jueves, diciembre 28, 2006

Perverso juego con el presupuesto

Los errores en el Presupuesto de Egresos son frecuentes. Al cambiar una parte debe cambiarse otra y, a veces, muchas. Pero no son los errores el problema sino el juego perverso del Ejecutivo que tiende a repetirse año con año.

Ya es costumbre que el proyecto de gastos se presente con subestimaciones de ingresos, con erogaciones en ceros y con rebajas a programas muy importantes. Lo que se busca con esto es que la Cámara de Diputados aumente la estimación de ingresos y destine la diferencia a cubrir insuficiencias de la propuesta del Ejecutivo. Así, la mayor cantidad de ingresos incrementados por los legisladores se tiene que usar en programas como el llamado fortalecimiento de las entidades federativas, el cual llega en cero pero no puede cancelarse debido a que sus dotaciones ya están incorporadas en los gastos de todos los estados y el Distrito Federal.

Lo mismo ha ocurrido con las universidades públicas, a las cuales no se les debe disminuir los subsidios por parte de la Cámara, a menos que se busque una crisis mucho mayor de la enseñanza superior. Pero también es el gasto en cultura, en investigación, en el campo, en las comunicaciones, etcétera. De esta suerte, los diputados se las ven negras para tapar los grandes huecos que el Ejecutivo deja en su proyecto de manera premeditada y tramposa. Después, la culpa de todo la tiene el Poder Legislativo mientras el titular del Ejecutivo hace algún discurso atribuyéndose sin rubor la atención de cuestiones prioritarias que no estaban en su propio proyecto.

En esta ocasión, al menos se logró un programa nuevo: pensiones alimentarias a adultos mayores de localidades pequeñas. Es una cantidad relativamente pequeña para la dimensión del problema, pero ya es un inicio. Lo demás, ha sido el juego perverso del Ejecutivo.

Ha cambiado de manos la administración, pero a Calderón no se le vio ninguna iniciativa nueva y propia. Nada. Más de lo mismo pero sin hablar claro, sin presentar la situación con realismo, sin convocar al Congreso. Engaño, trampas: ¿puede esto ser una base democrática para realizar cambios en el país?

La nueva política de empleo no aparece por ninguna parte, a pesar de las promesas. Esto lleva a recordar la plataforma de aquel candidato estadunidense que ganó la elección en plena crisis económica mundial. Franklin D. Roosevelt, presidente entre 1933 y 1945, creó millones de empleos unas semanas después de tomar el cargo, mediante grandes programas de inversión pública, sin detenerse en miedos ni prejuicios. Pero aquel estadista tenía programa y a Calderón sólo se le oyen frases.

Los diputados han hecho una defensa frente a un proyecto conservador y recesivo, en forma de trabajosa respuesta a un juego perverso de Calderón, el cual no es más que copia exacta de lo antes hecho.

jueves, diciembre 21, 2006

El séptimo año del sexenio

Todo igual, sin señales de querer cambiar, con promesas de examinar, estudiar, modificar. Así ha empezado la acción de Felipe Calderón. Un año más de lo mismo se avizora en materia de finanzas públicas y, en general, de política económica.

Trabajar para mantener tranquilos a los “mercados”, es decir, cuidar la estabilidad como si ésta, por sí misma, fuera la llave del progreso, es la orden impartida desde Los Pinos, como antes, exactamente como antes.

El llamado paquete económico para 2007 contiene leves rasguños de poca trascendencia. Si la compra de automóviles es deducible del impuesto sobre la renta en 300 mil o en 175 mil pesos no cambia nada, después de todo se mantiene la idea de que la industria automotriz requiere ayuda fiscal del Estado, lo cual es falso. Si las facturas de los restaurantes podrán aportar desgravaciones de 25 o 12.5 por ciento es irrelevante porque no elimina la idea de que invitar a comer a un cliente sea parte de los costos de producción. El intento de imponer un impuesto del cinco por ciento a todos los refrescos, por tres mil cien millones de pesos –rechazada finalmente por el Senado—demuestra sólo que algunos se sentaron en sus escritorios a estudiar de dónde sacar más dinero sin detenerse a considerar quienes lo iban a pagar.

El repliegue del Estado como promotor del desarrollo y factor activo del crecimiento de la economía sigue el mismo curso que hasta ahora. No se ha interrumpido en absoluto el programa que contiene la idea de que el “mercado”, solo, es capaz de llevar a México al Primer Mundo.

