Detalles controvertibles
El presidente de la República supone que puede persuadir a la Suprema Corte de Justicia de la Nación para que ésta le conceda a él la capacidad de decidir cada año cuáles autorizaciones de gasto puede añadir la Cámara de Diputados y, naturalmente, cuáles no puede.
Ningún jefe de gobierno, en México, había tenido tal pretensión. Era natural que, cuando los presidentes tenían la mayoría parlamentaria, no se requería nunca crear un conflicto de competencias con los diputados, pero Ernesto Zedillo, primer presidente sin mayoría en la Cámara, se aguantó y obedeció varios mandatos parlamentarios que modificaron el presupuesto de egresos.
Vicente Fox, primer presidente del Partido Acción Nacional y primero no priista, se lanza contra la Cámara de Diputados para limitar la capacidad de ésta de modificar el proyecto presidencial de presupuesto. Pero, al hacerlo, reclama la facultad del Ejecutivo de decidir los temas de gasto. Habría que entender por este concepto aquello que implica prioridad presupuestal programable y ejecutable a través de partidas específicas. Es decir, que el objeto del gasto no puede ser decidido –según Fox—por la Cámara sino solamente por el presidente de la República.
Aunque no se note demasiado, este es un tema de la democracia política más que de cualquier otra naturaleza. Fox y su partido carecen de mayoría parlamentaria por decisión de los electores en los comicios más recientes. Tenemos un Ejecutivo de minoría y, frente a éste, tenemos a unas oposiciones que constituyen, juntas, una mayoría absoluta e, incluso, de más de dos tercios en la Cámara de Diputados. Pero este hecho de la democracia política formal, bajo la doctrina liberal más vieja, no conmueve a nadie en la casa presidencial ni en el partido del presidente. Pareciera que el Ejecutivo reclama el reconocimiento de una mayoría inexistente o de unas facultades extraordinarias que nadie le ha conferido.
El asunto es grave para la precaria transición mexicana a la democracia. Si a las primeras, el presidente de la alternancia desconoce todo aquello que significó la base de la crítica de su propio partido al viejo sistema que estamos afanosamente remontando, ¿qué perspectivas tiene el intento de continuar con la reforma del Estado y la democratización del país?
Se formó en San Lázaro una mayoría parlamentaria para modificar el proyecto de egresos presentado por el presidente de la República. Este hecho es de carácter democrático y no es ajeno a una república que se proclama representativa. El Ejecutivo, sin embargo, cuestiona este hecho de la esfera de la política y lo convierte en un detalle controvertible por la vía judicial.
Lo mismo hace Fox respecto de la decisión de la Cámara de rechazar la pretensión de que el Ejecutivo tiene facultad de vetar el presupuesto de egresos, a pesar de que tal rechazo se produjo con el voto de más de las dos terceras partes de los diputados presentes, proporción necesaria para vencer el veto presidencial cuando se trata de las leyes del Congreso.
No obstante la carencia de mayoría presidencial y a pesar de la carencia de un tercio panista para condicionar o impedir las decisiones parlamentarias que se toman con mayoría calificada, el presidente de la República acude a la Suprema Corte, sin argumentos válidos, sólo para no tener que hacer lo que hizo en su momento Ernesto Zedillo cuando fue vencido por un acuerdo entre el PAN y el PRD en 1999: obedecer aunque con amargo discurso de por medio.
Casi no se puede creer que el último presidente priista haya podido ser capaz de admitir la realidad política y que el primer presidente surgido de la oposición sea incapaz de hacer eso mismo, tan sencillo y natural.
Se podría decir que se trata de detalles controvertibles y no más. Pero si hacemos un somero análisis de las pretensiones del señor Vicente Fox nos daremos cuenta que éste busca, ante todo, desconocer un mandato popular expresado en las urnas y esto sí que es grave tratándose de un intento del jefe del Estado y del gobierno bajo la transición, aunque tan precaria ésta como se quiera definir.
Ningún jefe de gobierno, en México, había tenido tal pretensión. Era natural que, cuando los presidentes tenían la mayoría parlamentaria, no se requería nunca crear un conflicto de competencias con los diputados, pero Ernesto Zedillo, primer presidente sin mayoría en la Cámara, se aguantó y obedeció varios mandatos parlamentarios que modificaron el presupuesto de egresos.
Vicente Fox, primer presidente del Partido Acción Nacional y primero no priista, se lanza contra la Cámara de Diputados para limitar la capacidad de ésta de modificar el proyecto presidencial de presupuesto. Pero, al hacerlo, reclama la facultad del Ejecutivo de decidir los temas de gasto. Habría que entender por este concepto aquello que implica prioridad presupuestal programable y ejecutable a través de partidas específicas. Es decir, que el objeto del gasto no puede ser decidido –según Fox—por la Cámara sino solamente por el presidente de la República.
Aunque no se note demasiado, este es un tema de la democracia política más que de cualquier otra naturaleza. Fox y su partido carecen de mayoría parlamentaria por decisión de los electores en los comicios más recientes. Tenemos un Ejecutivo de minoría y, frente a éste, tenemos a unas oposiciones que constituyen, juntas, una mayoría absoluta e, incluso, de más de dos tercios en la Cámara de Diputados. Pero este hecho de la democracia política formal, bajo la doctrina liberal más vieja, no conmueve a nadie en la casa presidencial ni en el partido del presidente. Pareciera que el Ejecutivo reclama el reconocimiento de una mayoría inexistente o de unas facultades extraordinarias que nadie le ha conferido.
El asunto es grave para la precaria transición mexicana a la democracia. Si a las primeras, el presidente de la alternancia desconoce todo aquello que significó la base de la crítica de su propio partido al viejo sistema que estamos afanosamente remontando, ¿qué perspectivas tiene el intento de continuar con la reforma del Estado y la democratización del país?
Se formó en San Lázaro una mayoría parlamentaria para modificar el proyecto de egresos presentado por el presidente de la República. Este hecho es de carácter democrático y no es ajeno a una república que se proclama representativa. El Ejecutivo, sin embargo, cuestiona este hecho de la esfera de la política y lo convierte en un detalle controvertible por la vía judicial.
Lo mismo hace Fox respecto de la decisión de la Cámara de rechazar la pretensión de que el Ejecutivo tiene facultad de vetar el presupuesto de egresos, a pesar de que tal rechazo se produjo con el voto de más de las dos terceras partes de los diputados presentes, proporción necesaria para vencer el veto presidencial cuando se trata de las leyes del Congreso.
No obstante la carencia de mayoría presidencial y a pesar de la carencia de un tercio panista para condicionar o impedir las decisiones parlamentarias que se toman con mayoría calificada, el presidente de la República acude a la Suprema Corte, sin argumentos válidos, sólo para no tener que hacer lo que hizo en su momento Ernesto Zedillo cuando fue vencido por un acuerdo entre el PAN y el PRD en 1999: obedecer aunque con amargo discurso de por medio.
Casi no se puede creer que el último presidente priista haya podido ser capaz de admitir la realidad política y que el primer presidente surgido de la oposición sea incapaz de hacer eso mismo, tan sencillo y natural.
Se podría decir que se trata de detalles controvertibles y no más. Pero si hacemos un somero análisis de las pretensiones del señor Vicente Fox nos daremos cuenta que éste busca, ante todo, desconocer un mandato popular expresado en las urnas y esto sí que es grave tratándose de un intento del jefe del Estado y del gobierno bajo la transición, aunque tan precaria ésta como se quiera definir.