de oportunidades --ahí está la escuela, úsala si puedes-- es la versión contraria del Estado social --la educación es un derecho exigible por todos--, y entre ambos planteamientos no existe en realidad reconciliación posible. Lo que tenemos hoy en el mundo son estados sociales en retroceso, aplastados por las derechas liberales, algunas moderadas, otras agresivas. Esta situación ha venido realzando la importancia de la política social, pero en el plano de un Estado con tal característica.

En México, donde ningún cambio radical se ha realizado en muchas décadas, la política social debe enderezarse hacia una transformación del carácter del Estado y no como paliativo de la pésima distribución del ingreso. El nuevo sistema de apoyos a los estudiantes en el Distrito Federal se inscribe en la lucha a favor del Estado social, aunque sólo sea por la reivindicación del derecho a la educación y el carácter universal de las becas: ley de los débiles o de los hasta ahora vencidos.

jueves, octubre 11, 2007

La impronta del Che

Toda gran revolución --la que modifica casi todo en la política y la sociedad-- busca su propia expansión. Así ocurrió con las revoluciones francesa, rusa, china, entre otras muchas. La Revolución Cubana tenía una necesidad aún mayor de expandirse hacia América Latina: dejar de ser la única sede revolucionaria frente al asedio del gobierno de Estados Unidos.

Ernesto Guevara, el Che, marchó a Sudamérica en busca de un proceso revolucionario continental. Era del todo natural que el dirigente cubano de origen argentino se propusiera una revolución latinoamericana en un momento en que la influencia de la Revolución Cubana seguía siendo grande en la región. Hoy, 40 años después de su caída en Bolivia, podría decirse que el empeño de Guevara era irrealizable, pero entonces no parecía igual para todos.

La cuestión no era la exportación de una revolución triunfante sino su expansión, es decir, tomar la Revolución Cubana como un punto de apoyo hacia un proceso internacional, cuyas condiciones políticas podían madurar.

La forma de lucha del foco guerrillero era ya cuestionada como elemento común para cualquier país latinoamericano, pero tal era justamente un debate: el Che creía en la revolución a partir de la acción armada de pequeños grupos capaz de desatar procesos de organización y conciencia de carácter popular.

El Che no era un iluso suicida como algunos tratan de identificarlo, sino un hombre de acción cuyos objetivos estaban muy definidos. La acción armada—tan combatida con supuestos principios humanistas y pacifistas—no era nueva en nuestra América sino algo de lo más viejo: piénsese tan sólo en Hidalgo, Bolívar, San Martín, para mencionar a padres de patrias. Madero, por ejemplo, contaba con unos cuantos hombres armados cuando tomó y casi perdió la vida en Casas Grandes: pocos creían entonces en su causa.

La acusación de haber ido a pelear a Bolivia siendo él argentino carece de imaginación, pues Guevara era ya un líder revolucionario en Cuba, una isla muy diferente a su patria original. Los revolucionarios nunca se han detenido demasiado en las fronteras aunque los contrarrevolucionarios, menos aún.

Se habla ahora de la muerte del Che. Eso es un error. Guevara fue asesinado después de su detención, lo que clarifica el carácter del gobierno y el ejército de Bolivia en ese entonces. El hecho de que haya sido aprehendido con arma en mano, como corresponde a la generalidad de los rebeldes, no podrá nunca justificar su asesinato a sangre fría.

El Che ha sido comercializado y expuesto como una especie de héroe moral. Sin embargo, la historia es necia. Ernesto Guevara era un revolucionario.

jueves, octubre 04, 2007

Lo caro del Congreso... y de la televisión

Televisión Azteca se ha lanzado espoteramente contra el Senado por que es caro y porque los senadores ganan demasiado. Tiene razón aunque esta acusación no es nueva. Salinas Pliego la hace ahora porque el Senado explica lo que el país se va a ahorrar con la reforma electoral y con la gratuidad de la publicidad electoral.

Lo que no menciona la empresa de Salinas Pliego es lo que le cuesta al país ella misma. El 25 por ciento que deben pagar los anunciantes sobre las tarifas de las televisoras se ha convertido en 18 minutos de transmisión diaria por parte del Estado. Si el fisco cobrara ese impuesto en efectivo, la cantidad de dinero sería mucho mayor que el costo de los anuncios oficiales durante 18 minutos diarios. Pero además, esos 18 minutos, con los que se paga un impuesto a cargo de los anunciantes, podrían ser parte del tiempo legal a favor del Estado sin ningún problema. Así, Azteca le cuesta al país mucho más que los elevados e injustificables sueldos de los senadores.

Es necesario arreglar ambas cosas. El régimen fiscal de la publicidad comercial en televisión es absurdo e injusto, pues el anunciante usa un bien del dominio público de la nación para hacer negocios y no paga nada al fisco. Dicho de otra manera, el impuesto que deberían pagar los anunciantes se lo queda el concesionario, con lo cual, a cambio de 18 minutos diarios, las televisoras se apropian del gravamen como si fueran el Estado. Por el otro lado, los senadores deberían ganar mucho menos, digamos, la mitad, para ponerlos al nivel de otros países.

La confrontación entre el dueño de Televisión Azteca y el Senado debería llevar a revisar el costo de la televisión comercial y el costo del Congreso.

De este debate abierto por Salinas Pliego también debería salir a la luz la manera en cómo éste logró comprar la televisora del Ajusco, el dinero que real o supuestamente le debe a Raúl Salinas De Gortari y que, según éste, no le ha pagado. El Congreso debería abrir una investigación sobre la venta de aquellos activos públicos y de la concesión, aunque hayan pasado ya muchos años.

Los spots de Azteca contra el Senado debieron ser pagados por alguien, con IVA incluido, lo que también debe ser esclarecido, ya que de lo contrario estaríamos ante un posible ilícito en materia de publicidad comercial transmitida pero no pagada.

Tenemos, por último, un nuevo tema para la reforma de la legislación de radio y televisión: si los concesionarios tienen o no derecho a realizar campañas políticas mediante el uso de un bien del dominio público. La libertad de expresión de cada quien debería resguardarse siempre que se produzca dando la cara al público en emisiones formales y, por tanto, responsables. Pero la pedrada del spot es de la materia comercial y no de la libertad de expresión. Que diga lo quiera el señor Salinas Pliego pero que se puedan debatir éste y todos los demás temas. Tales serían otras reglas… como en muchos países.