¿Y ahora qué?
El proyecto de IVA en alimentos y medicinas ha fracasado, pero también naufragó la idea de esconder ese impuesto y aplicarlo a través de una contribución sobre la producción y comercialización de víveres y medicamentos.
Ya no importa quién redactó el llamado IPI (Impuesto sobre Producción, Intermediación e Importación), si fueron los funcionarios de la Secretaría de Hacienda o si fue un político siniestro o, sencillamente, un grupo de diputados priistas. Lo que trasciende es que el Congreso no va a gravar más al consumo y, al mismo tiempo, debe rehacer el paquete fiscal para el año de 2004.
La situación está muy complicada y destaca dentro de ésta la falta de un liderazgo político nacional capaz de llevar a cabo una interlocución productiva con los partidos políticos y los grupos parlamentarios de los mismos. El presidente Fox no ha conducido un proceso político para tomar decisiones mayoritarias con amplio consenso y justificación ante la sociedad. El gobierno ha venido haciendo proyectos, los ha defendido y los ha tenido que devolver a los escritorios de los funcionarios hacendarios. Además, le lanza la responsabilidad al Congreso, como si éste fuera quien debe hacer la proyección general del comportamiento de la economía, incluyendo la recaudación de impuestos.
En el régimen constitucional mexicano, el presidente de la República es quien tiene la facultad exclusiva de presentar el proyecto de presupuesto de egresos. A diferencia del sistema estadunidense, donde el Congreso hace el decreto de gasto público, en nuestro país sólo el presidente puede enviar a la Cámara de Diputados el proyecto y los legisladores de esta parte del Congreso pueden modificar todo o cualquiera de sus partes pero no tienen posibilidades prácticas de proyectar un plan completo. Es verdad que esto se debe también al atraso del Congreso mexicano, que no cuenta con los instrumentos técnicos adecuados para realizar estudios sistemáticos de carácter hacendario.
El país se ha debatido en los últimos años en el dilema de quién debe proyectar la reforma de la hacienda pública, pero el presidente Fox insiste en que si no se grava con el IVA el consumo de medicinas y alimentos, entonces el Congreso debe tomar el reto y hacer lo que buenamente decida.
El problema es mayúsculo porque este método, que consiste en rechazar las propuestas principales del Ejecutivo y legislar sobre las rodillas en materia fiscal, ha llevado a decretos que fácilmente son impugnados en el Poder Judicial con consecuencias funestas para la propia hacienda pública.
Está demostrado que el Congreso tiene capacidad política para expedir leyes fiscales pero casi todas han sido parches, algunos muy mal puestos. Las excepciones son las menos, aunque ciertamente importantes, tales como el avance hacia la acumulación de ingresos para efectos del impuesto sobre la renta.
Ahora, frente a tanto desatino, fracaso y naufragio, es necesario que los diputados hagan un esfuerzo para hacer un plan fiscal que permita aumentar los ingresos públicos, aunque sea ligeramente, y establecer criterios contributivos acordes con la situación económica del país, la cual se caracteriza por el estancamiento, a pesar del inusitado incremento trimestral del Producto Interno Bruto en Estados Unidos.
En especial, la Cámara de Diputados tendrá que integrar una especie de convención interna con todos los partidos, para llegar a conclusiones que sean válidas y, al mismo tiempo, cuenten con el requisito de constitucionalidad de las disposiciones fiscales. ¿Es posible? Hay dudas, pero debe intentarse.
Ya no importa quién redactó el llamado IPI (Impuesto sobre Producción, Intermediación e Importación), si fueron los funcionarios de la Secretaría de Hacienda o si fue un político siniestro o, sencillamente, un grupo de diputados priistas. Lo que trasciende es que el Congreso no va a gravar más al consumo y, al mismo tiempo, debe rehacer el paquete fiscal para el año de 2004.
La situación está muy complicada y destaca dentro de ésta la falta de un liderazgo político nacional capaz de llevar a cabo una interlocución productiva con los partidos políticos y los grupos parlamentarios de los mismos. El presidente Fox no ha conducido un proceso político para tomar decisiones mayoritarias con amplio consenso y justificación ante la sociedad. El gobierno ha venido haciendo proyectos, los ha defendido y los ha tenido que devolver a los escritorios de los funcionarios hacendarios. Además, le lanza la responsabilidad al Congreso, como si éste fuera quien debe hacer la proyección general del comportamiento de la economía, incluyendo la recaudación de impuestos.
En el régimen constitucional mexicano, el presidente de la República es quien tiene la facultad exclusiva de presentar el proyecto de presupuesto de egresos. A diferencia del sistema estadunidense, donde el Congreso hace el decreto de gasto público, en nuestro país sólo el presidente puede enviar a la Cámara de Diputados el proyecto y los legisladores de esta parte del Congreso pueden modificar todo o cualquiera de sus partes pero no tienen posibilidades prácticas de proyectar un plan completo. Es verdad que esto se debe también al atraso del Congreso mexicano, que no cuenta con los instrumentos técnicos adecuados para realizar estudios sistemáticos de carácter hacendario.
El país se ha debatido en los últimos años en el dilema de quién debe proyectar la reforma de la hacienda pública, pero el presidente Fox insiste en que si no se grava con el IVA el consumo de medicinas y alimentos, entonces el Congreso debe tomar el reto y hacer lo que buenamente decida.
El problema es mayúsculo porque este método, que consiste en rechazar las propuestas principales del Ejecutivo y legislar sobre las rodillas en materia fiscal, ha llevado a decretos que fácilmente son impugnados en el Poder Judicial con consecuencias funestas para la propia hacienda pública.
Está demostrado que el Congreso tiene capacidad política para expedir leyes fiscales pero casi todas han sido parches, algunos muy mal puestos. Las excepciones son las menos, aunque ciertamente importantes, tales como el avance hacia la acumulación de ingresos para efectos del impuesto sobre la renta.
Ahora, frente a tanto desatino, fracaso y naufragio, es necesario que los diputados hagan un esfuerzo para hacer un plan fiscal que permita aumentar los ingresos públicos, aunque sea ligeramente, y establecer criterios contributivos acordes con la situación económica del país, la cual se caracteriza por el estancamiento, a pesar del inusitado incremento trimestral del Producto Interno Bruto en Estados Unidos.
En especial, la Cámara de Diputados tendrá que integrar una especie de convención interna con todos los partidos, para llegar a conclusiones que sean válidas y, al mismo tiempo, cuenten con el requisito de constitucionalidad de las disposiciones fiscales. ¿Es posible? Hay dudas, pero debe intentarse.