lunes, abril 16, 2007

Irak: imposible victoria

El presidente de Estados Unidos tiene un serio problema debido a la guerra en Irak. El problema no es con su Congreso, ni siquiera con su pueblo, sino con la realidad. ¿A qué fue Bush a Irak? Él dice que a combatir a los enemigos de Estados Unidos, palabras fuertes ante un auditorio que se siente perseguido por extranjeros, especialmente musulmanes.

Pero no. El gobierno despótico de Hussein no era un riesgo para Estados Unidos, sino sólo para algunos de sus vecinos. En Irak no operaba Al Qaeda, pues en ese país, bajo Hussein, no volaba una mosca sin permiso del dictador. Ahora, sin embargo, bajo la ocupación militar de Estados Unidos y Gran Bretaña –omito a los demás gobiernos comparsas--, el grupo terrorista que derribó las torres gemelas de Nueva York opera en Irak como en su casa y se ha expandido hacia otros países árabes sin contar España, el cual también lo fue alguna vez.

El saldo de la invasión de Irak es espeluznante. Fuera de la caída de Hussein –nadie pudo protestar--, la situación no podría ser peor. Dicen que doscientos mil irakíes han muerto; más de un millón –o dos o tres-- ha emigrado; chiítas y sunitas están metidos en una guerra estúpida; estallan bombas todos los días y nadie quiere, en Irak, la ocupación militar más que el gobierno títere de Nuri al-Maliki quien no puede decir otra cosa. La cuarta parte del parlamento irakí, la gente del líder chiita Moqtada al-Sadr, se ha desprendido del gobierno debido a que no hay fecha fijada para el retiro de las tropas invasoras.

Estados Unidos no necesitaba el petróleo de Irak ni tampoco alguna otra cosa. El presidente de Estados Unidos mandó sus tropas a ese país árabe para hacer lo que su padre no hizo: ir más allá de la frontera de Kuwait, reconquistado por EU en la Guerra del Golfo. Este singular personaje de nuestros días tuvo el apoyo de los legisladores demócratas cuando inventó que el dictador de Irak tenía armas de destrucción masiva que amenazaban a su país –agredido el once de septiembre por otros que no eran los de Hussein—, por lo que el déspota debía ser derrocado mediante el uso de las armas de “nuestros muchachos” y, posteriormente, llevado a la horca.

Pues bien, los “muchachos” de Bush no saben ni contra quien están combatiendo, mientras que la mayoría de los estadunidenses –orgullosos de sus “muchachos”—ya no le cree nada a su propio presidente. La guerra de Irak es contra Irak, muévase quien se mueva, pero no es contra unos supuestos enemigos de Estados Unidos. Entonces, los demócratas, quienes dieron su voto para financiar la guerra, quieren seguir haciéndolo siempre que el clarín toque retirada antes de que asuma el nuevo presidente de su país. Pero Bush ya los acusó de actuar a favor de los enemigos de ese gran país.

Los demócratas—cómplices del absurdo—ya no creen en los absurdos de Bush, pero tienen que apoyar a “nuestros muchachos” –léase: el poder militar de Estados Unidos—y en tanto eso ocurre –yo opino--- van a ceder ante el chantaje de Bush y, por tanto, se van a convertir, otra vez, en cómplices de una locura.

La cuestión tiene dos vertientes: EU no tiene la capacidad económica suficiente para mantener su poderío militar como único elemento determinante en el mundo; además, la ocupación de Irak carece de objetivos racionales desde el punto de vista del sistema, es decir, no hay botín posible y, por tanto, no puede ser presentada como una nueva cruzada ni tampoco como parte de la lucha esencial contra el comunismo. Si no hay botín y no hay objetivo estratégico, no hay guerra que se justifique. Por esto, se trata de una locura inercial, la cual no puede ser sostenida más que para defender el prestigio de Estados Unidos en el mundo entero.

Pero ha sucedido que ese prestigio no se ha acreditado y que Estados Unidos ha quedado en ridículo, mas no como potencia derrotada –lo cual no sería nuevo--, sino como potencia que se deja llevar por la locura de su propio presidente, el cual es un idólatra de la violencia pero no un estratega mundial y ni siquiera un estadista, como los que ha tenido ese país a lo largo de su historia.

La Casa Blanca ha dicho que el presidente Bush está “horrorizado” con la matanza de estudiantes en Virginia, mas cualquiera lo está también por las matanzas diarias en Irak, en las que, además, a veces caen jóvenes estadunidenses.

Estados Unidos no alcanzó la victoria en Cuba y fue derrotado totalmente en Viet Nam. El récord no era malo si consideramos la larga lista de conflictos bélicos en los que EU se ha visto involucrado y los dos millones de kilómetros cuadrados arrebatados a México mediante la guerra. Hoy, ese país se encuentra hundido en un conflicto absurdo, sin objetivos y sin salida: no puede conquistar la victoria y no puede tampoco alcanzar la derrota. Los congresistas demócratas quieren un plazo; Bush se los niega. Al final, habrá dinero para la guerra sin plazo alguno, con la simple promesa de Bush de alcanzar una inalcanzable victoria tan luego como sea posible. Pero, ¿para quién sería la imposible victoria?

jueves, abril 12, 2007

Don Norberto y el Diablo

En la polémica desatada sobre el aborto o, mejor dicho, la interrupción voluntaria del embarazo, el arzobispo de México, don Norberto, ha dicho que quienes quieren modificar al respecto la ley penal obedecen a “poderes del infierno”.