En materia de gasto, las cosas fueron mucho peores en el proyecto de Calderón. Tal como siempre lo hizo Vicente Fox, se propuso a la Cámara una reducción del gasto en educación e investigación: sí, la prioridad social del mundo, llevada en México a un renglón sin importancia. Mientras, los guardaditos presupuestales y los aumentos en gastos de operación y servicios personales siguen, como corresponde a un gobierno plutocrático. Los diputados ya se han encargado de arañar el proyecto de Calderón y, al menos, detener algunas de las mayores agresiones.

Los legisladores, claro, quedarán mal, como el cohetero: hagan lo que hagan no habrá reformas importantes porque es el gobierno en cualquier país el encargado de proyectar las grandes reformas en materia de finanzas públicas, mientras que los diputados sólo defienden o resisten.

miércoles, diciembre 13, 2006

El Congreso está en crisis

Mueve a decir algo el comentario de López Dóriga contra el spot de la Cámara de Diputados en el que aparecían los coordinadores diciendo a favor y agregando que ellos sabían ponerse de acuerdo. López Dóriga no logra demostrar que el spot es increíble cuando comenta que, por acuerdo de los coordinadores, se le pidió al presidente de la Cámara que retirara el mensaje, pues tal cosa demostraría lo contrario: todos los partidos han coincidido y han suprimido el spot, es decir, sí supieron ponerse de acuerdo, como lo señala el mensaje retirado por increíble… y ridículo.

La inmensa mayoría de las reformas legales han sido votadas en el Congreso por unanimidad o casi. El problema no consiste en si los legisladores se ponen o no de acuerdo, pues está claro que sí. La cuestión estriba en lo que no se discute, en lo que se rechaza en silencio, en la manera en que se desprecia el debate de fondo de los problemas nacionales, en la forma en que las contradicciones sociales existentes en el país se desprecian con el propósito de aparentar que no existen.

Los legisladores son combatidos por los medios de comunicación en todo el mundo, pero en México, además, son ridiculizados, despreciados, pendejeados. La culpa es de ellos (nosotros) –diputados y senadores—quienes no están a la altura de la lucha política y de los dictados de los electores. Pero, a diferencia de lo que dice la mayoría de los comunicadores, los legisladores no están obligados a estar de acuerdo sino a expresar con fidelidad las ideas e intereses que representan en un parlamento plural. Esto es justo lo que no hemos podido lograr.

La mayoría de las iniciativas de ley no obtienen respuesta de los grupos parlamentarios y son congeladas en las comisiones sin pena ni gloria. Por tanto, al no debatirse la mayor parte de los proyectos, los ciudadanos desconocen lo que se propone y los argumentos, tanto en favor como en contra: el Congreso no politiza sino despolitiza.

La crisis del Congreso es la de los partidos silenciosos de los temas de fondo, que prefieren callar que debatir las propuestas de los demás. Las cámaras se rigen más por la violación del viejo Reglamento que por su aplicación: carecen de reglas. En síntesis, los grupos parlamentarios no están a la altura de la pluralidad expresada por los electores en las urnas.

Pero cuando el Congreso emite una ley, los súper medios de comunicación callan con frecuencia: no les interesa o no entienden. Cuando un legislador agrede a otro, entonces tenemos un escándalo. Es decir, los súper medios le hacen el juego a un Congreso en crisis profunda.

Uno y los otros están muy por debajo de la sociedad, la cual tiene derecho a ver reflejada su propia pluralidad.

jueves, diciembre 07, 2006

Libertad a los presos políticos

El mandato de Vicente Fox terminó de la peor forma: centenares de presos políticos. Se repite la historia y, aunque la tragedia no es tan grande, la comedia de ahora no deja de ser un tanto trágica. Lo peor de todo es que Felipe Calderón se inicia con esos mismos centenares de presos políticos más otros que ya están en su propia cuenta.

En lugar de buscar una solución política inmediata a la crisis de Oaxaca, Calderón envió a sus sabuesos a detener más gente y a conducir a uno de ellos a Almoloya, lugar a donde son recluidos los jefes de la delincuencia organizada.

Cientos de mexicanos y mexicanas que debieron salir a defender derechos políticos, libertades, cambios sociales, se encuentran en cáceles lejanas a sus familias, como expresión de una consigna: perseguid a los que osen protestar, cambiar la vida, reformar la realidad. No pocos conductores de programas de radio y televisión manifiestan apoyo a la represión, dicen que ya era hora de demostrar que a la cárcel va quien viola la ley, sin precisar el delito, sin detenerse en la naturaleza del problema político ni en las causas de la protesta popular. En el fondo, lo que se condena es la acción de una parte del pueblo.

