viernes, septiembre 10, 2004

Si no hay diálogo no hay gobernación

Un gobierno minoritario en el Congreso y en la vida política del país está doblemente obligado a buscar acuerdos y a definir desacuerdos con las oposiciones. De esto depende la gobernación y la claridad en la lucha política. Pero el presidente Vicente Fox sigue rehusándose a establecer un mecanismo de negociación con los partidos opositores.
El secretario de Gobernación, Santiago Creel, acudió a la Cámara a entrevistarse con los coordinadores parlamentarios y ahí pudo escuchar el planteamiento de que el presidente de la República debería fijar un mecanismo y un procedimiento para negociar con el Congreso. La respuesta fue la de siempre: daremos una respuesta dentro de dos semanas.
En realidad. El gobierno carece de alguna idea para llevar a cabo un esquema de negociaciones que fijen las coincidencias mayoritarias y las diferencias entre gobierno y oposición. Los proyectos del gobierno no son en realidad consultados antes de enviarse al Congreso, no forman tampoco parte de un plan político sino que se derivan de ciertas consideraciones más o menos aisladas. Nada se puede negociar cuando el presidente está lejano a los líderes políticos que toman las decisiones o coordinan la adopción de acuerdos. Nada puede quedar bien claro cuando el presidente se inhibe de presionar a los políticos y no admite la presión de éstos. Nada puede generar acuerdos cuando la conducción de la política interior es azarosa y, en realidad, no existe como tal.
La respuesta del presidente al planteamiento hecho al secretario de Gobernación por varios coordinadores parlamentarios podrá no llegar nunca sólo por la falta de entendimiento de la situación política del país de parte de un titular del Poder Ejecutivo, quien vive en una burbuja, apenas rota por los gritos lanzados en la reciente sesión del Congreso en San Lázaro. El punto más relevante no es de forma: el presidente no ha querido asumir sus funciones de jefe de gobierno en cuanto a encararse con las oposiciones. De esto se deriva que no tiene camino, como titular de uno de los poderes de la Unión, para lograr que sus proyectos tengan la concreción necesaria para salir adelante sobre la base de concesiones dadas por él mismo a los otros partidos.
El poder no está compartido en absoluto, sino compartimentado y tal cosa es de la responsabilidad personal del presidente, pues la política interior –en este concepto restringido—sólo la puede ejercer el gobierno.
El pedimento de desafuero contra el jefe de gobierno de la capital ilustra hasta dónde el presidente está dispuesto a mantenerse al margen de un diálogo político, pues se trata de la mayor agresión contra un partido de oposición, el cual es, al mismo tiempo, un partido de gobierno y una relevante fuerza parlamentaria.
La manera de entender la política interior es tan extraviada que el presidente admite que sus relaciones con el Congreso no son buenas pero no propone mejorarlas. El gobierno envía a la Cámara a los subsecretarios para dar explicaciones mientras aquella cita a los secretarios quienes no definen ninguna nueva pauta de la relación entre los dos poderes. Así, la relación no es política sino técnica y, sobre esta base, no se puede construir absolutamente nada.
Si el presidente reflexionara podría dejar atrás su autismo político aunque le costara mucho trabajo. Si lo mejor está por venir, según dijo Fox en su reciente informe ante el Congreso, entonces tendría que tener apoyo parcial de alguna de las oposiciones. En los próximos días de septiembre veremos si hay respuesta del presidente de la República.

jueves, septiembre 02, 2004

La rispidez política y sus causas

La sesión de apertura de sesiones del Congreso transcurrió en el tono en el que se encuentra la política nacional. Frente a un gobierno que no busca a sus opositores, que no convoca al país, que no presenta iniciativas originales, que no encabeza a la sociedad, es natural que la rispidez sea el contexto en el que se desenvuelve la relación entre las fuerzas políticas nacionales.
El informe contiene manipulación de cifras y de comparaciones cuantitativas, así como llamamientos generales que no aterrizan en iniciativas políticas. Omito las definiciones sobre la democracia que reiteradamente hizo el presidente Vicente Fox debido a que se trata sólo de una carencia conceptual o de improvisaciones que no haría ningún estudiante de ciencias políticas.
La disminución de 16 por ciento en la pobreza extrema fue quizá la mentira más grande. Pero hubo otras muchas relacionadas con la inversión pública y la salud. El presidente no se toma la molestia de documentar sus dichos, de afianzar su visión del país con elementos ciertos y comprobables, lo cual causa irritación entre quienes lo escuchan.
La rispidez tiene base en actos de gobierno, tales como la solicitud de desafuero contra el jefe de gobierno de la ciudad de México, pero también en la falta de decisión para negociar acuerdos con los partidos políticos. El presidente no se ocupa de las relaciones con los líderes opositores sino que se limita a una sesión quincenal con los dirigentes de su propio partido. Fox nunca ha recibido a uno de los líderes de las oposiciones: el presidente del PRD; esto no podría ocurrir en ningún otro país.
El presidente de México invita a cenar con total informalidad a los líderes del Congreso y les exhibe un video propagandístico, calificado por algunos como un mensaje de Foxilandia. Pero Fox no se empeña en lograr acercamientos de posiciones, sino que se encierra en sus discursos diarios, justificatorios, que son lanzados sin tomar en lo más mínimo la opinión de los líderes opositores. El mensaje leído ante el Congreso por parte del presidente de la República está hecho en el mismo tono de sus demás discursos. Por este motivo, podría considerarse que la respuesta de la mayoría de la asamblea fue menos ríspida de lo que podría esperarse.
Si la vida política del país se sigue desenvolviendo bajo esa rispidez, pronto llegaremos a la confrontación política más abierta, al desorden completo en las relaciones políticas entre adversarios, pero esto no sería artilugio de los líderes sino que llegará, como ya empieza a ocurrir, hasta lo más hondo de la sociedad.
El presidente tendría que tomar el diálogo y las negociaciones de manera personal, pues él es quien puede adoptar cualquier decisión que corresponda al Poder Ejecutivo de la Unión, el cual está depositado en su persona. Si Vicente Fox no asume como tarea propia la conducción de las relaciones políticas principales de su gobierno, no habrá manera de empezar a bajar la rispidez y ésta se verá recrudecida.
No tiene derecho un presidente de la República a imprimir a las relaciones políticas de su país un sello personalísimo y mucho menos caprichoso. Así ha sido hasta ahora, pero podría decirse, que el país espera otra cosa: una corrección en serio.