¿Y la juventud, por ejemplo?
Es cierto que en la temporada preelectoral del país se están omitiendo, en gran medida, los temas de fondo del país. El Presidente de la República anda de espotero, al igual que los precandidatos del PAN y del PRI. Nos dan una “democracia” de spots en lugar de un debate de los grandes problemas nacionales.
Los jóvenes, por ejemplo, carecen de derechos. Cuando una persona llega a los 18 años, deja de tener seguridad social si acaso sus padres son derechohabientes de alguna institución. Carece la juventud de derecho a la educación, a la cultura, al deporte, a la recreación, a la salud. Son personas que, al convertirse en ciudadanos, son despojadas de lo que tenían, si acaso tenían algo, pues la mitad de los jóvenes carecen de seguridad social siempre y sólo pueden recurrir a los centros públicos de salud mediante pago, con excepción del Distrito Federal donde los pobres tienen otro trato, es decir, reciben atención gratuita.
Hace 40 años, el movimiento estudiantil levantó una plataforma de reformas a la educación. Bajo el lema de una educación popular y científica, los jóvenes activos de entonces plantearon el salario para los estudiantes de escasos recursos, ante el desmantelamiento del asistencialismo educativo de antes. Las respuestas fueron garrotazos, balas, cárceles. Si México hubiera emprendido el camino de las becas a los estudiantes pobres, el país sería diferente ahora en muchos aspectos.
Más del 70 por ciento de los jóvenes en edad de recibir educación superior está fuera de las aulas. Del restante 30 por ciento, más de una tercera parte no terminará sus estudios. Ante este panorama, no hay defensa. El país seguirá reproduciendo el mismo esquema de desigualdades que existe ahora. Pero, además, se seguirá alimentando ese caldo de cultivo donde se genera la delincuencia dejando todo sólo a la acción policíaca.
En la ciudad de México es posible establecer el salario estudiantil y convertir la nueva Universidad de la ciudad de México en una institución muy grande como lo exige la urbe y su juventud, mediante una ley que establezca el salario estudiantil y, junto a éste, derechos de la juventud.
Si nuestra capital espera más o decide aguardar algún cambio en el país para acercarse a este objetivo estará perdiendo más tiempo.
Es verdad que se requieren cuantiosos recursos, pero no tan grandes como para no conseguirlos con una reforma financiera que estaría plenamente justificada si lo que se intenta es cambiar la realidad social pensando en el futuro de corto y mediano plazo.
Las luchas estudiantiles, a partir de 1986-87, tendientes a defender la gratuidad de la Universidad Nacional no plantearon el salario como reivindicación central, pero estaba implícito. Hoy, es más necesario que antes.Ningún país progresa si su juventud no es capacitada y, en tal virtud, no se eleva la capacidad productiva del trabajo social. Pero este asunto no se debate hoy en el país y se encuentra al margen de los programas de no pocos aspirantes a presidentes y gobernadores, quienes, al parecer, siguen pensando, como Fox, en el changarro y en el vocho, es decir, en puros disparates sociales y económicos.
Los jóvenes, por ejemplo, carecen de derechos. Cuando una persona llega a los 18 años, deja de tener seguridad social si acaso sus padres son derechohabientes de alguna institución. Carece la juventud de derecho a la educación, a la cultura, al deporte, a la recreación, a la salud. Son personas que, al convertirse en ciudadanos, son despojadas de lo que tenían, si acaso tenían algo, pues la mitad de los jóvenes carecen de seguridad social siempre y sólo pueden recurrir a los centros públicos de salud mediante pago, con excepción del Distrito Federal donde los pobres tienen otro trato, es decir, reciben atención gratuita.
Hace 40 años, el movimiento estudiantil levantó una plataforma de reformas a la educación. Bajo el lema de una educación popular y científica, los jóvenes activos de entonces plantearon el salario para los estudiantes de escasos recursos, ante el desmantelamiento del asistencialismo educativo de antes. Las respuestas fueron garrotazos, balas, cárceles. Si México hubiera emprendido el camino de las becas a los estudiantes pobres, el país sería diferente ahora en muchos aspectos.
Más del 70 por ciento de los jóvenes en edad de recibir educación superior está fuera de las aulas. Del restante 30 por ciento, más de una tercera parte no terminará sus estudios. Ante este panorama, no hay defensa. El país seguirá reproduciendo el mismo esquema de desigualdades que existe ahora. Pero, además, se seguirá alimentando ese caldo de cultivo donde se genera la delincuencia dejando todo sólo a la acción policíaca.
En la ciudad de México es posible establecer el salario estudiantil y convertir la nueva Universidad de la ciudad de México en una institución muy grande como lo exige la urbe y su juventud, mediante una ley que establezca el salario estudiantil y, junto a éste, derechos de la juventud.
Si nuestra capital espera más o decide aguardar algún cambio en el país para acercarse a este objetivo estará perdiendo más tiempo.
Es verdad que se requieren cuantiosos recursos, pero no tan grandes como para no conseguirlos con una reforma financiera que estaría plenamente justificada si lo que se intenta es cambiar la realidad social pensando en el futuro de corto y mediano plazo.
Las luchas estudiantiles, a partir de 1986-87, tendientes a defender la gratuidad de la Universidad Nacional no plantearon el salario como reivindicación central, pero estaba implícito. Hoy, es más necesario que antes.Ningún país progresa si su juventud no es capacitada y, en tal virtud, no se eleva la capacidad productiva del trabajo social. Pero este asunto no se debate hoy en el país y se encuentra al margen de los programas de no pocos aspirantes a presidentes y gobernadores, quienes, al parecer, siguen pensando, como Fox, en el changarro y en el vocho, es decir, en puros disparates sociales y económicos.