Intervención de Pablo Gómez
en el homenaje a Arnoldo Martínez Verdugo.
No tengo duda alguna que Arnoldo Martínez Verdugo es el iniciador de dos cambios esenciales en la izquierda mexicana: la lucha por la democracia política y la lucha por la unidad de la izquierda mexicana. En homenajes anteriores me he referido a estos dos grandes aportes de Arnoldo, los cuales no se limitan a las filas de las izquierdas de México sino que han tenido importancia en la vida política del país.
Pero Arnoldo es también uno de los principales críticos mexicanos del socialismo de Estado desde la posición socialista.
Arnoldo inició su militancia política en un partido estalinista, como lo eran entonces los partidos comunistas del mundo entero. Cuando, hace 60 años, Arnoldo ingresó en el Partido Comunista Mexicano, se inscribió en el movimiento político más universal, por su extensión mundial, de la historia de la humanidad: el comunismo. La II guerra mundial había terminado con el triunfo de los aliados y la Unión Soviética se alzaba con una victoria. Varios países de Europa central estaban siendo llevados por el camino soviético. Poco después, triunfaría la revolución en China y el Partido Comunista pasaría a gobernar al país más grande del mundo.
Arnoldo estuvo en la URSS, donde hizo estudios de la ideología dominante en ese país y en el movimiento comunista internacional. Cuando volvió de la Unión Soviética, Arnoldo intensificó su papel dentro del Partido Comunista Mexicano. Cuando se produjo en la URSS el cambio de línea política, tras la muerte de Stalin, el PCM se encontraba en la fase terminal de una prolongada crisis; era un partido débil, pequeño y sujeto a la represión contra sus militantes que actuaban en el seno de los movimientos emergentes de aquellos años.
El cambio de orientación política en la URSS y aquella crisis en el PCM hicieron inevitable en estallido de un movimiento interno en aquel partido que terminó en un cambio drástico de la dirección. En el XIII Congreso extraordinario del Partido Comunista Mexicano, en el año de 1960, se cambió a las dos terceras partes de la dirección y se inició la elaboración de una nueva política, acentuadamente oposicionista tras las represiones a varios movimientos sociales, especialmente a los maestros y a los ferrocarrileros. Las cárceles del país estaban llenas de presos políticos.
La política de Jrushov, la llamada desestalinización con la consiguiente crítica de la represión política en la URSS y otros países socialistas, el inicio de la política de coexistencia pacífica entre el socialismo y el capitalismo, la revolución colonial, el triunfo de la revolución cubana y otros acontecimientos trascendentales en la situación del mundo, abrieron la perspectiva, el análisis y la actuación del Partido dirigido por Arnoldo, el cual buscaba su reconocimiento como fuerza política nacional.
No era fácil entonces luchar contra el viejo dogmatismo estalinista, contra una fuerte ideología estatista y antidemocrática, contra un doctrinarismo que se basaba en los éxitos soviéticos y del movimiento comunista internacional. Arnoldo entendió que los cambios en el mundo eran señal de la necesidad de cambiar la ideología, de buscar nuevos horizontes teóricos, los cuales estaban ya presentes en Europa occidental, pero México estaba bastante lejos de Europa.
Acometer la crítica del socialismo de Estado no era una tarea fácil en un país son una tradición marxista poderosa, en el cual tenía fuerza el lombardismo, mucho más allá del débil partido de Lombardo, exacerbadamente pro soviético y estalinista, pronunciadamente oportunista y entreguista en la política interna, pero antiimperialista.
La crítica de la política de Lombardo no era suficiente para crear una base de crítica al socialismo de Estado, aunque era un punto de partida. Cuando, en 1964, Jrushov es destituido en la Unión Soviética, se empieza a producir un cambio en la política de ese país y un alejamiento de Arnoldo de las posiciones soviéticas. Ya antes, se había producido el llamado cisma en el movimiento comunista internacional con el rompimiento de China con la URSS, en el cual Arnoldo había asumido la crítica de la política china.
Como todos los partidos comunistas del continente, el PCM se encontraba entre tres polos de atracción: la Unión Soviética, China y Cuba. Quizá paulatinamente, Arnoldo y varios de sus compañeros de la dirección del Partido Comunista Mexicano comprendieron que el camino no estaba en el alineamiento con alguno sino en la elaboración de un camino de independencia política y de libertad en la elaboración política y programática.
