Cuando el poder se disputa
En México, no siempre ha estado el poder en disputa. Durante los años de la dictadura liberal del siglo XIX, el poder estaba definido y las luchas internas en el Estado eran para lograr ciertas posiciones, pero nada más. Durante los años de la “dictadura perfecta” del Partido Revolucionario Institucional las cosas eran aproximadamente iguales que durante el siglo anterior. Por fortuna, la caída del poder priista no se produjo mediante una guerra civil sino a través de un proceso de transición, aunque tan lento como inseguro.
Se puede decir que el poder esta en disputa. Los principales partidos políticos de México han resuelto más o menos bien sus problemas internos y ya tienen candidatos debidamente investidos como tales. Mas otros factores de la disputa no están todavía del todo definidos. No se sabe, por ejemplo, si los mayores empresarios del país harán un pacto para presentarse unidos en favor de uno de los tres candidatos, o mejor dicho uno de dos (PAN o PRI). No se conoce tampoco con completa claridad la actitud que asumirá la iglesia católica, siempre tentada a buscar algún grado de militancia política. Tampoco se sabe si los grandes medios de comunicación –tan sólo dos cadenas de televisión—van a presentarse como imparciales o pondrán su enorme fuerza en favor de algún candidato. Finalmente, aunque las promesas de la Casa Blanca han sido en el sentido de que la democracia debe ser respetada, no existe aún evidencia de que el gobierno estadunidense actuará de manera efectivamente respetuosa.
La lucha por el poder mueve en verdad los intereses siempre en pugna en la sociedad. Por esto, es de esperarse que, de una u otra manera, los poderes fácticos de México operen a favor de uno o en contra de otro candidato. Claro está que para tomar tales decisiones se requieren varios factores, tales como la unidad interna de la corporación, la convicción de que el apoyo hacia uno de los contendientes puede ayudar efectivamente, el grado de desesperación para cerrar el camino a algún candidato a costa de que triunfe cualquier otro. Pero en alguna medida las definiciones políticas se van a ir presentando.
La convocatoria de Carlos Slim a diferentes líderes sociales para definir el programa de todos los mexicanos y, bajo este paradigma, llevar a los candidatos a firmar el documento llamado de Chapultepec, no es más que una forma de tratar de alcanzar un compromiso para que nada cambie verdaderamente en el país con el triunfo de uno y otro aspirante. El bando más conservador es siempre aquel que tiene más intereses ya realizados que defender.
El mayor problema, sin embargo, se encuentra en la percepción del electorado. La fuerza propia y dura del Partido Revolucionario Institucional no es suficiente para dar el triunfo a su candidato. Esto podría decirse sin duda de los otros tres partidos importantes del país, pero lo que se aplica para el PRI no funciona igual para el PAN y el PRD. Mientras el viejo partido carece de capacidad para convocar a sectores amplios de electores desorganizados, los candidatos panista y perredista son quienes verdaderamente se disputan a los electores que lo mismo pueden moverse hacia la derecha que hacia la izquierda. Si el PRI carece de un líder capaz de ir más allá de las filas priistas, entonces es imposible que obtenga la presidencia de la República.
Podría estar creándose en México un escenario en el que la disputa por el poder sea entre la derecha y la izquierda, con la ventaja para esta última en tanto que el gobierno de Vicente Fox ha fracasado en la mayoría de los temas. Si izquierda y derecha en sus expresiones PRD y PAN se van a disputar el poder, una parte de los grupos priistas pueden hacer la diferencia a la hora de ir a las urnas. Dentro del PRI existen muchos que antes que llegue el PRD prefieren apoyar a cualquier panista, aunque también es cierto que en el PRI sigue habiendo una izquierda. No sabemos aún que parte de la sociedad podrá imponerse en la disputa por el poder, por lo que la decisión de los titubeantes puede llegar a ser decisoria. Esto es justamente lo más preocupante, pues Calderón y Andrés Manuel están siendo cortejados por la musa de las indefiniciones y las concesiones anticipadas: eso no es bueno para una democracia.
Se puede decir que el poder esta en disputa. Los principales partidos políticos de México han resuelto más o menos bien sus problemas internos y ya tienen candidatos debidamente investidos como tales. Mas otros factores de la disputa no están todavía del todo definidos. No se sabe, por ejemplo, si los mayores empresarios del país harán un pacto para presentarse unidos en favor de uno de los tres candidatos, o mejor dicho uno de dos (PAN o PRI). No se conoce tampoco con completa claridad la actitud que asumirá la iglesia católica, siempre tentada a buscar algún grado de militancia política. Tampoco se sabe si los grandes medios de comunicación –tan sólo dos cadenas de televisión—van a presentarse como imparciales o pondrán su enorme fuerza en favor de algún candidato. Finalmente, aunque las promesas de la Casa Blanca han sido en el sentido de que la democracia debe ser respetada, no existe aún evidencia de que el gobierno estadunidense actuará de manera efectivamente respetuosa.
La lucha por el poder mueve en verdad los intereses siempre en pugna en la sociedad. Por esto, es de esperarse que, de una u otra manera, los poderes fácticos de México operen a favor de uno o en contra de otro candidato. Claro está que para tomar tales decisiones se requieren varios factores, tales como la unidad interna de la corporación, la convicción de que el apoyo hacia uno de los contendientes puede ayudar efectivamente, el grado de desesperación para cerrar el camino a algún candidato a costa de que triunfe cualquier otro. Pero en alguna medida las definiciones políticas se van a ir presentando.
La convocatoria de Carlos Slim a diferentes líderes sociales para definir el programa de todos los mexicanos y, bajo este paradigma, llevar a los candidatos a firmar el documento llamado de Chapultepec, no es más que una forma de tratar de alcanzar un compromiso para que nada cambie verdaderamente en el país con el triunfo de uno y otro aspirante. El bando más conservador es siempre aquel que tiene más intereses ya realizados que defender.
El mayor problema, sin embargo, se encuentra en la percepción del electorado. La fuerza propia y dura del Partido Revolucionario Institucional no es suficiente para dar el triunfo a su candidato. Esto podría decirse sin duda de los otros tres partidos importantes del país, pero lo que se aplica para el PRI no funciona igual para el PAN y el PRD. Mientras el viejo partido carece de capacidad para convocar a sectores amplios de electores desorganizados, los candidatos panista y perredista son quienes verdaderamente se disputan a los electores que lo mismo pueden moverse hacia la derecha que hacia la izquierda. Si el PRI carece de un líder capaz de ir más allá de las filas priistas, entonces es imposible que obtenga la presidencia de la República.
Podría estar creándose en México un escenario en el que la disputa por el poder sea entre la derecha y la izquierda, con la ventaja para esta última en tanto que el gobierno de Vicente Fox ha fracasado en la mayoría de los temas. Si izquierda y derecha en sus expresiones PRD y PAN se van a disputar el poder, una parte de los grupos priistas pueden hacer la diferencia a la hora de ir a las urnas. Dentro del PRI existen muchos que antes que llegue el PRD prefieren apoyar a cualquier panista, aunque también es cierto que en el PRI sigue habiendo una izquierda. No sabemos aún que parte de la sociedad podrá imponerse en la disputa por el poder, por lo que la decisión de los titubeantes puede llegar a ser decisoria. Esto es justamente lo más preocupante, pues Calderón y Andrés Manuel están siendo cortejados por la musa de las indefiniciones y las concesiones anticipadas: eso no es bueno para una democracia.