Si no hay diálogo no hay gobernación
Un gobierno minoritario en el Congreso y en la vida política del país está doblemente obligado a buscar acuerdos y a definir desacuerdos con las oposiciones. De esto depende la gobernación y la claridad en la lucha política. Pero el presidente Vicente Fox sigue rehusándose a establecer un mecanismo de negociación con los partidos opositores.
El secretario de Gobernación, Santiago Creel, acudió a la Cámara a entrevistarse con los coordinadores parlamentarios y ahí pudo escuchar el planteamiento de que el presidente de la República debería fijar un mecanismo y un procedimiento para negociar con el Congreso. La respuesta fue la de siempre: daremos una respuesta dentro de dos semanas.
En realidad. El gobierno carece de alguna idea para llevar a cabo un esquema de negociaciones que fijen las coincidencias mayoritarias y las diferencias entre gobierno y oposición. Los proyectos del gobierno no son en realidad consultados antes de enviarse al Congreso, no forman tampoco parte de un plan político sino que se derivan de ciertas consideraciones más o menos aisladas. Nada se puede negociar cuando el presidente está lejano a los líderes políticos que toman las decisiones o coordinan la adopción de acuerdos. Nada puede quedar bien claro cuando el presidente se inhibe de presionar a los políticos y no admite la presión de éstos. Nada puede generar acuerdos cuando la conducción de la política interior es azarosa y, en realidad, no existe como tal.
La respuesta del presidente al planteamiento hecho al secretario de Gobernación por varios coordinadores parlamentarios podrá no llegar nunca sólo por la falta de entendimiento de la situación política del país de parte de un titular del Poder Ejecutivo, quien vive en una burbuja, apenas rota por los gritos lanzados en la reciente sesión del Congreso en San Lázaro. El punto más relevante no es de forma: el presidente no ha querido asumir sus funciones de jefe de gobierno en cuanto a encararse con las oposiciones. De esto se deriva que no tiene camino, como titular de uno de los poderes de la Unión, para lograr que sus proyectos tengan la concreción necesaria para salir adelante sobre la base de concesiones dadas por él mismo a los otros partidos.
El poder no está compartido en absoluto, sino compartimentado y tal cosa es de la responsabilidad personal del presidente, pues la política interior –en este concepto restringido—sólo la puede ejercer el gobierno.
El pedimento de desafuero contra el jefe de gobierno de la capital ilustra hasta dónde el presidente está dispuesto a mantenerse al margen de un diálogo político, pues se trata de la mayor agresión contra un partido de oposición, el cual es, al mismo tiempo, un partido de gobierno y una relevante fuerza parlamentaria.
La manera de entender la política interior es tan extraviada que el presidente admite que sus relaciones con el Congreso no son buenas pero no propone mejorarlas. El gobierno envía a la Cámara a los subsecretarios para dar explicaciones mientras aquella cita a los secretarios quienes no definen ninguna nueva pauta de la relación entre los dos poderes. Así, la relación no es política sino técnica y, sobre esta base, no se puede construir absolutamente nada.
Si el presidente reflexionara podría dejar atrás su autismo político aunque le costara mucho trabajo. Si lo mejor está por venir, según dijo Fox en su reciente informe ante el Congreso, entonces tendría que tener apoyo parcial de alguna de las oposiciones. En los próximos días de septiembre veremos si hay respuesta del presidente de la República.
El secretario de Gobernación, Santiago Creel, acudió a la Cámara a entrevistarse con los coordinadores parlamentarios y ahí pudo escuchar el planteamiento de que el presidente de la República debería fijar un mecanismo y un procedimiento para negociar con el Congreso. La respuesta fue la de siempre: daremos una respuesta dentro de dos semanas.
En realidad. El gobierno carece de alguna idea para llevar a cabo un esquema de negociaciones que fijen las coincidencias mayoritarias y las diferencias entre gobierno y oposición. Los proyectos del gobierno no son en realidad consultados antes de enviarse al Congreso, no forman tampoco parte de un plan político sino que se derivan de ciertas consideraciones más o menos aisladas. Nada se puede negociar cuando el presidente está lejano a los líderes políticos que toman las decisiones o coordinan la adopción de acuerdos. Nada puede quedar bien claro cuando el presidente se inhibe de presionar a los políticos y no admite la presión de éstos. Nada puede generar acuerdos cuando la conducción de la política interior es azarosa y, en realidad, no existe como tal.
La respuesta del presidente al planteamiento hecho al secretario de Gobernación por varios coordinadores parlamentarios podrá no llegar nunca sólo por la falta de entendimiento de la situación política del país de parte de un titular del Poder Ejecutivo, quien vive en una burbuja, apenas rota por los gritos lanzados en la reciente sesión del Congreso en San Lázaro. El punto más relevante no es de forma: el presidente no ha querido asumir sus funciones de jefe de gobierno en cuanto a encararse con las oposiciones. De esto se deriva que no tiene camino, como titular de uno de los poderes de la Unión, para lograr que sus proyectos tengan la concreción necesaria para salir adelante sobre la base de concesiones dadas por él mismo a los otros partidos.
El poder no está compartido en absoluto, sino compartimentado y tal cosa es de la responsabilidad personal del presidente, pues la política interior –en este concepto restringido—sólo la puede ejercer el gobierno.
El pedimento de desafuero contra el jefe de gobierno de la capital ilustra hasta dónde el presidente está dispuesto a mantenerse al margen de un diálogo político, pues se trata de la mayor agresión contra un partido de oposición, el cual es, al mismo tiempo, un partido de gobierno y una relevante fuerza parlamentaria.
La manera de entender la política interior es tan extraviada que el presidente admite que sus relaciones con el Congreso no son buenas pero no propone mejorarlas. El gobierno envía a la Cámara a los subsecretarios para dar explicaciones mientras aquella cita a los secretarios quienes no definen ninguna nueva pauta de la relación entre los dos poderes. Así, la relación no es política sino técnica y, sobre esta base, no se puede construir absolutamente nada.
Si el presidente reflexionara podría dejar atrás su autismo político aunque le costara mucho trabajo. Si lo mejor está por venir, según dijo Fox en su reciente informe ante el Congreso, entonces tendría que tener apoyo parcial de alguna de las oposiciones. En los próximos días de septiembre veremos si hay respuesta del presidente de la República.