Gasolinazo: lo real caricatura
El gasolinazo es una muestra de las contradicciones de la política corriente, es decir, la de nuestros días. Nadie quiso asumir la paternidad del nuevo impuesto, lo que muestra que el producto no era “digno” de existir. Nadie quiso tampoco que entrara en vigor según el mismo decreto lo definía: quince días después de su publicación. Nadie lo defiende: es como un hijo bastardo en el Medioevo.
Pero el gasolinazo es también una completa estupidez. En lugar de despetrolizar las finanzas públicas, las petroliza aún más. En lugar de dar más dinero al fisco, le quita, pues al cabo del aumento de 35 centavos por litro del combustible, desaparecerá la llamada tenencia que ahora da a los estados más dinero que el nuevo impuesto a la gasolina. En lugar de ayudar a la estabilización de los precios de la canasta básica, presiona en favor de mayores aumentos. El gasolinazo es un atraco al pueblo pero también es dañino, contraproducente y desestabilizador.
Calderón ha suspendido el nuevo impuesto con la amenaza de hacerlo valer en enero del próximo año. Como todo hijo bastardo medioeval, nadie quiere que nazca pero nadie sabe cómo impedirlo. Calderón ha dicho que no se aplicará este año pero no dijo de qué manera lo va a lograr. El trámite de la nueva ley consiste en una de estas dos cosas: que pasados los diez días hábiles posteriores al envío desde el Congreso al Ejecutivo (el tres de octubre), éste no haga observaciones (no lo regrese) y, por tanto, lo promulgue o se repute aprobado e inmediatamente se publique; o bien, el llamado veto, es decir, que el Ejecutivo lo regrese con observaciones a la cámara de origen. Al margen de estos dos caminos constitucionales, existe otro inconstitucional: no regresarlo y no publicarlo sino guardarlo para cuando el rey, perdón, el titular del Poder Ejecutivo, lo quiera hacer valer.
El veto de bolsillo es una práctica ilegal consistente en no promulgar ni publicar un decreto legislativo pero tampoco devolverlo al Congreso. Si los legisladores que votaron a favor del gasolinazo consienten de alguna manera esta práctica, se harán cómplices de una violación de la Carta Magna.
Es así como el hijo bastardo medioeval, el gasolinazo inoportuno e indeseable, confirma su naturaleza. El gobierno no sabe qué hacer con él. Pero, mientras tanto, los legisladores que lo aprobaron callan, mienten, se hacen los disimulados. ¡Qué caricatura! La realidad supera a los moneros.
Pero el gasolinazo es también una completa estupidez. En lugar de despetrolizar las finanzas públicas, las petroliza aún más. En lugar de dar más dinero al fisco, le quita, pues al cabo del aumento de 35 centavos por litro del combustible, desaparecerá la llamada tenencia que ahora da a los estados más dinero que el nuevo impuesto a la gasolina. En lugar de ayudar a la estabilización de los precios de la canasta básica, presiona en favor de mayores aumentos. El gasolinazo es un atraco al pueblo pero también es dañino, contraproducente y desestabilizador.
Calderón ha suspendido el nuevo impuesto con la amenaza de hacerlo valer en enero del próximo año. Como todo hijo bastardo medioeval, nadie quiere que nazca pero nadie sabe cómo impedirlo. Calderón ha dicho que no se aplicará este año pero no dijo de qué manera lo va a lograr. El trámite de la nueva ley consiste en una de estas dos cosas: que pasados los diez días hábiles posteriores al envío desde el Congreso al Ejecutivo (el tres de octubre), éste no haga observaciones (no lo regrese) y, por tanto, lo promulgue o se repute aprobado e inmediatamente se publique; o bien, el llamado veto, es decir, que el Ejecutivo lo regrese con observaciones a la cámara de origen. Al margen de estos dos caminos constitucionales, existe otro inconstitucional: no regresarlo y no publicarlo sino guardarlo para cuando el rey, perdón, el titular del Poder Ejecutivo, lo quiera hacer valer.
El veto de bolsillo es una práctica ilegal consistente en no promulgar ni publicar un decreto legislativo pero tampoco devolverlo al Congreso. Si los legisladores que votaron a favor del gasolinazo consienten de alguna manera esta práctica, se harán cómplices de una violación de la Carta Magna.
Es así como el hijo bastardo medioeval, el gasolinazo inoportuno e indeseable, confirma su naturaleza. El gobierno no sabe qué hacer con él. Pero, mientras tanto, los legisladores que lo aprobaron callan, mienten, se hacen los disimulados. ¡Qué caricatura! La realidad supera a los moneros.