Que reconciliación ni que nada
Se habla hoy de reconciliación política. Pero ¿qué diablos quiere decir esto? Se reconcilian las parejas que tienen algún conflicto o malentendido, se reconcilian quienes han sido parte del mismo grupo y quieren volver a serlo, se reconcilian los pueblos que han estado en graves conflictos civiles, se reconcilian, en fin, los países que han tenido guerras. Pero no se reconcilian los adversarios políticos de toda la vida quienes tienen y han tenido proyectos diferentes y que ventilan sus discrepancias ante la sociedad para dar sentido a la democracia política dentro del pluralismo que existe de por sí en la sociedad.
El seguro próximo presidente de la Cámara de Diputados –según expresa en sus declaraciones periodísticas—se apresta a llamar a la reconciliación siguiendo pronunciamientos acartonados y demagógicos, tradicionales, digamos, de “buenos deseos” de quienes actúan en la lucha política con la hipocresía de los políticos “responsables”, que dicen tener el falso imperativo de quedar bien ante una sociedad que no entiende con entera claridad, en promedio, las causas de la confrontación entre los partidos y, particularmente, entre el presidente de la República y el jefe de gobierno de la Ciudad de México, es decir, entre el PAN y el PRD.
El presidente Fox no ha querido recibir, no ha querido entrevistarse, con el presidente del PRD durante once meses en que este último ha sido el líder de una parte importante ---quiérase o no—de la oposición. Más de un año ha transcurrido sin que el señor Fox intente en serio intercambiar puntos de vista en corto con ese líder opositor, pero lo ha hecho con todos los demás, como para hacer sentir la diferencia de trato, es decir, su animadversión hacia el PRD o, quizá, su desprecio personal hacia ese partido. Este es el único país en el mundo en donde el jefe de gobierno no conversa con una de sus principales oposiciones. El presidente de México pone así de relieve su pequeñez política, su mediocridad personal, mientras su partido le aplaude todo lo que signifique desdén hacia el PRD, partido maldecido por la derecha mexicana que llegó al poder para no hacer nada de nada, ni siquiera algo referente a su programa histórico, mucho menos para realizar la interlocución con sus históricos adversarios, la cual era del todo frecuente antes de que Fox fuera presidente de la República.
En días pasados fui invitado a cenar a Los Pinos, junto con los demás coordinadores parlamentarios de San Lázaro. No asistí porque me informaron que antes de esa cena sin propósito manifiesto debía proyectarse un video propagandísticos de los logros de cuatro años –casi—del gobierno del cambio. Los líderes de la Cámara de Diputados no pueden admitir que les sea proyectada propaganda del gobierno en la casa presidencial cuando ellos son los fiscales del Poder Ejecutivo, quienes ejercen el control sobre el gasto y los actos gubernamentales. Esa propaganda, con cita para el efecto, es una ofensa para representantes de la nación que deben ejercer sus facultades constitucionales de recibir los informes oficiales y opinar sobre el comportamiento del gobierno.
El hecho claro es que Fox no quiere el más mínimo diálogo con el PRD y, en cuanto a su interlocución con el PRI, todo es en lo oscurito, a la vieja usanza.
No es la reconciliación lo que hoy se requiere sino el ejercicio de una política transparente, un diálogo de frente a la nación con el propósito de buscar soluciones a problemas reales del país. Pero el presidente de la República no está en un camino como éste, sino en la obsesión de inhabilitar al preferido en las encuestas, a López Obrador. En esto se encuentra también el PAN: cualquier cosa, incluso la restauración, antes de permitir que la izquierda gobierne el país. La obsesión derechista es congruente con su origen, es decir, con el surgimiento del PAN para combatir la política del general Cárdenas, pero es incongruente con la democracia que los mexicanos hemos venido afanosamente construyendo en los últimos años con el concurso de esa misma derecha, la cual se comporta hoy en forma fundamentalista, obcecada y antidemocrática.
