La Corte frente al VIH... y el Ejército
La Suprema Corte de Justicia no ha decidido aún si ampara a unos militares quejosos que han sido retirados por ser portadores del virus de inmunodeficiencia humana (VIH). El debate sigue y, de seguro, la resolución será trascendente. Con el Ejército hemos topado, diría cualquier ministro. Y así es, pero la Corte también ha topado con el VIH.
Los mandos militares aplican una ley con el estilo castrense: el portador del VIH es inútil para el servicio de las armas… y ya. Pero el asunto no es tan sencillo porque ningún portador es inútil para absolutamente nada: todos ellos pueden desempeñar cualquier actividad incluyendo la de las armas. Esto no amerita discusión, por más órdenes militares y prejuicios en uso que pueda haber… en la Corte.
El punto es claro: los portadores del VIH son discriminados cuando, por serlo, se les niega la oportunidad de un trabajo o función, dentro y fuera del Estado, dentro y fuera de las fuerzas armadas. El asunto es peor cuando ese portador del virus es ya un empleado, es decir, ha sido ya contratado y se le expulsa por tal motivo. El ministro Sergio Aguirre Anguiano ha llegado al colmo, pues ha dicho que se trata de “un severo problema bacteriológico”. No hay problemas severos; las personas pueden ser severas o actuar con severidad, pero no las cosas; tampoco es un asunto “bacteriológico”, ya que no se trata de una infección bacteriana (ojalá lo fuera pues ya existe la penicilina), sino de un virus que se adquiere por contagio en unas muy especiales condiciones y que no produce necesariamente enfermedad en el portador. Aguirre debe saber que si lo tocara un portador del VIH o un enfermo de sida no le sucedería nada a él, y que no es imposible que eso ya haya sucedido.
Lo que se pretende con el retiro de los militares portadores del VIH es alejar de la vista la existencia de un virus considerado como fruto del pecado, es decir, hacer como que no existe. Pero existe, está entre nosotros y todos debemos aprender a vivir con la existencia de tal virus. Los valientes militares deberían también demostrar valentía al reconocer que el Ejército no está dentro de una burbuja. Por su lado, algunos ministros no entienden que las fuerzas armadas no son algo tan separado de la sociedad y que los virus no reconocen uniformes. Azuela llegó al extremo de chabacanear, al decir que un niño de guardería es regresado a su casa cuando está enfermo. Góngora tampoco se midió al declarar que un soldado portador del VIH es un peligro contra la población cuando el Ejército realiza funciones de protección civil.
Un militar portador del VIH es tan militar como cualquier otro, lo cual no debería discutirse en el máximo tribunal de un país. El ministro Cosío les dio un baño a los retrógrados, ayer, cuando dijo que el criterio científico debe tomarse en cuenta por el juzgador y lo fundamentó con la lectura de una ley… de 1942.
El Ejército tiene sus peculiaridades, pero ninguna debe ser entendida como el permiso para ejercer la discriminación y mucho menos para apoyar la absurda aspiración de que el VIH no sea admitido en las fuerzas armadas.
Los mandos militares aplican una ley con el estilo castrense: el portador del VIH es inútil para el servicio de las armas… y ya. Pero el asunto no es tan sencillo porque ningún portador es inútil para absolutamente nada: todos ellos pueden desempeñar cualquier actividad incluyendo la de las armas. Esto no amerita discusión, por más órdenes militares y prejuicios en uso que pueda haber… en la Corte.
El punto es claro: los portadores del VIH son discriminados cuando, por serlo, se les niega la oportunidad de un trabajo o función, dentro y fuera del Estado, dentro y fuera de las fuerzas armadas. El asunto es peor cuando ese portador del virus es ya un empleado, es decir, ha sido ya contratado y se le expulsa por tal motivo. El ministro Sergio Aguirre Anguiano ha llegado al colmo, pues ha dicho que se trata de “un severo problema bacteriológico”. No hay problemas severos; las personas pueden ser severas o actuar con severidad, pero no las cosas; tampoco es un asunto “bacteriológico”, ya que no se trata de una infección bacteriana (ojalá lo fuera pues ya existe la penicilina), sino de un virus que se adquiere por contagio en unas muy especiales condiciones y que no produce necesariamente enfermedad en el portador. Aguirre debe saber que si lo tocara un portador del VIH o un enfermo de sida no le sucedería nada a él, y que no es imposible que eso ya haya sucedido.
Lo que se pretende con el retiro de los militares portadores del VIH es alejar de la vista la existencia de un virus considerado como fruto del pecado, es decir, hacer como que no existe. Pero existe, está entre nosotros y todos debemos aprender a vivir con la existencia de tal virus. Los valientes militares deberían también demostrar valentía al reconocer que el Ejército no está dentro de una burbuja. Por su lado, algunos ministros no entienden que las fuerzas armadas no son algo tan separado de la sociedad y que los virus no reconocen uniformes. Azuela llegó al extremo de chabacanear, al decir que un niño de guardería es regresado a su casa cuando está enfermo. Góngora tampoco se midió al declarar que un soldado portador del VIH es un peligro contra la población cuando el Ejército realiza funciones de protección civil.
Un militar portador del VIH es tan militar como cualquier otro, lo cual no debería discutirse en el máximo tribunal de un país. El ministro Cosío les dio un baño a los retrógrados, ayer, cuando dijo que el criterio científico debe tomarse en cuenta por el juzgador y lo fundamentó con la lectura de una ley… de 1942.
El Ejército tiene sus peculiaridades, pero ninguna debe ser entendida como el permiso para ejercer la discriminación y mucho menos para apoyar la absurda aspiración de que el VIH no sea admitido en las fuerzas armadas.