Catástrofe y política
Felipe Calderón ha dicho que no es momento de oportunismos ni protagonismos. Quizá debió decir que tal discurso político lo exceptuaba a él de tales actitudes. En efecto, lo afirmado por Calderón ocurrió en la Cruz Roja a donde acudió a cargar simbólicamente unas cajas de víveres para los damnificados de Tabasco, aunque en verdad nada tenía que hacer ahí como no fuera pronunciar un discurso.
Pero el asunto es político, es decir, las lluvias sobre Tabasco son políticas, o sea, el agua que cayó del cielo pudo canalizarse a través de sus cauces hacia el mar, pero no, se quedó en lugares donde no debía ya que los políticos encargados de la administración pública no hicieron lo que debieron o hicieron justo lo que no debieron hacer. Así ocurrió.
Es hipócrita decir que no hay que politizar una tragedia cuando ésta tiene causas políticas directas, es decir, asuntos que competen al ámbito de la administración pública. Un líder político debe decir lo que cree y no fingir demencia como lo ha hecho Calderón en su discurso político en la Cruz Roja –organización apolítica por estatuto propio—en donde dijo que era hora de unión de todos y de no partidizar la tragedia. Pero el desastre tiene sellos políticos y partidistas, pues los gobernantes no son individuos solos e independientes sino que forman parte de grupos políticos que debieran ser , al menos, responsables, es decir, responder de sus actos. Es evidente que los gobernantes de Tabasco y los de la Federación se desentendieron de sus obligaciones y no llevaron a cabo los desazolves de los ríos ni otras obras para evitar que se repitiera la inundación de 1999. No sólo existe responsabilidad política por acción sino también por omisión.
Pero Calderón quiere que todo se olvide en aras de la unidad de todos a favor de los damnificados. Esa unidad, ese apoyo a los damnificados, se está produciendo con muestras de solidaridad nacional, especialmente en algunas ciudades del país, pero eso no debería llevar a nadie al disimulo, al silencio, sobre lo que debió hacerse y no se hizo.
El desastre de Tabasco es de inmensas dimensiones. Más de la mitad de la economía ha sido destruida; hay cerca de un millón de damnificados. Dentro de dos o tres meses lo que hoy vemos se convertirá en una tragedia mucho mayor: masas de sin trabajo, cientos de miles sin dinero para alimentarse. Tabasco requiere una reconstrucción que abarque la reposición de infraestructura social, vivienda, unidades productivas, vías de comunicación y empleos; hay que indemnizar a centenares de miles; hay que hacer las obras públicas que no se han hecho. El Estado --como responsable del desastre-- debe hacerse cargo de la reconstrucción de una manera completa, solidaria, responsable, transparente, incluyente, suficiente: eso sería política a secas.
Pero el asunto es político, es decir, las lluvias sobre Tabasco son políticas, o sea, el agua que cayó del cielo pudo canalizarse a través de sus cauces hacia el mar, pero no, se quedó en lugares donde no debía ya que los políticos encargados de la administración pública no hicieron lo que debieron o hicieron justo lo que no debieron hacer. Así ocurrió.
Es hipócrita decir que no hay que politizar una tragedia cuando ésta tiene causas políticas directas, es decir, asuntos que competen al ámbito de la administración pública. Un líder político debe decir lo que cree y no fingir demencia como lo ha hecho Calderón en su discurso político en la Cruz Roja –organización apolítica por estatuto propio—en donde dijo que era hora de unión de todos y de no partidizar la tragedia. Pero el desastre tiene sellos políticos y partidistas, pues los gobernantes no son individuos solos e independientes sino que forman parte de grupos políticos que debieran ser , al menos, responsables, es decir, responder de sus actos. Es evidente que los gobernantes de Tabasco y los de la Federación se desentendieron de sus obligaciones y no llevaron a cabo los desazolves de los ríos ni otras obras para evitar que se repitiera la inundación de 1999. No sólo existe responsabilidad política por acción sino también por omisión.
Pero Calderón quiere que todo se olvide en aras de la unidad de todos a favor de los damnificados. Esa unidad, ese apoyo a los damnificados, se está produciendo con muestras de solidaridad nacional, especialmente en algunas ciudades del país, pero eso no debería llevar a nadie al disimulo, al silencio, sobre lo que debió hacerse y no se hizo.
El desastre de Tabasco es de inmensas dimensiones. Más de la mitad de la economía ha sido destruida; hay cerca de un millón de damnificados. Dentro de dos o tres meses lo que hoy vemos se convertirá en una tragedia mucho mayor: masas de sin trabajo, cientos de miles sin dinero para alimentarse. Tabasco requiere una reconstrucción que abarque la reposición de infraestructura social, vivienda, unidades productivas, vías de comunicación y empleos; hay que indemnizar a centenares de miles; hay que hacer las obras públicas que no se han hecho. El Estado --como responsable del desastre-- debe hacerse cargo de la reconstrucción de una manera completa, solidaria, responsable, transparente, incluyente, suficiente: eso sería política a secas.

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