Guelaguetza sangrienta
La situación política de Oaxaca ha empeorado. Cada vez que los policías actúan vemos lo mismo: personas detenidas que son golpeadas brutalmente y terminan en el hospital al borde de la muerte, mientras otras van a la cárcel y, ahora, se les imponen fianzas de dos millones de pesos para cada detenido. Esa es la manera en que el gobernador del Estado ha desempeñado su cargo desde el primer día de su mandato. Por eso le llaman tirano.
El gobierno federal --el anterior y el actual-- se ha dedicado a proteger al tirano. No sólo ha tolerado la brutalidad con que ahí se gobierna, sino que, además, las tropas federales han ayudado a la tiranía en todo cuanto han podido. Uno de los apoyos ha sido la detención y encarcelamiento de dirigentes populares, dos de los cuales siguen en Almoloya, como si fueran capos del narcotráfico. La prisión política es método de gobierno en Oaxaca y de éste es coautor directo el gobierno federal. Otro método es el asesinato: ya van más de 25 muertos y como si nada.
Un centenar de personas viajó a Oaxaca y fue detenido por la policía, la cual obligó a los viajeros a regresar a la ciudad de México. Esta es una sencilla y cotidiana violación de un derecho humano consignado en la Declaración de la ONU y en la Constitución de México, pero que no rige en absoluto en Oaxaca.
Lo más impresionante de este fenómeno político oaxaqueño es que la dizque democracia mexicana anda de paseo sin asomarse un poquito siquiera a lo que ocurre en aquella entidad. El Senado ha estado mudo durante muchos meses, a pesar de que tiene en sus manos el recurso de declarar la desaparición de los poderes locales para dar lugar al nombramiento de un nuevo gobernador, lo cual, sin duda, sería el principio del fin del conflicto político de Oaxaca.
Los poderes públicos --ejecutivo, legislativo y judicial-- son elementos del conflicto: actúan o dejan de actuar para sostener a Ulises Ruiz, el tirano. La democracia en México es inexistente cuando el país entero observa cómo se reprimen las protestas populares, se golpea, encarcela o asesina a quienes resisten la tiranía, y no pasa absolutamente nada. Los organismos de derechos humanos lanzan alertas y nadie los escucha. La prisión política y la brutalidad están hoy tan instaladas en Oaxaca como en el México de Díaz Ordaz y de Echeverría.
El gobierno federal --el anterior y el actual-- se ha dedicado a proteger al tirano. No sólo ha tolerado la brutalidad con que ahí se gobierna, sino que, además, las tropas federales han ayudado a la tiranía en todo cuanto han podido. Uno de los apoyos ha sido la detención y encarcelamiento de dirigentes populares, dos de los cuales siguen en Almoloya, como si fueran capos del narcotráfico. La prisión política es método de gobierno en Oaxaca y de éste es coautor directo el gobierno federal. Otro método es el asesinato: ya van más de 25 muertos y como si nada.
Un centenar de personas viajó a Oaxaca y fue detenido por la policía, la cual obligó a los viajeros a regresar a la ciudad de México. Esta es una sencilla y cotidiana violación de un derecho humano consignado en la Declaración de la ONU y en la Constitución de México, pero que no rige en absoluto en Oaxaca.
Lo más impresionante de este fenómeno político oaxaqueño es que la dizque democracia mexicana anda de paseo sin asomarse un poquito siquiera a lo que ocurre en aquella entidad. El Senado ha estado mudo durante muchos meses, a pesar de que tiene en sus manos el recurso de declarar la desaparición de los poderes locales para dar lugar al nombramiento de un nuevo gobernador, lo cual, sin duda, sería el principio del fin del conflicto político de Oaxaca.
Los poderes públicos --ejecutivo, legislativo y judicial-- son elementos del conflicto: actúan o dejan de actuar para sostener a Ulises Ruiz, el tirano. La democracia en México es inexistente cuando el país entero observa cómo se reprimen las protestas populares, se golpea, encarcela o asesina a quienes resisten la tiranía, y no pasa absolutamente nada. Los organismos de derechos humanos lanzan alertas y nadie los escucha. La prisión política y la brutalidad están hoy tan instaladas en Oaxaca como en el México de Díaz Ordaz y de Echeverría.