Sólo moderados
Desde hace meses se habla de “moderados” en el PRD. López Obrador ha dado realce a esta caracterización o calificación –según se quiera ver—para afirmar que se trata de “conservadores más despiertos”. Tenemos aquí un tema digno de ser debatido, tal como ocurre en muchos otros países.
Las izquierdas se han moderado. Este fenómeno se debe al agotamiento de los ciclos revolucionarios del siglo XX. Primero se agotó el ciclo abierto por la Revolución de Octubre, después el de las revoluciones de la inmediata postguerra (principalmente China), seguido del ciclo de las revoluciones nacionales de los países coloniales y, finalmente, el de América Latina que abrió la Revolución Cubana, el cual no generó otra revolución igual sino movimientos y grupos armados además de la experiencia revolucionaria chilena finalmente ahogada en sangre. Quizá podría también hablarse de las revoluciones islámicas. La revolución Mexicana (1910-1917), la de Bolivia (1952) y la de Nicaragua (1979) no parecen haber formado parte de un ciclo de revoluciones, lo cual, naturalmente, no les quita su carácter.
Sin revolución qué preparar, la moderación se impone por sí misma, pues por más cambios que se hagan jamás podrían compararse con los que genera una revolución. Hay que aclarar que cuando se habla de revolución no se está hablando de las formas de lucha, las cuales pueden ser armadas o no.
Claro que hay moderados dentro de la moderación pero no se trata de algo esencialmente diferente sino de matices: discusiones que no duran mucho porque les falta sustancia.
En realidad, en el PRD impera la moderación, lo cual abarca al mismo Andrés Manuel. Nadie en ese partido está actuando para preparar una revolución o, al menos, para ser un factor activo en un movimiento revolucionario por venir. Pero fuera del PRD las cosas no son diferentes. Desde el EZLN hasta el EPR –uno, que organizó un levantamiento armado y, el otro, que realiza acciones armadas con cierta periodicidad—nadie se plantea organizar en algún momento próximo una revolución. La diferencia entre las izquierdas electorales y las no electorales es que las primeras se proponen alcanzar el gobierno mientras las segundas consideran que ése no debe ser el objetivo actual. Pero ninguna espera o prepara una revolución.
Los causantes de esta situación no son los dirigentes o las bases de tales izquierdas sino la situación del mundo en el que México está demasiado complicado.
Al parecer la verdadera discusión en el PRD no es entre radicales y moderados, sino entre quienes están buscando abrir una lucha política de masas con un programa de transformaciones sociales y democráticas para hoy, y quienes suponen que tales transformaciones vendrán sólo cuando fracase el gobierno ilegítimo de Felipe Calderón. En medio, claro, se encuentran quienes no aprecian la lucha política de masas sino se encierran en conciliábulos más o menos burocráticos. Existe de cierto, además, una contradicción entre quienes quieren impulsar un movimiento político y quienes cultivan clientelismos antidemocráticos desde posiciones de poder. Pero la moderación es de todos.
El debate debería centrarse en las verdaderas contradicciones y no en las actitudes, reales o supuestas, frente al gobierno de Calderón. Si éste es ilegítimo, tal como todos lo subrayan en el PRD, no debería ser el factor central del debate, pues, si lo fuera, Calderón se convertiría en elemento externo de las contradicciones en el seno de ese partido, es decir, estaríamos frente a un triunfo de la ilegitimidad hecha gobierno.
Las izquierdas se han moderado. Este fenómeno se debe al agotamiento de los ciclos revolucionarios del siglo XX. Primero se agotó el ciclo abierto por la Revolución de Octubre, después el de las revoluciones de la inmediata postguerra (principalmente China), seguido del ciclo de las revoluciones nacionales de los países coloniales y, finalmente, el de América Latina que abrió la Revolución Cubana, el cual no generó otra revolución igual sino movimientos y grupos armados además de la experiencia revolucionaria chilena finalmente ahogada en sangre. Quizá podría también hablarse de las revoluciones islámicas. La revolución Mexicana (1910-1917), la de Bolivia (1952) y la de Nicaragua (1979) no parecen haber formado parte de un ciclo de revoluciones, lo cual, naturalmente, no les quita su carácter.
Sin revolución qué preparar, la moderación se impone por sí misma, pues por más cambios que se hagan jamás podrían compararse con los que genera una revolución. Hay que aclarar que cuando se habla de revolución no se está hablando de las formas de lucha, las cuales pueden ser armadas o no.
Claro que hay moderados dentro de la moderación pero no se trata de algo esencialmente diferente sino de matices: discusiones que no duran mucho porque les falta sustancia.
En realidad, en el PRD impera la moderación, lo cual abarca al mismo Andrés Manuel. Nadie en ese partido está actuando para preparar una revolución o, al menos, para ser un factor activo en un movimiento revolucionario por venir. Pero fuera del PRD las cosas no son diferentes. Desde el EZLN hasta el EPR –uno, que organizó un levantamiento armado y, el otro, que realiza acciones armadas con cierta periodicidad—nadie se plantea organizar en algún momento próximo una revolución. La diferencia entre las izquierdas electorales y las no electorales es que las primeras se proponen alcanzar el gobierno mientras las segundas consideran que ése no debe ser el objetivo actual. Pero ninguna espera o prepara una revolución.
Los causantes de esta situación no son los dirigentes o las bases de tales izquierdas sino la situación del mundo en el que México está demasiado complicado.
Al parecer la verdadera discusión en el PRD no es entre radicales y moderados, sino entre quienes están buscando abrir una lucha política de masas con un programa de transformaciones sociales y democráticas para hoy, y quienes suponen que tales transformaciones vendrán sólo cuando fracase el gobierno ilegítimo de Felipe Calderón. En medio, claro, se encuentran quienes no aprecian la lucha política de masas sino se encierran en conciliábulos más o menos burocráticos. Existe de cierto, además, una contradicción entre quienes quieren impulsar un movimiento político y quienes cultivan clientelismos antidemocráticos desde posiciones de poder. Pero la moderación es de todos.
El debate debería centrarse en las verdaderas contradicciones y no en las actitudes, reales o supuestas, frente al gobierno de Calderón. Si éste es ilegítimo, tal como todos lo subrayan en el PRD, no debería ser el factor central del debate, pues, si lo fuera, Calderón se convertiría en elemento externo de las contradicciones en el seno de ese partido, es decir, estaríamos frente a un triunfo de la ilegitimidad hecha gobierno.

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