Los presos políticos de Oaxaca se suman a los presos políticos de Atenco y a otros, dispersos, en muchos estados. Al final, la derecha no pudo ejercer el poder sin la prisión política, con lo cual renunció a diferenciarse, también en esto, del viejo régimen. Ahora, sin embargo, esos prisioneros son un verdadero problema para el gobierno panista, no sólo por la forma tan ilegal y violatoria de garantías con que se están haciendo las persecuciones sino porque no existe causa alguna que justifique los encarcelamientos.

Quienes aplauden el crecimiento del número de presos políticos callan ante la violencia policíaca, la arbitrariedad, la ilegalidad. Promueven el discurso de la intolerancia y, así, atizan la respuesta popular.

El uso de la prisión como medio de dirimir las controversias políticas es la tradición nacional, pero corresponde por entero a condiciones de autoritarismo. Si el gobierno quiere seguir por ese camino, encontrará su propia ruina, aunque ésta tarde un poco en llegar.

Hemos vuelto a lo de antes: libertad a los presos políticos, el ahogado grito de los años sesenta, la constante de casi todos los movimientos populares desde entonces. Los caminos no son rectos, las regresiones políticas son frecuentes en la historia, pero también las respuestas del pueblo.

sábado, diciembre 02, 2006

El programa de Calderón

En su discurso del Auditorio Nacional, el primero de diciembre, Felipe Calderón trató de exponer un planteamiento programático. Bajo la vieja frase del “interés supremo de la Nación”, el panista considera que los conflictos políticos “sólo dañan a la gente”, con lo cual declara su incomprensión del papel de la lucha política en la democracia. Así, afirma: “dialogaré con quien esté dispuesto a dialogar”, con lo cual sólo confirma lo que de suyo es, pero no intenta presentar una propuesta acorde con la situación del país.

El primer punto programático de Calderón es “recuperar la seguridad pública y la legalidad”. Para esto, plantea un programa de seguridad para renovar los mecanismos de procuración e impartición de justicia que estará listo en 90 días. Dentro de este concepto, plantea un “sistema único de información criminal”, el cual es muy sencillo y debía estar ya en funciones desde hace años.

Dentro de las iniciativas que pretende enviar al Congreso sólo se menciona la de “aumentar las penas para quienes más agravian a la sociedad”, lo cual ya se ha hecho y ha resultado enteramente ineficiente. En realidad, Calderón es partidario de la cadena perpetua que se encuentra en contradicción con la doctrina constitucional relativa a la readaptación social. Pero, además, al hablar de “restablecer la seguridad”, asume una versión ridícula del postulado de Bush: la batalla por la seguridad al costo de “vidas humanas”.

En cuanto a la política social, Calderón ofrece mantener los mismos programas que se encuentran en vigor: Oportunidades, Seguro Popular y becas escolares. No existe en el planteamiento ninguna referencia a la pensión alimentaria universal de adultos mayores, el cual ha sido uno de los puntos más discutidos en materia de política social. Tampoco existe ningún pronunciamiento sobre la educación superior, donde se encuentra el mayor problema cuantitativo de México en esta materia.

El único planteamiento nuevo de Calderón en cuanto a política social es el de un seguro de salud para los niños “que nazcan a partir de hoy, 1 de diciembre, en el territorio nacional”. Es decir, que los niños que hayan nacido antes de esta fecha no gozarán del mismo seguro. Esto, por sí mismo, evidencia los alcances de la política social que se propone aplicar el PAN. Es algo así como las ventajas adquiridas sólo por quienes nacían bajo el reinado de un hombre benefactor con el fin de celebrar su asunción al trono.

El problema del empleo es tratado por Calderón a partir de la necesidad de retener a los trabajadores mexicanos que están emigrando a Estados Unidos en cantidades crecientes. “En lugar que salga la mano de obra… mejor que venga a aquí la inversión…” Hacer depender de la inversión foránea directa la retención laboral lleva a proponerse multiplicar las inversiones extranjeras que ya alcanzan sumas anuales de alrededor de 20 mil millones de dólares, imposibles de elevar, al menos en el corto plazo, y altamente onerosas por la remisión de utilidades y otros muchos pagos.

En un cambio de rumbo en el mismo discurso, Calderón advierte: “no depender de lo que podemos venderle a otros países”; e inmediatamente después: “hacer que el mercado interno sea, precisamente, motor de crecimiento”. Para ello, el político panista señala sólo dos renglones: turismo e infraestructura.

El discurso de Calderón es contradictorio. Al proponerse tomar más inversión extranjera para detener el éxodo hacia el norte y, al mismo tiempo, atribuirle al mercado interno el papel de motor del crecimiento, olvida la cuestión de los salarios y el papel de éstos en la competencia de México con el resto del mundo; soslaya que el patrón de distribución del ingreso es un factor estructural de un mercado interno raquítico y que las exportaciones mexicanas dependen en gran medida de los bajos salarios, al tiempo que las inversiones extranjeras utilizan las ventajas competitivas del país y por ello se siguen haciendo en cantidades elevadas pero del todo insuficientes para retener a los trabajadores mexicanos.

