Para matar
Qué preocupante es que se diga que Los Halcones llegaron desarmados y que, luego de que los estudiantes resistieron el intento de aquellos de disolver la manifestación del diez de junio de 1971, los asesinos fueron por sus armas y se vieron en la situación de matar. Los estudiantes iban completamente desarmados y todos, pero todos, corrieron al momento mismo de la agresión.
Esa versión falsa de los hechos se parece a aquella otra de que los soldados dispararon salvas el dos de octubre de 1968 hasta que les respondieron el fuego y, entonces, tiraron a matar.
En el fondo de estas dos versiones está el intento de suponer que el poder mata pero que es obligado. Se dice, por ejemplo, que el presidente de la República no podía saber todo y que Luis Echeverría fue, tal vez, sorprendido por un uso exagerado de la fuerza de parte de un grupo paramilitar que, en realidad, sólo estaba programado para golpear a los estudiantes.
La verdad es que Los Halcones llegaron armados con pistolas, rifles, chacos y bambués, con el propósito de matar. Este grupo fue entrenado para ello. El diez de junio de 1971 los asesinos no tenían sólo la encomienda de disolver la manifestación, pues para tal propósito hubiera sido suficiente la acción de los granaderos. Los reporteros presentes en el lugar –muchos de los cuáles fueron agredidos—dieron cuenta de que no se trataba de un enfrentamiento entre estudiantes, como era y es la versión de quienes entonces gobernaban. Los Halcones fueron transportados en autobuses del Departamento del Distrito Federal y los granaderos los dejaron pasar.
La idea de que Echeverría pudo no haberse enterado de los planes represivos de aquella tarde es absurda por decir lo menos. Nada de lo que ocurrió el 10 de junio de 1971 era posible sin la aceptación, al menos, del presidente de la República. El poder no operaba de otra forma. Suponer que el regente actuó por su cuenta y que, por ello, el presidente lo despidió es otro disparate. Los Halcones fueron creados por decisión presidencial y la represión la decidió Echeverría con toda sangre fría, como corresponde a un genocida, con la participación de sus colaboradores.
El gobierno de México empezó a organizar grupos de choque desde 1968, cuando se dio cuenta de que no convenía que los uniformados se hicieran cargo de toda la represión. Así fueron baleadas las instalaciones del Colegio de México y se produjeron varias agresiones contra estudiantes del Politécnico. El Batallón Olimpia fue una manera de ocultar que el Ejército reprimía, a tal grado de que jamás se ha reconocido por parte de los generales y los gobernantes de entonces la existencia y actuación de ese grupo de militares disfrazados de civiles.
La idea de Echeverría era presentar a Los Halcones como estudiantes aprovechando que la dirección política del movimiento estudiantil se encontraba dividida en dos facciones. La maniobra fracasó, pero la impunidad nos llega hasta ahora.
Mandar a matar integrantes de un grupo nacional es genocidio en cualquier lugar del mundo. Y este delito no prescribe en ninguna parte. La resolución del juez en el sentido de que el posible genocidio ya prescribió es una aberración jurídica y deja a México muy mal parado frente al resto de las naciones.
Si el procurador Macedo asume una actitud debida, solicitará a la Suprema Corte de Justicia que despache el recurso ya presentado por el fiscal especial. Creo que los ministros resolverán correctamente el punto. Si así fuera, se iniciará otro capítulo de la lucha contra la impunidad, pero ya en el terreno de la configuración del delito principal y la probable responsabilidad de los inculpados. Esto va a durar más tiempo, pero al final del camino tendremos resultados positivos.
Esa versión falsa de los hechos se parece a aquella otra de que los soldados dispararon salvas el dos de octubre de 1968 hasta que les respondieron el fuego y, entonces, tiraron a matar.
En el fondo de estas dos versiones está el intento de suponer que el poder mata pero que es obligado. Se dice, por ejemplo, que el presidente de la República no podía saber todo y que Luis Echeverría fue, tal vez, sorprendido por un uso exagerado de la fuerza de parte de un grupo paramilitar que, en realidad, sólo estaba programado para golpear a los estudiantes.
La verdad es que Los Halcones llegaron armados con pistolas, rifles, chacos y bambués, con el propósito de matar. Este grupo fue entrenado para ello. El diez de junio de 1971 los asesinos no tenían sólo la encomienda de disolver la manifestación, pues para tal propósito hubiera sido suficiente la acción de los granaderos. Los reporteros presentes en el lugar –muchos de los cuáles fueron agredidos—dieron cuenta de que no se trataba de un enfrentamiento entre estudiantes, como era y es la versión de quienes entonces gobernaban. Los Halcones fueron transportados en autobuses del Departamento del Distrito Federal y los granaderos los dejaron pasar.
La idea de que Echeverría pudo no haberse enterado de los planes represivos de aquella tarde es absurda por decir lo menos. Nada de lo que ocurrió el 10 de junio de 1971 era posible sin la aceptación, al menos, del presidente de la República. El poder no operaba de otra forma. Suponer que el regente actuó por su cuenta y que, por ello, el presidente lo despidió es otro disparate. Los Halcones fueron creados por decisión presidencial y la represión la decidió Echeverría con toda sangre fría, como corresponde a un genocida, con la participación de sus colaboradores.
El gobierno de México empezó a organizar grupos de choque desde 1968, cuando se dio cuenta de que no convenía que los uniformados se hicieran cargo de toda la represión. Así fueron baleadas las instalaciones del Colegio de México y se produjeron varias agresiones contra estudiantes del Politécnico. El Batallón Olimpia fue una manera de ocultar que el Ejército reprimía, a tal grado de que jamás se ha reconocido por parte de los generales y los gobernantes de entonces la existencia y actuación de ese grupo de militares disfrazados de civiles.
La idea de Echeverría era presentar a Los Halcones como estudiantes aprovechando que la dirección política del movimiento estudiantil se encontraba dividida en dos facciones. La maniobra fracasó, pero la impunidad nos llega hasta ahora.
Mandar a matar integrantes de un grupo nacional es genocidio en cualquier lugar del mundo. Y este delito no prescribe en ninguna parte. La resolución del juez en el sentido de que el posible genocidio ya prescribió es una aberración jurídica y deja a México muy mal parado frente al resto de las naciones.
Si el procurador Macedo asume una actitud debida, solicitará a la Suprema Corte de Justicia que despache el recurso ya presentado por el fiscal especial. Creo que los ministros resolverán correctamente el punto. Si así fuera, se iniciará otro capítulo de la lucha contra la impunidad, pero ya en el terreno de la configuración del delito principal y la probable responsabilidad de los inculpados. Esto va a durar más tiempo, pero al final del camino tendremos resultados positivos.