"Decisión de Estado"
El presidente dijo ayer que su nueva posición sobre el caso de Andrés Manuel López Obrador había sido una decisión de Estado. Sin duda lo fue, pero pudo haberse tomado antes. No es tarde ahora, pero la crisis política abierta en el país pudo haberse evitado: esta es una primera lección.
Mas la enseñanza principal de todo este desaguisado es que la sociedad dijo no al intento de desandar la vereda abierta hacia la democracia política en el país. Ciudadanía, medios de comunicación, organizaciones no gubernamentales, artistas e intelectuales, sindicatos y otros muchos pidieron que se respetara la cláusula primera de todo proceso elementalmente democrático: el derecho al voto libre.
Durante meses, el país vivió una situación de gran tensión política y, poco a poco, se fue creando una verdadera crisis, la cual finalmente estalló en el momento en que el Partido Revolucionario Institucional decidió apoyar la aventura del desafuero del jefe de gobierno de la ciudad de México. El problema se hizo, así, mayúsculo, pues el PRI se fue de cabuz del presidente de la República y del PAN y, en su seno, se creó una inmensa corriente de opinión favorable al desafuero y a la inhabilitación posterior de López Obrador.
Un asunto nimio, un problema que pudo haberse resuelto en la mesa del Ministerio Público de la Federación, se convirtió en el mayor de cuantos hemos tenido desde que se produjo el cambio de partido en la Presidencia de la República. Los cálculos de los promotores del desafuero eran incorrectos. En la sociedad se creó la corriente de opinión más grande y fuerte en muchos años. Una mayoría de ciudadanos consideró que el desafuero e intento de inhabilitación era una afrenta y una locura, digna de ser rechazada, con independencia de la orientación partidista de cada quien. Los menos, que apoyaban la maniobra orquestada desde la PGR y, después, en la Cámara de Diputados, tuvieron siempre serios problemas para explicar su actitud. Los mismos diputados que votaron el desafuero tenían tantas dificultades para justificarse como el vocero de la Procuraduría, el señor Vega Memije, que asumió la actitud de un militante político pero nunca la de un fiscal.
El Procurador General de la República ha perdido el puesto y López Obrador sigue en el suyo. Este hecho es relevante y punto central de la nueva situación creada para desmontar la crisis política nacional. Reabrir el expediente ministerial implicaba, sin duda, la separación del procurador y de sus allegados en el montaje creado.
Pero también la Cámara de Diputados ha caído en una situación de descrédito al sumarse a una intentona que finalmente no pudo seguir adelante. El presidente de la República logró involucrar a una mayoría de diputados que, ahora, se preguntan si todo lo que hicieron –votar a favor del desafuero con la mayor frialdad—valió la pena para que unos días después su voto se esfumara en los hechos.
La decisión de Estado tenía que darse frente a un fenómeno político nunca antes visto y fue una salida a la falta de sensibilidad del poder que contrasta con la mucha sensibilidad de la ciudadanía. Cuando los ciudadanos reaccionan más rápido y mejor que el poder, cuando se crea un abismo entre una clase política torpe y un pueblo cada vez más activo y vigilante, ha llegado el momento de cambiar la política; toda ella. He aquí una invitación dictada desde el seno de la sociedad.
Mas la enseñanza principal de todo este desaguisado es que la sociedad dijo no al intento de desandar la vereda abierta hacia la democracia política en el país. Ciudadanía, medios de comunicación, organizaciones no gubernamentales, artistas e intelectuales, sindicatos y otros muchos pidieron que se respetara la cláusula primera de todo proceso elementalmente democrático: el derecho al voto libre.
Durante meses, el país vivió una situación de gran tensión política y, poco a poco, se fue creando una verdadera crisis, la cual finalmente estalló en el momento en que el Partido Revolucionario Institucional decidió apoyar la aventura del desafuero del jefe de gobierno de la ciudad de México. El problema se hizo, así, mayúsculo, pues el PRI se fue de cabuz del presidente de la República y del PAN y, en su seno, se creó una inmensa corriente de opinión favorable al desafuero y a la inhabilitación posterior de López Obrador.
Un asunto nimio, un problema que pudo haberse resuelto en la mesa del Ministerio Público de la Federación, se convirtió en el mayor de cuantos hemos tenido desde que se produjo el cambio de partido en la Presidencia de la República. Los cálculos de los promotores del desafuero eran incorrectos. En la sociedad se creó la corriente de opinión más grande y fuerte en muchos años. Una mayoría de ciudadanos consideró que el desafuero e intento de inhabilitación era una afrenta y una locura, digna de ser rechazada, con independencia de la orientación partidista de cada quien. Los menos, que apoyaban la maniobra orquestada desde la PGR y, después, en la Cámara de Diputados, tuvieron siempre serios problemas para explicar su actitud. Los mismos diputados que votaron el desafuero tenían tantas dificultades para justificarse como el vocero de la Procuraduría, el señor Vega Memije, que asumió la actitud de un militante político pero nunca la de un fiscal.
El Procurador General de la República ha perdido el puesto y López Obrador sigue en el suyo. Este hecho es relevante y punto central de la nueva situación creada para desmontar la crisis política nacional. Reabrir el expediente ministerial implicaba, sin duda, la separación del procurador y de sus allegados en el montaje creado.
Pero también la Cámara de Diputados ha caído en una situación de descrédito al sumarse a una intentona que finalmente no pudo seguir adelante. El presidente de la República logró involucrar a una mayoría de diputados que, ahora, se preguntan si todo lo que hicieron –votar a favor del desafuero con la mayor frialdad—valió la pena para que unos días después su voto se esfumara en los hechos.
La decisión de Estado tenía que darse frente a un fenómeno político nunca antes visto y fue una salida a la falta de sensibilidad del poder que contrasta con la mucha sensibilidad de la ciudadanía. Cuando los ciudadanos reaccionan más rápido y mejor que el poder, cuando se crea un abismo entre una clase política torpe y un pueblo cada vez más activo y vigilante, ha llegado el momento de cambiar la política; toda ella. He aquí una invitación dictada desde el seno de la sociedad.