La Cámara no funciona
Después de dos meses de trabajos, la Cámara de Diputados sólo ha emitido dos decretos de ley: una modificación de la ley del Congreso y una reforma procedente del Senado desde la pasada legislatura. Los legisladores de San Lázaro tienen más de cuarenta minutas senatoriales, mientras en Xicotécatl se encuentra una cantidad semejante de proyectos de la Cámara suspendidos en el limbo legislativo. El mayor problema no es que los proyectos no se aprueben sino que no se discuten aunque sea para desecharlos. El método de la congeladora es anticonstitucional y el propósito político del mismo es por entero antidemocrático.
Cuando se congela una iniciativa se busca la abstención política, es decir, la cómoda actitud de no decir lo que se opina de la misma. El requisito constitucional de la iniciativa como elemento para abrir el proceso legislativo debe terminar en una votación, a favor o en contra del proyecto, pero las cámaras deben siempre asumir una resolución. El no decidir es contrario a la Constitución y a la democracia, pues el debate político se cancela. Dar la callada por respuesta es un acto que atenta contra el examen de las ideas que se expresan en el parlamento.
El proceso de dictamen de las iniciativas puede ser largo o corto en dependencia de la naturaleza del asunto, pero otra cosa es arrumbar las propuestas con el efecto pernicioso de ocultarlas o ningunearlas. Antes, la congeladora parlamentaria funcionaba sólo contra las propuestas de la oposición; hoy, este método se aplica a muchas otras, incluyendo las que proceden del Poder Ejecutivo. Los cambios políticos que se han producido en el país, después de tantos años de lucha por la democracia, no han sido suficientes para lograr que todos los proyectos legislativos se discutan y voten en el Congreso. Al contrario, ahora hay más iniciativas congeladas, incluyendo las minutas enviadas desde una cámara a la otra.
A la congeladora hay que agregar otros factores negativos, tales como el desorden y la falta de orientaciones comunes dentro del grupo parlamentario más grande que es el del Partido Revolucionario Institucional. Los nuevos aires políticos en el país han llegado como brisas al seno de ese grupo de tal manera que existe una exigencia interna de que las decisiones se adopten a través del examen colectivo. Pero la falta de costumbre y de reglas precisas llevan a desacuerdos en el PRI que influyen en toda la Cámara y alimentan los factores determinantes de la aplicación del método de congelar iniciativas. Es fácil entender que cuando el PRI calcula que sus integrantes van a votar divididos, opte por evitar la votación.
El recurso de la congeladora es también, por tanto, un medio para soslayar el desdoblamiento político público de un mismo partido, es decir, cuidar las apariencias y ocultar la verdad. Se confirma también en este aspecto el carácter antidemocrático del método de impedir las discusiones y votaciones en las cámaras del Congreso.
Es indispensable realizar la reforma del Congreso, entre otros propósitos, para evitar el funcionamiento del método de congelar las iniciativas, mediante una regla precisa que permita votar como proyecto la propuesta no dictaminada después de un tiempo determinado, el cual podría ser de un mes a partir de la presentación de la iniciativa, y a petición de los autores de la misma.
Los cientos de proyectos suspendidos en el limbo parlamentario podrían desaparecer de esta manera y el Congreso alcanzaría el nivel político que requiere una democracia, aunque todavía ésta sea pequeñita.
Cuando se congela una iniciativa se busca la abstención política, es decir, la cómoda actitud de no decir lo que se opina de la misma. El requisito constitucional de la iniciativa como elemento para abrir el proceso legislativo debe terminar en una votación, a favor o en contra del proyecto, pero las cámaras deben siempre asumir una resolución. El no decidir es contrario a la Constitución y a la democracia, pues el debate político se cancela. Dar la callada por respuesta es un acto que atenta contra el examen de las ideas que se expresan en el parlamento.
El proceso de dictamen de las iniciativas puede ser largo o corto en dependencia de la naturaleza del asunto, pero otra cosa es arrumbar las propuestas con el efecto pernicioso de ocultarlas o ningunearlas. Antes, la congeladora parlamentaria funcionaba sólo contra las propuestas de la oposición; hoy, este método se aplica a muchas otras, incluyendo las que proceden del Poder Ejecutivo. Los cambios políticos que se han producido en el país, después de tantos años de lucha por la democracia, no han sido suficientes para lograr que todos los proyectos legislativos se discutan y voten en el Congreso. Al contrario, ahora hay más iniciativas congeladas, incluyendo las minutas enviadas desde una cámara a la otra.
A la congeladora hay que agregar otros factores negativos, tales como el desorden y la falta de orientaciones comunes dentro del grupo parlamentario más grande que es el del Partido Revolucionario Institucional. Los nuevos aires políticos en el país han llegado como brisas al seno de ese grupo de tal manera que existe una exigencia interna de que las decisiones se adopten a través del examen colectivo. Pero la falta de costumbre y de reglas precisas llevan a desacuerdos en el PRI que influyen en toda la Cámara y alimentan los factores determinantes de la aplicación del método de congelar iniciativas. Es fácil entender que cuando el PRI calcula que sus integrantes van a votar divididos, opte por evitar la votación.
El recurso de la congeladora es también, por tanto, un medio para soslayar el desdoblamiento político público de un mismo partido, es decir, cuidar las apariencias y ocultar la verdad. Se confirma también en este aspecto el carácter antidemocrático del método de impedir las discusiones y votaciones en las cámaras del Congreso.
Es indispensable realizar la reforma del Congreso, entre otros propósitos, para evitar el funcionamiento del método de congelar las iniciativas, mediante una regla precisa que permita votar como proyecto la propuesta no dictaminada después de un tiempo determinado, el cual podría ser de un mes a partir de la presentación de la iniciativa, y a petición de los autores de la misma.
Los cientos de proyectos suspendidos en el limbo parlamentario podrían desaparecer de esta manera y el Congreso alcanzaría el nivel político que requiere una democracia, aunque todavía ésta sea pequeñita.