En realidad, es imposible que México deje de depender de sus exportaciones totales, es decir, incluyendo las de petróleo crudo. Con tales ventas, el país cubre sus compras de bienes de capital e intermedios, indispensables para el funcionamiento y crecimiento de la economía. Al mismo tiempo, es imposible un crecimiento elevado del mercado doméstico bajo la actual distribución del ingreso, es decir, con la muy escasa capacidad de consumo de los trabajadores del campo y la ciudad.

Calderón se plantea también promover la “competencia justa y sin privilegios”, lo cual llevaría a una política antimonopolios que no se ha planteado en concreto hasta ahora por parte del PAN.

Al anunciar con rapidez un programa para reorientar el gasto público, Calderón olvidó señalar las directrices concretas de tal reorientación, por lo que habrá que esperar la propuesta presupuestal.

Un aspecto relevante, sin embargo, es el “programa de primer empleo”, para ser incorporado como costo fiscal en el próximo presupuesto. Toda disminución de impuestos a las empresas será aplaudida por los dueños de las mismas, pero aquí se trata de subsidiar las cuotas del Seguro Social de los jóvenes que ingresan por primera vez al sistema formal de empleo. Este “estímulo” no disminuirá significativamente los costos de producción pero promoverá la cesantía de trabajadores de mayor edad, a costa de un subsidio cuyo monto no puede ser calculado con precisión. El ingreso de los jóvenes a la economía formal no depende de subsidios fiscales sino del ritmo de crecimiento de las empresas y de la creación de nuevas. Aún más, es indudable que tal subsidio, por sí mismo, no podrá aumentar las plazas de trabajo sino sólo y escasamente podría promover el relevo generacional dentro de cada empresa, con lo cual no logrará más empleos sino una reducción de las cuotas de seguridad social a cargo de los empleadores pero con un mayor desempleo de trabajadores recientes en la empresa pero de mayor edad, quienes tienen un menor costo de despido. Promover una mayor competencia entre trabajadores de mayor edad y jóvenes de “primer empleo” es una forma monstruosa de engañar al país en materia de fomento de las plazas de trabajo formales.

El tema de la austeridad del poder público se anuncia con una iniciativa de ley en materia de sueldos de los servidores públicos. Mas Calderón anuncia una legislación para Federación, estados y municipios, lo cual no es posible dentro del actual marco constitucional. En materia estrictamente federal, Calderón afirma que disminuirá los sueldos de los altos funcionarios, lo cual, por lo demás, es una facultad de la Cámara de Diputados. Sobre las jubilaciones indebidas e ilegales de ex presidentes y otros muchos, no hubo pronunciamiento alguno.

Sobre la “transformación de nuestro régimen electoral”, Calderón ha señalado: reducir el gasto en campañas y el financiamiento de los partidos, acortar los plazos de campaña y regular las precampañas, además de buscar “mejores mecanismos de representación entre los mexicanos”. La reducción del financiamiento de los partidos se encuentra ya iniciada en el Congreso, pero junto a la gratuidad de la propaganda en radio y televisión y la prohibición de los donativos privados. Calderón, sin embargo, no aborda el inmenso problema del acceso de los partidos a radio y televisión y, al ignorarlo, no propone un cambio del sistema electoral, sino sólo un proyecto inviable.

El nuevo método de la representación política a la que se refiere Calderón sería, a juzgar por otros discursos suyos, la de disminuir la representación proporcional y, por tanto, aumentar el peso relativo de la elección territorial uninominal. Este proyecto no es el que el PAN ha abrazado durante casi toda su existencia, es decir, durante las décadas en las que fue víctima de un sistema anglosajón de representantes territoriales de mayoría relativa. Cuando la proporcionalidad le benefició, el PAN votó a favor; hoy, que no le favorece, quiere disminuirla.

No existe en realidad un programa ni tampoco una propuesta política en el discurso de Felipe Calderón, pronunciado el 1 de diciembre en el Auditorio Nacional. La crítica situación del país no es abordada más que con la innecesaria por obvia advertencia de dialogar con quien quiera, no obstante que está al tanto de que el PRD se niega. Su llamamiento a suspender la lucha política para “servir a México” es del todo autoritario.

Las propuestas en materia de seguridad pública, política social, economía y reforma electoral no son nuevas pero, en cambio, demasiado difusas y, en ocasiones, claramente contradictorias o de plano inicuas.

Un sexenio que se inicia bajo los peores augurios.