A lo que vino Aznar
José María Aznar vino a México a provocar. No es posible admitir que el ex presidente del gobierno español, presidente de honor de la Internacional Demócrata Cristina y parlamentario de su país, ignore las regulaciones mexicanas en materia de extranjeros. Que tales normas no sean del agrado de un europeo es cosa entendible pero la Constitución de México está vigente.
Además, quienes le trajeron conocen muy bien lo que dice el artículo 9 de la Carta Magna y, también, el artículo 33. Así que no pueden decir que se trata de un rechazo a la persona de Aznar sino a que éste haya participado en una reunión para tratar el tema de la disputa por la presidencia de la República y el Congreso. Se sabe de sobra que el político español simpatiza con Calderón y con el PAN, pero es otra cosa que él concurra a una reunión con el exacto propósito de hacer propaganda.
Aznar es un político provocador. Durante un tiempo –“váyase señor González”, decía todos los días en el Congreso de los Diputados—le dio resultados ser así. Después, siguió polemizando fuerte con las oposiciones y se defendía –a veces con provocación—en el parlamento. Al final, Aznar quedó como quien había convertido a España en potencia de ocupación en Irak sin el suficiente respaldo interno. Al final, también, quedó como un mentiroso al afirmar que los atentados de la estación de Atocha, en Madrid, habían sido realizados por ETA, en la víspera de las elecciones españolas, lo cual le ayudó a la oposición socialista en una competencia que se veía muy difícil.
Aznar odia a las izquierdas donde quiera que éstas se encuentren. Tiene el síndrome del franquismo de la época actual, es decir, el que admite sin remedio la concurrencia democrática, pero es un nacionalista de la gran España. Por esto le ha traído a México el Partido Acción Nacional. Pero, al hacerlo, el PAN muestra desesperación y no ha pensado en la posibilidad de que la injerencia de Aznar termine por perjudicarle.
Por lo pronto, el político español ha logrado provocar y el PAN sólo puede defenderle acusando a los líderes de las oposiciones de ser xenófobos y atentar contra la libertad de expresión.
Sí, la norma que autoriza al gobierno a expulsar a cualquier extranjero, sin juicio previo, es francamente violatoria de los derechos humanos de quienes no son mexicanos y, por tanto, exhibe xenofobia, al menos a la luz de los tiempos que corren. Pero no se trata de eso, sino de la decisión del PAN de traer a Aznar a reforzarle en la campaña electoral.
Por el otro lado, el artículo 6 de la Constitución no limita a un extranjero en la manifestación de sus ideas. Es el artículo 9 quien impide a quienes no son mexicanos tomar parte en reuniones con propósitos políticos internos, mientras que el tan criticado artículo 33 dice que los extranjeros no podrán inmiscuirse en los asuntos políticos del país. En los hechos, no es lo mismo que un académico u otro cualquiera venga a México y critique todo lo quiera a que un político extranjero forme parte de una campaña electoral. Por más que se tenga que ver la Constitución con una actitud de tolerancia y, más aún, a la luz del mundo en el que vivimos, no hay derecho a que un partido traiga a un provocador y lo meta de propagandista de Felipe Calderón.
Aznar se fue antes de lo previsto por él mismo. Vino a provocar: lo logró, pero el PAN no quedó bien con la provocación.
Además, quienes le trajeron conocen muy bien lo que dice el artículo 9 de la Carta Magna y, también, el artículo 33. Así que no pueden decir que se trata de un rechazo a la persona de Aznar sino a que éste haya participado en una reunión para tratar el tema de la disputa por la presidencia de la República y el Congreso. Se sabe de sobra que el político español simpatiza con Calderón y con el PAN, pero es otra cosa que él concurra a una reunión con el exacto propósito de hacer propaganda.
Aznar es un político provocador. Durante un tiempo –“váyase señor González”, decía todos los días en el Congreso de los Diputados—le dio resultados ser así. Después, siguió polemizando fuerte con las oposiciones y se defendía –a veces con provocación—en el parlamento. Al final, Aznar quedó como quien había convertido a España en potencia de ocupación en Irak sin el suficiente respaldo interno. Al final, también, quedó como un mentiroso al afirmar que los atentados de la estación de Atocha, en Madrid, habían sido realizados por ETA, en la víspera de las elecciones españolas, lo cual le ayudó a la oposición socialista en una competencia que se veía muy difícil.
Aznar odia a las izquierdas donde quiera que éstas se encuentren. Tiene el síndrome del franquismo de la época actual, es decir, el que admite sin remedio la concurrencia democrática, pero es un nacionalista de la gran España. Por esto le ha traído a México el Partido Acción Nacional. Pero, al hacerlo, el PAN muestra desesperación y no ha pensado en la posibilidad de que la injerencia de Aznar termine por perjudicarle.
Por lo pronto, el político español ha logrado provocar y el PAN sólo puede defenderle acusando a los líderes de las oposiciones de ser xenófobos y atentar contra la libertad de expresión.
Sí, la norma que autoriza al gobierno a expulsar a cualquier extranjero, sin juicio previo, es francamente violatoria de los derechos humanos de quienes no son mexicanos y, por tanto, exhibe xenofobia, al menos a la luz de los tiempos que corren. Pero no se trata de eso, sino de la decisión del PAN de traer a Aznar a reforzarle en la campaña electoral.
Por el otro lado, el artículo 6 de la Constitución no limita a un extranjero en la manifestación de sus ideas. Es el artículo 9 quien impide a quienes no son mexicanos tomar parte en reuniones con propósitos políticos internos, mientras que el tan criticado artículo 33 dice que los extranjeros no podrán inmiscuirse en los asuntos políticos del país. En los hechos, no es lo mismo que un académico u otro cualquiera venga a México y critique todo lo quiera a que un político extranjero forme parte de una campaña electoral. Por más que se tenga que ver la Constitución con una actitud de tolerancia y, más aún, a la luz del mundo en el que vivimos, no hay derecho a que un partido traiga a un provocador y lo meta de propagandista de Felipe Calderón.
Aznar se fue antes de lo previsto por él mismo. Vino a provocar: lo logró, pero el PAN no quedó bien con la provocación.