¿Qué pasó con el narco?
El Presidente de la República se lanza contra las oposiciones; las acusa del incremento de la violencia criminal. Como es natural, las oposiciones se burlan del jefe del Estado y rechazan las afirmaciones de éste. Se trata de un debate sin consecuencias: fuegos pirotécnicos.
Es evidente que Vicente Fox miente cuando pasa la responsabilidad a otros, pero también es cierto que no se intenta un análisis del fenómeno de aumento de la delincuencia organizada y de violencia criminal.
El Estado mexicano creó un sistema de administración de la delincuencia organizada, el cual consistía en que altos, medios y bajos funcionarios públicos recibían parte de las ganancias del narcotráfico a cambio de otorgar permisos de operación, mientras que combatían a otros grupos para dejarlos fuera del negocio. De esta manera, existían en el país sólo algunos cárteles bien identificados, con sus jefes, negociadores, tesoreros, lavadores, operadores, sicarios, etcétera. Casi todo estaba regulado, aunque de repente el gobierno se lanzara contra algunos con lo cual se rompía el contrato para apaciguar a la opinión pública y a Estados Unidos. Decía Carlos Salinas de Gortari que mientras se capturaban a unos capos surgían otros que los sustituían, con lo cual confirmaba que el sistema seguía funcionando como algo regulado desde el poder.
Las cosas empezaron a cambiar paulatinamente en la medida en que los más altos funcionarios del gobierno federal ya no realizaban funciones reguladoras y éstas casi sólo se podían llevar a cabo en los niveles locales, mientras que las fuerzas policiales y militares encargadas de perseguir directamente el narcotráfico iban disminuyendo también su papel en la regulación y ordenación de tan lucrativa actividad.
La corrupción sigue, no hay duda, pero no tiene el mismo nivel que antes y la capacidad del poder de regular el narco se ha venido diluyendo. Este es uno de los factores del fenómeno de atomización de las bandas de narcotraficantes, lo que ha generado una intensa competencia entre los diferentes grupos. Para decirlo de otra manera, ahora casi cualquier banda de delincuentes puede dedicarse a este negocio ilícito como mayorista o minorista. Otro factor es el aumento del consumo interno de diversas drogas, lo cual contiene fenómenos sociales y culturales que tendrían que analizarse, pero que el gobierno prefiere soslayar mientras propone que el narcomenudeo sea perseguido por los procuradores de los estados quienes declaran de antemano su incapacidad técnica y presupuestal.
La guerra entre bandas o cárteles tiene ya algún tiempo y las autoridades no podrán hacer mucho mientras sigan fracasando en la persecución de las actividades principales de esos delincuentes. Ocurre con el narcotráfico lo que con otros delitos graves: la policía, antes, torturaba como método de investigación, pero cuando la tortura se hizo más difícil porque empezó a ser denunciada con gran fuerza, no existían los investigadores que suplieran a los torturadores.
El Estado mexicano contemporáneo no fue diseñado para combatir la delincuencia sino para regularla a través de la corrupción. El nuevo gobierno se dio cuenta quizá de la existencia de este sistema pero no logró diseñar uno nuevo capaz de dar respuestas rápidas. La creación de la Agencia Federal de Investigaciones fue un intento pero insuficiente. En esta reforma, el Congreso apoyó al Ejecutivo, por lo que Vicente Fox no puede reprochar nada a las oposiciones. Sin embargo, la atomización de las bandas y la guerra entre ellas ha seguido un curso ascendente, lo que habla de un fracaso que no debería el Presidente de la República reducir a una polémica falsa con el Congreso.
Es evidente que Vicente Fox miente cuando pasa la responsabilidad a otros, pero también es cierto que no se intenta un análisis del fenómeno de aumento de la delincuencia organizada y de violencia criminal.
El Estado mexicano creó un sistema de administración de la delincuencia organizada, el cual consistía en que altos, medios y bajos funcionarios públicos recibían parte de las ganancias del narcotráfico a cambio de otorgar permisos de operación, mientras que combatían a otros grupos para dejarlos fuera del negocio. De esta manera, existían en el país sólo algunos cárteles bien identificados, con sus jefes, negociadores, tesoreros, lavadores, operadores, sicarios, etcétera. Casi todo estaba regulado, aunque de repente el gobierno se lanzara contra algunos con lo cual se rompía el contrato para apaciguar a la opinión pública y a Estados Unidos. Decía Carlos Salinas de Gortari que mientras se capturaban a unos capos surgían otros que los sustituían, con lo cual confirmaba que el sistema seguía funcionando como algo regulado desde el poder.
Las cosas empezaron a cambiar paulatinamente en la medida en que los más altos funcionarios del gobierno federal ya no realizaban funciones reguladoras y éstas casi sólo se podían llevar a cabo en los niveles locales, mientras que las fuerzas policiales y militares encargadas de perseguir directamente el narcotráfico iban disminuyendo también su papel en la regulación y ordenación de tan lucrativa actividad.
La corrupción sigue, no hay duda, pero no tiene el mismo nivel que antes y la capacidad del poder de regular el narco se ha venido diluyendo. Este es uno de los factores del fenómeno de atomización de las bandas de narcotraficantes, lo que ha generado una intensa competencia entre los diferentes grupos. Para decirlo de otra manera, ahora casi cualquier banda de delincuentes puede dedicarse a este negocio ilícito como mayorista o minorista. Otro factor es el aumento del consumo interno de diversas drogas, lo cual contiene fenómenos sociales y culturales que tendrían que analizarse, pero que el gobierno prefiere soslayar mientras propone que el narcomenudeo sea perseguido por los procuradores de los estados quienes declaran de antemano su incapacidad técnica y presupuestal.
La guerra entre bandas o cárteles tiene ya algún tiempo y las autoridades no podrán hacer mucho mientras sigan fracasando en la persecución de las actividades principales de esos delincuentes. Ocurre con el narcotráfico lo que con otros delitos graves: la policía, antes, torturaba como método de investigación, pero cuando la tortura se hizo más difícil porque empezó a ser denunciada con gran fuerza, no existían los investigadores que suplieran a los torturadores.
El Estado mexicano contemporáneo no fue diseñado para combatir la delincuencia sino para regularla a través de la corrupción. El nuevo gobierno se dio cuenta quizá de la existencia de este sistema pero no logró diseñar uno nuevo capaz de dar respuestas rápidas. La creación de la Agencia Federal de Investigaciones fue un intento pero insuficiente. En esta reforma, el Congreso apoyó al Ejecutivo, por lo que Vicente Fox no puede reprochar nada a las oposiciones. Sin embargo, la atomización de las bandas y la guerra entre ellas ha seguido un curso ascendente, lo que habla de un fracaso que no debería el Presidente de la República reducir a una polémica falsa con el Congreso.