Qué difícil debió ser para un pequeño grupo político, cuya raíz histórica provenía del estalinismo, del prosovietismo, del dogmatismo, emprender el camino de su independencia de pensamiento y acción. La reincorporación de Valentín Campa al PCM, quien había sido víctima de una purga estalinista, junto con Hernán Laborde, en 1940, fraguada sin duda desde el exterior, es decir, desde Moscú, ayudó a la dirección encabezada por Arnoldo a emprender ese nuevo camino.
En ocasión de la conferencia de partidos comunistas de América Latina, celebrada en La Habana, Arnoldo propuso que una comisión viajara a Moscú y a Pekín para proponer a los partidos comunistas de la URSS y China un acuerdo de acercamiento y suspensión de la polémica pública, que ya había promovido la división de varios partidos comunistas latinoamericanos. Arnoldo formó parte de esa comisión, la cual fue encabezada por Carlos Rafael Rodríguez, dirigente comunista histórico de Cuba. Sin embargo, como era de esperarse, Mao Tse Dong rechazó el ofrecimiento. Sin embargo, se había expresado una política de no alineamiento de parte de Arnoldo y del partido de éste que, más tarde seguiría desarrollándose.
No estamos hablando de un rompimiento brusco, sino de un proceso paulatino hacia el pensamiento crítico y la independencia.
Cuando en México se desarrollaba el gran movimiento de masas por la democracia de 1968, la Unión Soviética y casi todos los países del Pacto de Varsovia derrocaron por la fuerza al gobierno de Checoslovaquia, el cual intentaba una revisión crítica profunda del socialismo y había abierto un camino hacia la democracia política.
La misma noche en que se conoció en México la invasión de Checoslovaquia, el secretariado del Partido Comunista Mexicano envió a los partidos comunistas de los países del Pacto de Varsovia que habían tomado parte en la invasión un telegrama, en el cual se exigía la inmediata desocupación del territorio de ese país y el respeto a su gobierno. Casi ningún diario mexicano reportó la noticia del rechazo del PCM, aunque apareció en primera plana del diario El Día. Este fue un acto de independencia de aquel partido y un momento de definición, la cual se mantendría durante los años siguientes de la existencia del Partido Comunista Mexicano y del liderazgo que Arnoldo ejerció hasta la desaparición voluntaria de este partido y el inicio del largo proceso de unificación de la izquierda de nuestro país.
Los principios enarbolados por Arnoldo y sus compañeros fueron los de autodeterminación de los pueblos e independencia de los Estados. Eran estos principios por completo consistentes con una visión socialista y al mismo tiempo con una posición internacionalista. El sometimiento de pueblos y países no es un postulado del socialismo sino del estatismo, del hegemonismo. Este debate duró años en el movimiento comunista internacional, se reeditó con motivo de la invasión soviética en Afganistán, frente a la cual, la dirección del PCM asumió una posición de crítica profunda.
Mas no se trataba sólo del rechazo del intervencionismo soviético sino también de la crítica del socialismo de Estado, antidemocrático, donde se encontraba la base de la política soviética. El socialismo es un camino hacia la emancipación de la humanidad, en el que el Estado debe replegarse de manera sistemática para dejar el paso a la asociación libre de los productores y a la superación de todo aquello que significa opresión y ausencia de libertad. La conversión del Estado en el gran propietario y patrono no es una vía de emancipación humana, sino una forma de convertir el poder político revolucionario en un factor contrario a la revolución, en un instrumento de opresión en manos de una casta burocrática enteramente desprendida del resto de la sociedad, es decir, en una nueva clase dominante.
Hoy es fácil decir todo esto, desde una visión de izquierda, pues la realidad ha sido demasiado elocuente, pero Arnoldo se percató de ello, desde una posición de dirigente principal de un partido comunista y –lo más difícil—actuó en consecuencia.
Sin embargo, hoy tenemos una tarea aún más difícil que aquella que acometió Arnoldo junto a sus compañeros en el PCM y años posteriores. El programa socialista se ha vuelto algo así como frases sueltas. Partidos de izquierda completos se han vuelto francamente capitalistas y no surge un nuevo movimiento socialista en el mundo. El fracaso del socialismo ha sido demasiado grande y demasiado fuerte. Sin embargo, la mejor idea de la humanidad, la idea de que es posible la emancipación humana, la eliminación completa del estado de la opresión, la conquista de la libertad, sigue siendo, hoy, la mejor idea y no puede, por tanto, olvidarse como si hubiera sido una moda de un momento de la historia.
Arnoldo Martínez Verdugo nos enseñó el camino hacia el pensamiento crítico, es decir, no detenerse frente a ningún poder establecido ni ante prejuicio o dogma alguno. Seguir por ese camino es tarea actual y manera de hacer un homenaje a este hombre singular de la izquierda mexicana.