El arzobispo puede atacar a los partidarios de la interrupción voluntaria del embarazo; manifestarse en la vía pública, hablar y decir lo que quiera, incluso desde el púlpito, lo cual le está prohibido por la Constitución pero se lo permite él mismo con la tolerancia de muchos mexicanos, yo mismo incluido. También es del todo entendible que el clero católico no esté de acuerdo con una ley que permita a las mujeres tomar decisiones libremente, pues al fin y al cabo la iglesia católica es una de las corporaciones monárquicas que más segrega a las mujeres en su propio seno y ha mantenido el monopolio masculino del sacerdocio.

Lo que no es aceptable es que don Norberto nos venga ahora con eso de “poderes del infierno”. Esa manera de tratar los asuntos públicos fue propia de la Inquisición, de la persecución de supuestos o reales herejes, personas como Giordano Bruno quien fue quemado en la hoguera en el Campo De’ Fiori (1600), frente a una multitud que no podía comprender el motivo de ese brutal asesinato.

Invocar los “poderes del infierno” son palabras mayores para un obispo de la iglesia católica y de cualquier otra iglesia; es llevar el asunto de la interrupción voluntaria del embarazo a bajuras inalcanzables, pues tal postura busca presentar al Estado como un instrumento del Diablo, con quien no existe punto de diálogo.

Con los demonios no se debe hablar y mucho menos llegar a acuerdos, por lo cual la invocación de Satanás, hecha por el arzobispo de México, podría representar una ruptura de la iglesia católica con el Estado nacional mexicano con motivo de la posible aprobación de una reforma de ley, la cual, por lo demás, permitiría, pero no promovería, el aborto dentro de las primeras doce semanas de la gestación. Hoy, en México, la interrupción voluntaria del embarazo está permitida en cualquier momento, pero en secreto y mediante paga, lo que satisface por entero al clero.

49 países, donde vive el 41 por ciento de la población mundial, permiten el aborto voluntario sin restricciones. Seis países, donde vive el 20 por ciento, lo admite por razones socioeconómicas, mientras que 52 países –México incluido—lo aceptan para salvar la vida de la mujer embarazada, lo cual se puede decir para cualquier caso, y cuando hay una violación sexual. Sólo dos países lo prohíben totalmente. Ninguno lo considera un asesinato, con desprecio por la palabra de Pío IX (Apostolica Sedis, 1869). Esto querría decir --según don Norberto-- que el demonio tiene el poder en el mundo entero, lo cual no puede ser sostenido por el clero católico, a menos de que todos los sacerdotes hayan perdido la razón.

viernes, abril 06, 2007

Seguridad pública o seguridad del Estado

Los llamados operativos contra el crimen organizado, anunciados torpemente por Felipe Calderón, no podrán dar los resultados esperados porque parten de un supuesto falso. En realidad no tenemos un problema de seguridad pública en relación con las bandas de narcotraficantes, sino un creciente problema de seguridad del Estado.

Los operativos no dan mayor fuerza a las entidades locales del poder público más que cuando el Ejército toma las carreteras y algunos otros lugares. Antes y después, las bandas hacen lo que quieren porque tales órganos locales de la administración pública son extremadamente débiles. En Guerrero como en Michoacán, las bandas someten a los funcionarios debido a que éstos son obligados a aceptar ser cómplices, lo que procede de su debilidad. En esos estados no hay policía local prácticamente. En otras entidades, las cosas no son muy diferentes, pues aunque existan cuerpos policíacos, éstos carecen de condiciones para enfrentarse a bandas armadas muy bien organizadas.

En realidad, la fuerza armada y la fuerza económica de las bandas son superiores a las de los poderes locales y, con esto, tenemos un problema de seguridad del Estado.
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Sí es verdad que, a veces, las acciones de las bandas alcanzan a lesionar a personas que nada tienen que ver con la autoridad ni con las actividades ilícitas, pero no se trata de un asunto generalizado ni cotidiano. En cambio, todos los días se producen “ajusticiamientos”, es decir, la aplicación del código penal interno de una u otra banda, en contra de otros delincuentes o de agentes de diversas corporaciones, incluso gobernantes o altos funcionarios. Es verdad también que muchos de los agentes asesinados están metidos con las bandas y han recibido dinero de éstas, pero también por ello tenemos un problema de seguridad del Estado.
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Las decisiones que deben tomarse frente a este fenómeno no son aquellas ingenuas que consisten en enviar un batallón de soldados para que realicen algunas tareas de vigilancia durante algunos días o meses, sino en reformar los órganos del Estado que hoy son demasiado débiles y que no pueden enfrentar el problema del narcotráfico tal como éste se está comportando en la actualidad.
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Calderón va a fracasar si mantiene la torpe idea de que tenemos un problema de seguridad pública y le ofrece a la gente tranquilidad mediante esa forma de combatir a las bandas de narcos. Esto no es ni puede ser así: la naturaleza de las cosas y de los fenómenos que se presentan en la sociedad reclama, ante todo, claridad en los conceptos y una consecuente acción política.