La política en una democracia no puede pasar por la inhabilitación del contrincante. Esto es sólo el recurso del despotismo. Pero la derecha que se encuentra ahora en Los Pinos recurre con cinismo al dictamen despótico de arrancar derechos a quienes amenazan con alterar el injusto orden establecido, confiando para ello en la complicidad de los representantes del viejo régimen.
El país, hoy, no se merece ese trato.
El seguro próximo presidente de la Cámara de Diputados –según expresa en sus declaraciones periodísticas—se apresta a llamar a la reconciliación siguiendo pronunciamientos acartonados y demagógicos, tradicionales, digamos, de “buenos deseos” de quienes actúan en la lucha política con la hipocresía de los políticos “responsables”, que dicen tener el falso imperativo de quedar bien ante una sociedad que no entiende con entera claridad, en promedio, las causas de la confrontación entre los partidos y, particularmente, entre el presidente de la República y el jefe de gobierno de la Ciudad de México, es decir, entre el PAN y el PRD.
El presidente Fox no ha querido recibir, no ha querido entrevistarse, con el presidente del PRD durante once meses en que este último ha sido el líder de una parte importante ---quiérase o no—de la oposición. Más de un año ha transcurrido sin que el señor Fox intente en serio intercambiar puntos de vista en corto con ese líder opositor, pero lo ha hecho con todos los demás, como para hacer sentir la diferencia de trato, es decir, su animadversión hacia el PRD o, quizá, su desprecio personal hacia ese partido. Este es el único país en el mundo en donde el jefe de gobierno no conversa con una de sus principales oposiciones. El presidente de México pone así de relieve su pequeñez política, su mediocridad personal, mientras su partido le aplaude todo lo que signifique desdén hacia el PRD, partido maldecido por la derecha mexicana que llegó al poder para no hacer nada de nada, ni siquiera algo referente a su programa histórico, mucho menos para realizar la interlocución con sus históricos adversarios, la cual era del todo frecuente antes de que Fox fuera presidente de la República.
En días pasados fui invitado a cenar a Los Pinos, junto con los demás coordinadores parlamentarios de San Lázaro. No asistí porque me informaron que antes de esa cena sin propósito manifiesto debía proyectarse un video propagandísticos de los logros de cuatro años –casi—del gobierno del cambio. Los líderes de la Cámara de Diputados no pueden admitir que les sea proyectada propaganda del gobierno en la casa presidencial cuando ellos son los fiscales del Poder Ejecutivo, quienes ejercen el control sobre el gasto y los actos gubernamentales. Esa propaganda, con cita para el efecto, es una ofensa para representantes de la nación que deben ejercer sus facultades constitucionales de recibir los informes oficiales y opinar sobre el comportamiento del gobierno.
El hecho claro es que Fox no quiere el más mínimo diálogo con el PRD y, en cuanto a su interlocución con el PRI, todo es en lo oscurito, a la vieja usanza.
No es la reconciliación lo que hoy se requiere sino el ejercicio de una política transparente, un diálogo de frente a la nación con el propósito de buscar soluciones a problemas reales del país. Pero el presidente de la República no está en un camino como éste, sino en la obsesión de inhabilitar al preferido en las encuestas, a López Obrador. En esto se encuentra también el PAN: cualquier cosa, incluso la restauración, antes de permitir que la izquierda gobierne el país. La obsesión derechista es congruente con su origen, es decir, con el surgimiento del PAN para combatir la política del general Cárdenas, pero es incongruente con la democracia que los mexicanos hemos venido afanosamente construyendo en los últimos años con el concurso de esa misma derecha, la cual se comporta hoy en forma fundamentalista, obcecada y antidemocrática.
La política en una democracia no puede pasar por la inhabilitación del contrincante. Esto es sólo el recurso del despotismo. Pero la derecha que se encuentra ahora en Los Pinos recurre con cinismo al dictamen despótico de arrancar derechos a quienes amenazan con alterar el injusto orden establecido, confiando para ello en la complicidad de los representantes del viejo régimen.
El país, hoy, no se merece ese trato.